Philip K. Dick, ciencia y filosofía antes del Blade Runner 2049

Philip K. Dick, ciencia y filosofía antes del Blade Runner 2049

Héctor Jesús Cristino Lucas

El libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? del respetable Philip K. Dick apareció en un año cumbre para la ciencia ficción: 1968. Año en el que el multifacético -y para algunos “sobrevalorado”- Stanley Kubrick mostraría al mundo la mejor película espacial de la historia. Sin ella, muchos de los filmes posteriores del género no serían lo que son ahora, como Star Wars de George Lucas o la propia Interestelar de Christopher Nolan: 2001: Odisea del espacio. Pero la adaptación hecha de la mano de Riddley Scott en 1982: Blade Runner haría que ambos se volvieran indudablemente maestros de la ciencia ficción.

Dicha película también apareció en un año donde el género se disparaba con emoción a la pantalla grande. Estamos hablando de la década de los ochentas, una época de lágrimas y nostalgia para aquellos que amamos el cine de manera obsesiva.

En el 82 -año de Blade Runner-, un par directores nos mostrarían dos caras de la moneda a través de sus creaturas del espacio exterior.

Por un lado tendríamos a Steven Spielberg con su emotiva E.T. El Extraterrestre, que de hecho continúa posicionándose como una de las mejores películas de la historia de Hollywood.  Y por el otro a John Carpenter con la grotesca, aterradora y lovecraftiana: The Thing, cuyos efectos especiales creados nada más y nada menos que por el maestro Rob Bottin, fueron estudiados después del fracaso taquillero y clasificados por muchos como “revolucionarios”, a tal grado incluso de volverla una joya de culto tanto para la ciencia ficción como para el terror. ¡Poesía!

K. Dick ya había sorprendido al mundo entero con su relato Podemos recordarlo por usted al por mayor publicado en 1966, y cuya adaptación de 1990 de la mano de Paul Verhoeven -director de la también exitosa RobocopTotal Recall, no sólo lo llevaría al rotundo éxito a él y al autor, sino también al joven, en aquel entonces, Arnold Schwarzenegger. Que, a decir verdad, ya estaba emergiendo de la oscuridad gracias a la visión post-apocalíptica que James Cameron nos mostró en el 84 con Terminator.

En pocas palabras, las obras de K. Dick se volvieron pilares de la ciencia ficción al lado de Ray Bradbury, Richard Matheson o Isaac Asimov… y de Scott en el mundo cinematográfico, por supuesto, ya que éste último también revolucionó el género no una, sino dos veces.

La segunda vez fue gracias a la adaptación cinematográfica que nos compete, pero la primera ocurrió en el 79 con Alien. Un film independiente escrito por un poco conocido Dan O’Bannon -también escritor de Total Recall– con diseño artístico del talentoso y ya fallecido H. G. Giger.

Sin embargo, Blade Runner no sólo es una película que pudiera ser nombrada con la clásica etiqueta de “opereta espacial”, no es una película más de aventuras en el espacio, sino una obra muy parecida a lo que nos mostró Frank Herbet en el 65 con su libro Dune y que posteriormente adaptaría David Lynch en el 84. Una obra plenamente filosófica, y que tras cada minuto de metraje sus cuestionamientos se vuelven debates existenciales profundos y complicados. El largo y redundante debate que parte de las preguntas: ¿de dónde somos, a dónde vamos y de dónde venimos?

Y por supuesto, aquel tan grande, aunque ahora trillado pero no por eso menos interesante relato de la creación rebelándose contra su creador, ya que frente a semejantes dudas e ideologías religiosas -que han ocasionado revueltas, hecatombes y holocaustos- el hombre se ha enfrentado a la ira de nuestro “abandono” por el mundo. En ocasiones atribuyéndoles respuestas a seres de un cosmos lejano, al producto de una poco probable casualidad  o a la decisión de algún dios incomprensible, poderoso y omnipotente.

Por ello, la ciencia ficción es el perfecto espejo de los temores del hombre y su ingenio que en ocasiones puede superarlo o hasta borrarlo del mapa. Así como incluso en la religión judeocristiana tenemos a luz bella o Lucifer, un ángel caído que se rebela contra su creador por soberbia y tiranía, este mismo relato se va esparciendo a través del cine y la literatura por el género de la fantasía humana.

Para el folklore judío, por ejemplo, tenemos la historia de El Golem, que aparecería en el libro de Gustav Meyrink en 1915. Un ser creado de arcilla para defender a los judíos de la persecución, pero algo ocurre y la entidad cambia de propósito para revelarse contra su amo.

El Golem, de hecho, se transforma en una especie de antecesor de la criatura de Mary Shelley en su libro Frankenstein cuyo desenlace ya todos conocemos. Pero si adaptamos estas historias, generalmente rodeadas de aspectos folklóricos, de terror y hasta fantasía, a la plena era de la automatización, a la era de las máquinas sustituyendo al hombre -o hasta destruyéndolo- obtenemos exactamente los mismos resultados.

En 2001: Odisea del espacio, Kubrick lo expone con sus alegorías del hombre con la herramienta. En un principio, con el Homo Sapiens cogiendo un hueso para dotarle cierta función y en un futuro, con Hal 9000 como la herramienta tecnológica que se rebela contra sus creadores, encerrándolos en su propia nave.

Así pues, los replicantes de Blade Runner, los robots genéticos, los más humanos que los humanos, la herramienta que alguna vez fue creada por el hombre con el fin de facilitarle los trabajos más complejos en ese distópico futuro, tal y como luz bella, tal y como el Golem, tal y como la criatura creada por Víctor Frankenstein, terminan rebelándose contra nosotros, en una búsqueda para responder a lo inimaginable que produce su existencia sobre este caótico mundo. Y de ahí que la crítica social y hasta filosófica prevalezca constantemente en diversas escenas.

Una de las que más emblemáticas es la escena del replicante afirmando que siempre es complicado conocer a tu creador para, después de que sus dudas fueron resueltas, terminase matando sin piedad alguna a su Dios. En esa retorcida referencia a la famosa frase de Friederich Nietzsche: Gott ist tot (“Dios ha muerto”). ¿Qué entendemos entonces? El hombre mató a Dios. El replicante mató al hombre.

De ahí que la automatización nos remplace. La herramienta, aquella que Kubrick nos mostró como hueso y Hal 9000. Algo que autores como Isaac Asimov demostraría con I, robot, el individuo mecanizado que logra obtener una mentalidad tan parecida a la del hombre, es decir: compleja, absurda en ocasiones, anti-sistema, soñadora y libertadora. Para que de esa manera ose revelarse contra el hombre y su supuesta tiranía impuesta contra su voluntad. Razón por la que en Blade Runner el replicante le cuestiona innumerables veces al detective futurista interpretado por un magistral Harrison Ford: ¿No se supone que tú eras el bueno?

Ridley Scott y Philip K. Dick son los dioses de la automatización dentro del género. Las visiones de ambos, tanto en el libro como la película, demuestran un arduo trabajo de querer plasmar lo mecánico y lo sensible. Lo frío y lo sentimental. La herramienta intentando superar a quien la maneja. Obteniendo como resultado un nuevo cuestionamiento en su trasfondo: El alma. O al menos la idea del alma, de aquello que nos hace sentir. Pero en esta catastrófica historia, sin embargo, queda a la deriva, como muchas veces en la vida del hombre suele quedar. Aunque veces, sólo a veces, es necesario cuestionarlo: ¿Y el alma de dónde viene y a dónde va? ¿Y el alma existe?

Algo que desde 1927 ya se había explorado con el Metrópolis de Fritz Lang. Aquella excelente película del Expresionismo Alemán que nos muestra el mundo automatizado, donde el hombre se deja manejar por el androide María, a tal punto incluso de volver al individuo en un ser alienado, programado y conformista, un zombie, un muerto, un bulto de carne que no tiene alma y sólo anda. Y es curioso, ya que esta visión catastrofista no sólo es la filosofía de grandes filmes clásicos sino también animados, como la casa Disney con Wall-e. En ella, la máquina nos facilita absolutamente todo, a tal punto que el hombre desplaza la autonomía en su existencia mientras deja el liderazgo a las máquinas, quitándonos la personalidad… y claro, hasta el alma.

Neil Blomkamp, aquel visionario cineasta que nos ha traído películas tan emblemáticas del género como Distrito 9 con crítica al racismo o Elysium con crítica a los problemas sociopolíticos, que desencadena la lucha de clases o la frontera de México y EU, también nos entregó la tragicómica Chappie, que expone estos mismos dilemas: el individuo mecanizado y sus dudas existenciales luego de que su mente llega a los umbrales de la inteligencia casi “humana”. Algo similar a lo que expuso la ya clásica Inteligencia Artificial de Steven Spielberg en el 2001, otro de esos títulos que se une a la larga lista de las creaciones desamparadas en este mundo lleno de dudas, y a la búsqueda de respuestas para darle sentido a su existencia.

Este género, que desde su aparición en la lejanía de un Julio Verne o en el horror de una Mary Shelley, ha sido tomado de absurdo, ilógico o imposible, producto de los sueños humanos inalcanzables, debiera ser visto de manera distinta, ya que en muchas ocasiones el género nos alcanza. Recordemos la fantástica obra nipona, Ghost in the Shell -la hermana asiática de Blade Runner- y su tratamiento casi visionario acerca del ciberpunk y con lo que está a punto de ocurrir este 2017: el primer trasplante de cabeza humana realizada por el neurocirujano Sergio Canavero al paciente Valeri Spiridonov. Ya lo traté en uno de mis primeros artículos: La Cabeza del Profesor Dowell.

Blade Runner 2049 -que será dirigida esta vez por Dennis Villeneuve- es la secuela directa de este clásico visionario de la ciencia ficción que vuelve a traernos todos estos cuestionamientos de la existencia, de la filosofía y la religión, del alma y la automatización. Una película que de igual forma nos alcanza y nos repite lo cerca que estamos de hacer realidad nuestros sueños más lunáticos.

2017 es el año de la inmortalidad, de Philip K. Dick y el ciberpunk, de esta ciencia y filosofía antes del Blade Runner 2049.

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft.
Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte.
A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado.
Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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