Educar la compasión: un desafío para el combate a la violencia

Educar la compasión: un desafío para el combate a la violencia

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

 

Para Mara y para todas las mujeres víctimas de la violencia.

La escuela puede desarrollar la capacidad del alumno de ver el mundo desde la perspectiva del otro, en especial de aquellas personas que la sociedad suele representar como “objetos” o seres inferiores.

Martha Nussbaum

Invadido aún por una mezcla de rabia, tristeza, frustración e impotencia por el terrible asesinato de Mara Fernanda Castilla, joven estudiante de Ciencias Políticas de la UPAEP, escribo estas líneas tratando de pensar por enésima vez, como cada vez que ocurre un caso como el de ella, que ya es hora de hacer algo, que es tiempo de que la sociedad despierte y empiece a exigir de manera sistemática y contundente resultados reales para terminar con estas estructuras de violencia e impunidad en las que vivimos.

No soy empresario ni político, no sé nada de políticas públicas y mucho menos de políticas o estrategias para el combate a la delincuencia. Soy un simple educador e investigador educativo y desde esta condición escribo hoy y escribo siempre, tratando de aportar elementos para que desde las aulas podamos ir reconstruyendo el tejido social y regenerando esta cultura enferma que tiene a México al borde del colapso desde hace ya varias décadas.

Un elemento esencial para empezar a contribuir a la regeneración estructural y cultural del país está en la educación de la compasión. No hablo en este texto de educar la compasión desde una perspectiva religiosa que es central en la tradición judeo-cristiana sino desde la visión filosófica de Martha Nussbaum que en su libro Emociones Políticas plantea la necesidad de formar a los ciudadanos en este sentimiento cívico que considera indispensable para poder vivir en una sociedad democrática.

La escuela puede (y debe) desarrollar la capacidad del alumno de ver la realidad desde la perspectiva del otro, dice Nussbaum en la cita que uso de epígrafe de este texto, sobre todo desde aquéllas personas o grupos que la sociedad representa como objetos o seres inferiores, como es el caso, tristemente, de las mujeres y sobre todo de las mujeres jóvenes en esta sociedad machista que aún tenemos.

Pero además de desarrollar la capacidad de ver la realidad desde la perspectiva del otro –capacidad de empatía-, resulta necesario educar para ser capaces de condolerse con el otro, de sentir el dolor del otro, para poder realmente construir sociedades humanas.

Esta es la educación de la compasión que resulta urgente en nuestro México herido de muerte por las estructuras de muerte y por la cultura de la muerte. Para educar la compasión es necesario tomar en cuenta tres componentes esenciales.

1) La gravedad del daño sufrido.

“…no vamos por ahí apiadándonos de la gente que ha perdido una cosa trivial, como un cepillo de dientes o un clip, ni siquiera una cosa importante que se pueda reemplazar con facilidad”

(Nussbaum 2008, p. 345)

(María Celina Lacunza. Compasión y ciudadanía: un debate normativo en torno al pensamiento de M. Nussbaum, p 2.)

Para poder sentir compasión por los demás es necesario que seamos capaces de valorar la gravedad del daño que han sufrido. No vamos por ahí compadeciendo a gente que ha tenido un problema menor, superficial, no digno de atención…¿o sí?

Pues parece que en esta cultura distorsionada en que nos ha tocado vivir y educar, las prioridades se han invertido y a veces los niños y los jóvenes crecen sintiendo compasión por situaciones realmente irrelevantes que tienen que ver con celulares, marcas de ropa, lugares de moda a los que no se puede asistir, riquezas que no se han llegado a poseer, mascotas que mueren o árboles que se talan, pero siendo totalmente indiferentes a las realidades lacerantes de la pobreza, la exclusión, la discriminación, la violencia y la muerte.

Foto: Marlene Martínez

En esta inversión valoral tenemos mucho que ver los adultos, padres y educadores que vamos moldeando sus sentimientos y dando ejemplo de la forma en que sentimos admiración casi ilimitada por las cosas materiales, por el poder o por el éxito y de la manera en que sentimos asco o indiferencia frente a los pobres, los necesitados de atención, los asesinados y los secuestrados en este país en guerra.

¿Estamos educando la compasión en un sentido verdaderamente humano, tratando de acompañar el desarrollo de emociones que se conduelan con los que sufren y sean capaces de distinguir lo verdaderamente grave y relevante en la vida?

2) La no culpabilidad.

“…según Nussbaum, “en el caso en que creamos que una persona se encuentra en una situación dolorosa por su culpa, en lugar de compadecerla, lo que haremos será censurarla y reconvenirla.”

(María Celina Lacunza. Compasión y ciudadanía: un debate normativo en torno al pensamiento de M. Nussbaum, p. 4.)

La educación de la compasión tiene que tomar en cuenta que los seres humanos normalmente sentimos compasión por quienes sufren por situaciones que les afectan en las que ellos no han tenido la culpa o que ellos no han generado.

Es por ello que podríamos asumir que nuestros niños crecen sintiendo compasión por los pobres y excluidos que son víctimas y no responsables de su propia situación de pobreza y exclusión, por los muertos que aparecen día a día en las calles y en todo el territorio nacional asesinados, mutilados, injustamente privados de la vida por la delincuencia organizada o por delincuentes comunes como en el caso de Mara. ¿O no?

Tal parece que en la cultura distorsionada en la que hoy vivimos estamos perdiendo la capacidad de compadecernos precisamente porque nuestra salida más cómoda es la de culpar o criminalizar a las víctimas. Los que aparecen muertos o mutilados, los levantados y desaparecidos son vistos de entrada como culpables porque “Quién sabe en qué cosas andaban metidos”, las mujeres que son violadas tienen la culpa de haber sido agredidas “por su forma provocativa de vestir o de actuar” e incluso Mara y las otras víctimas mortales de feminicidio tienen la culpa de lo que les pasó porque “las mujeres tienen demasiada libertad y no deberían andar fuera de su casa por la noche”.

Es por ello que nuestros niños crecen con una incapacidad para sentir compasión por las víctimas del delito, debido a que nos han visto, nos han escuchado, han vivido en un ambiente en el que se culpa a los que sufren en lugar de condolerse con ellos.

3) Pensamiento eudemónico.

“(…) el reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidades es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan; es lo que crea la diferencia entre ver a los campesinos hambrientos cuyos sufrimientos importan y verlos como objetos distantes cuyas experiencias no tienen nada que ver con la vida propia. Tal juicio es, desde el punto de vista psicológico, muy efectivo para atraer a otras personas hacia el ámbito de preocupaciones propio.”

(Nussbaum 2008, p. 359, en:  María Celina Lacunza. Compasión y ciudadanía: un debate normativo en torno al pensamiento de M. Nussbaum, p. 6.)

El tercer elemento indispensable para sentir compasión es tener la capacidad de visualizar la afinidad que tenemos con otros seres humanos cercanos o lejanos porque todos somos vulnerables. Sentirnos afines en la vulnerabilidad y sujetos eventualmente a sufrir lo que otros sufren es un requisito indispensable para ser capaces de compadecernos de ellos o con ellos.

Por eso sería normal pensar que nuestras familias y escuelas desarrollan en los niños y jóvenes la conciencia de su vulnerabilidad y la empatía con aquellos que sufren puesto que todos en la vida estamos expuestos a sufrir injusticias, abusos, violencia y todos finalmente somos vulnerables ante la muerte. ¿O no?

 “Yo no soy Mara. Yo sí puedo cuidarme sola” escribió en las redes sociales una mujer reaccionando a la campaña #TodosSomosMara que se difundió en las redes sociales como muestra de protesta, de solidaridad y exigencia de justicia.

Esta campaña tiene en el fondo un elemento central de este tercer componente para crecer en la compasión que señala la filósofa estadounidense y la reacción de esta maestra de alguna manera evidencia el distanciamiento que vamos generando como sociedad frente a la desgracia ajena por la muy dañina pero cada vez más generalizada visión de la educación como formación de “triunfadores”, “seres de excelencia”, “profesionistas exitosos”, personas autosuficientes y “todopoderosas” que pueden solas frente a los peligros del mundo armados sólo de su voluntad.

Tenemos mucho que aprender para enfrentar el reto de educar la compasión y formar ciudadanos capaces de ver la realidad desde los que sufren y sentir su dolor. Solamente si cambiamos nuestras actitudes y asumimos este compromiso podremos contribuir a que las futuras generaciones no tengan más Maras que mueran violentamente, injustamente, absurdamente.

1 COMMENT

  1. Gracias Dr. Martín López Calva, nuestros alumnos, gran preocupación pero como docente cultivando esa compasión genuina, natural de ellos.

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