La ciudad

La ciudad

Foto: Marlene Martínez.
La Perrera *

La ciudad se constituye a partir de una serie de prácticas que la recorren. Diversas corporalidades transeúntes narran sus experiencias y nos permite reconocernos, redefinirnos en la esfera pública y dar pautas para acciones colectivas e interacciones simultáneas. No podemos permitir que este tipo de narrativas se pierdan agobiadas por las dinámicas de consumo en donde el espacio se vuelve privado. ¿Podríamos pensar en el final del espacio público, o reconocer que hay un conflicto y dimensionar las prácticas que se consideran legítimas? Hay una ciudad que expulsa a sus ciudadanos; se juegan muchos intereses que nos podrían parecer difusos pero que tienen una base excluyente que determina a quién pertenecen los accesos.

El mensaje nos parece muy claro: existe una lógica disciplinaria que vigila constantemente el espacio, como consecuencia, la militarización por parte de políticas represivas contra la diversidad que sólo se puede dar en la calle. Así, desde artistas hasta mujeres y varones transexuales, son construidas como corporalidades indeseables. Un peligro. Se configura un campo de batalla, la calle no es nuestra, pero tenemos que pelearla para que lo sea.

Los artistas callejeros

Para la lógica económica, lo único libre puede ser el mercado, el arte no. El arte debe estar en técnicas y espacios específicos que le otorguen legitimidad, de lo contrario, el artista es un vago cantando en autobuses o afuera de un restaurante de pizza artesanal; alguien a quien no se le paga pese a su ejercicio laboral, es decir, el artista es un sujeto precarizado susceptible a la explotación a pesar de que en el ejercicio público del arte, se teje lo social y se redefine la práctica estética donde existe un intercambio fluido con los transeúntes.

El artista deviene en militante socioterritorial que contribuye desde la fugacidad del instante, se apropia del espacio público, boicotea estos procesos que logran significar protagonismos de pie en relaciones comunicativas. Existe una dinámica de colonización del mundo cotidiano: si el arte nos salva de la violencia en tiempos de crisis y experimentación del capital, hay que privatizarlo.

No todos tienen derecho a expresarse

Mientras artistas públicos son expulsados de su espacio laboral, Puebla recibe el autobús que promueve la transfobia; no hablaremos de lo que nos parece claro y que seguro muchos compañeros tomarán en cuenta y escribirán acerca de ello.

Nos centraremos en cómo las mujeres, las corporalidades trans y heterodisidentes son el enemigo. No está de más recordar que la policía es una institución que funciona en torno a las lógicas del capital como brazo armado del Estado desplegando toda una tecnología de terror; vigila, acosa a las vidas descalificadas que carecen de valor -no/personas- y que por ende no pueden acceder a la justicia.

Las mujeres también somos un grupo de riesgo, se despliegan granaderos para amedrentarlas, porque en efecto, somos peligrosas. Somos las mujeres y las corporalidades heterodisidentes el clan rival, quienes encarnamos la maldad en absoluto disputando el territorio a pesar de todas las barreras levantadas.

Se necesita re-articular al cuerpo masculino, normal, blanco, que accede sin ningún problema a la toma de decisiones en el espacio público y determina quiénes de nueva cuenta, serán los cuerpos que en conjunto representan los males morales de la sociedad en crisis.

Esta es disputa y aunque hayan sido pocas las compañeras, su potencia es infinita. Nunca más un espacio público sin nosotras.

Somos un ejercicio de escritura anónima, colectiva y libertaria.

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