Acróbatas de la precariedad

Acróbatas de la precariedad

Foto: Marlene Martínez
Alejandra Vergara

@Ictericia

Nací en 1987, lo cual, según Wikipedia, me convierte en millennial junto con todos los otros nacidos entre 1980 y 2000. Millennial porque nos tocó ver llegar el nuevo milenio. Atestiguamos el miedo a que las computadoras enloquecieran y tomaran el control a través de nuestros lentes en forma de número 2000. Millennial es sólo un nombre como antes se nos llamó “ninis” a los que nos jalábamos los pelos de aburrimiento ante un desempleo para el que nuestros títulos no eran suficientes.

Durante la última semana, he visto cómo esas características que tanto nos achacan fueron útiles para brindar ayuda a los damnificados por el temblor. Sí, claro, es por millennials que sabemos usar la tecnología y es por millennials que aprendimos que podemos confiar en personas a las que nunca hemos visto cara a cara.

Pero también hay algo más. No somos cualquier tipo de millennial; lo que hacemos día a día en este país nos vuelve una especie de acróbatas de la precariedad. Somos hijos del donde come uno come dos y de echarle más agua a los frijoles. Desconfiamos del estado porque lo hemos visto cambiar de cara y de colores sin que eso modifique nada. Ahí andamos, haciendo acrobacias para ver cómo le hacemos cuando en ninguno de los lugares en los que hemos trabajado nos han dado seguro, un contrato, algo, que nos genere tranquilidad. Contorsionando el presupuesto porque estamos subcontratados y quién sabe cómo venga el próximo mes. Agarrándonos de lo que podemos para compartir nuestras rutas, mantenernos en contacto, saber dónde está el otro porque el Estado no ha querido, ni podido, asegurarnos algo tan básico como nuestras vidas. Acróbatas de la precariedad vamos, día a día, esquivando obstáculos, compartiéndonos los secretos para brincar, lo mejor que podamos, los arcaicos monstruos burocráticos, las empolvadas montañas de corrupción.

Tenemos veinte, treinta años y ya sabemos, también, a qué sabe la derrota. Vimos la alegría de nuestros padres cuando el PRI perdió elecciones presidenciales pero no vimos ese país renovado que imaginaban, vimos, en cambio, la guerra contra el narco con todos sus muertos y todos sus desaparecidos. Después veríamos al PRI regresar al poder. Conocemos la desilusión, la conocemos de primera mano, porque no pudimos ser lo que sea que nosotros queríamos, porque sabemos que es mentira que esforzándose uno llega a donde quiera, porque somos más de perseguir la chuleta que perseguir nuestros sueños, porque nos hemos topado muchas veces con pared.

Y esa habilidad, adquirida por medio de las frustraciones y de los “uy, joven, es que no trae copia de la ficha” también salió a las calles después del temblor. Ese conocer la contramaña a todas las mañas del gobierno. Que si roban víveres, les escribimos con plumón indeleble, que si hay retenes de los transportes con ayuda pues nos compartimos rutas libres. La clase política de este país nos ha complicado tanto la vida que ya sabemos algunos trucos que podemos poner en práctica. Lo que vi en las calles hace una semana fue la puesta en práctica, de manera masiva, de muchas acrobacias que sabe hacer mi generación. No fue sólo ayuda civil sino autodefensa.

Porque es verdad, pasamos mucho tiempo en internet, parecemos ensimismados, tenemos poca capacidad de asombro, pero sabemos organizarnos, sabemos burlar, a veces con más gracia que otras, las superestructuras, sabemos sobrevivir. Y eso, señores, cuando pienso que en las elecciones del próximo año votaremos todos los millennials, calienta un poco mi corazón.

Alejandra Vergara Flores (Ciudad de México, 1987).  Se graduó como licenciada en Literatura y tiene una maestría en Teoría y Crítica Literaria.

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