Hasta el sábado posterior al sismo, menos de la mitad de las casas afectadas habían sido revisadas por Protección Civil

Raymundo Olmedo
Foto: Martina Žoldoš
Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

Cuayuca de Andrade está en el centro de la Mixteca poblana, una hora más lejos de Tepexi de Rodríguez, camino de Acatlán de Osorio. Para llegar hay que transitar por la única y serpenteante carretera. Aquí, como en toda la zona, el sismo pegó fuerte y dejó daños en casas y edificios.

El jueves 22 de septiembre, dos días después del sismo, llegaron cuatro camionetas que venían desde Tulancingo, Hidalgo, cargadas con víveres donados por ciudadanos. Sin embargo, de acuerdo con denuncias públicas, la presidenta municipal Graciela Perea Aranda se quedó con casi todos los alimentos y apoyos y los guardó en un inmueble de la presidencia.

Cuando la joven que llevó las camionetas le pidió que le devolviera los víveres, la presidenta le exigió la factura de compra que acreditara que eran suyos. Por supuesto no había factura, todo eran donado.

Un video difundido al día siguiente en redes sociales documentó los momentos posteriores a dicha situación: “Se nos hace muy mal que la presidenta nos corrió, nos agredió y nos quitó lo de tres camionetas”, dice el testimonio de la joven que llevó los víveres desde Tulancingo y que tan sólo pudo rescatar algunas cosas pudieron de la presidencia.

El sábado 23, cinco días después de la catástrofe, poca gente en Cuayuca había recibido ayuda. Los vecinos del barrio de San Pedro dijeron que como la presidenta municipal está afiliada a Antorcha Campesina y ellos no, los apoyos no les llegan. Ni despensas, ni lonas para tapar sus techos, ni medicinas, ni nada. Ni siquiera la revisión de las casas.

Los víveres, según los vecinos, se destinaron primero a las personas afiliadas a Antorcha Campesina. Sólo después de denunciar en medios de comunicación, redes sociales, y de la presencia de brigadas de voluntarios ciudadanos, empezó a fluir la ayuda.

Pero la presidenta municipal tiene otra versión. En entrevista, Perea Aranda dijo que la situación en Cuayuca no es tan crítica porque no hay pérdidas humanas ni se destruyeron muchas casas, aunque no ofreció alguna cifra.

Perea Aranda explicó que el día que llegó la ayuda ella recibió a un grupo de jóvenes de Huejotzingo y ayuda que sobró de Tehuitzingo. En eso -cuenta- un hombre llegó a pedirle la despensa que le habían robado, de la que ella no sabía nada, junto con la joven que llevó la ayuda de Hidalgo.

Foto: Martina Žoldoš

La presidenta relató que entraron dos mujeres a la sala de cabildo y a la presidencia y se llevaron cosas, que su gente no hizo nada y que tiene pruebas de todo. Dijo que la gente que salió a exigir las despensas que ella asegura no haber tomado, venían de la casa de un ex presidente municipal, también “movidas” por otra ex presidenta municipal.

Graciela Perea aseguró que está enviando los apoyos a todas las comunidades y que no ha parado de entregar cosas desde el día del temblor.

Ni apoyos ni revisiones

Hasta el sábado posterior al sismo, menos de la mitad de las casas afectadas habían sido revisadas. Y si bien desde afuera no se nota, sólo basta con asomarse para saber que prácticamente todas tienen al menos una grieta.

En el barrio de San Pedro el 80% tienen algún daño visible en el techo y paredes. En las pocas a las que había llegado Protección Civil y algunos funcionarios del ayuntamiento sólo tomaron fotos y apuntaron los nombres de los habitantes. No hay un censo formal, ni cifras que demuestren la magnitud de lo perdido.

Estela Vega con sus hijos
Foto: Martina Žoldoš

Aunque hay viviendas de cemento y ladrillo, la mayoría son de un piso, de adobe y techo de teja y madera. Y de esas, casi todas se perderán para siempre.

El temblor trajo a Cuayuca hacinamiento y división. Además del nulo apoyo de las autoridades municipales sobre todo para quienes no son de su grupo, las personas han tenido que vivir arrinconadas: familias enteras convirtieron una habitación en una casa.

En el domicilio de Raymundo Olmedo todas las cosas están en el patio, unas debajo de una parte techada y otras junto a los escombros que han estado levantando. Las habitaciones quedaron inservibles: las grietas atraviesan las paredes.

Lo mismo pasó en prácticamente todas las casas del barrio: a Estela Vera Aguilar, que ahora duerme con sus tres hijos en un cuarto lleno de humedad; a Marcelina Hernández López, a Verónica Escamilla, a Gloria Marín.

Galina Gaspar Ramírez es madre soltera de dos niños y una niña –el menor de sus hijos tiene apenas once meses–. Ella vive en una casa de dos cuartos separados por un patio polvoso; la vivienda no es propia, se la prestan, y en la habitación que da a la calle Galina tiene una pequeña tienda de comida con la que mantiene a sus hijos. El otro cuarto, donde antes dormían, después del temblor se convirtió en una bomba de tiempo: el cemento que detenía la viga de madera se desprendió, las vigas se zafaron, los soportes están casi volando. Ahora la familia de cuatro vive, come y trabaja en uno solo y duerme en una sola cama que comparte espacio con los refrigeradores de la tienda.

Foto: Martina Žoldoš

La  casa de la señora Adelina Marcelo Marín es una de las que ya fueron “revisadas”, y aunque es de concreto y de dos plantas, a diferencia de muchas de las viviendas de adobe de un solo piso, está completamente atravesada por huecos. Las grietas están abajo, en la papelería, adentro, en la sala, y al fondo, en la parte alta del techo de la cocina. Ahí trepan por las escaleras hasta una planta alta donde el mosaico tiembla al pasar y donde todo está cuarteado. Ningún cuarto es habitable.

Los de Protección Civil ya fueron, dice, a tomar fotos y datos. Pero a ella le urge saber si es habitable o no, si pueden seguir durmiendo dentro de esos muros agrietados. Que manden un ingeniero o un arquitecto, alguien que sepa, pide Adelina.

“¿Con quién se enoja uno?”, pregunta. Su casa, aunque es mucho más grande que la mayoría de las del barrio, es el resultado de una vida entera de trabajo, y no sabe si tendrá que volver a empezar de cero.

En el barrio todos los vecinos salen a la calle y abren las puertas de sus casas para mostrar las grietas, las tejas rotas, las cosas apiladas en los patios, medio cubiertas con plásticos contra la lluvia, y los montones de escombros que tienen que quitar rápido porque ahí, entre la tierra y la humedad, es lugar idóneo para los alacranes venenosos.

NO COMMENTS

Leave a Reply