Katya Mora, arriesgar el arte para experimentar el mundo

Katya Mora, arriesgar el arte para experimentar el mundo

Foto: Marlene Martínez.
Ámbar Barrera

@Dra_caos

—Tenía como 5 años. Yo era muy tímida y me costaba procesar el mundo, me abrumaba. Recuerdo muy bien un día en el preescolar que nos dieron unas crayolas y nos pusieron a pintar. Yo hice una especie de collage con el mar, el cielo, un atardecer y arena. La sensación de evocar el amanecer a través de esa representación fue muy placentera y también fue una manera muy agradable de vincularme al mundo.

Katya Mora es artista, tiene hoy 32 años y ha vivido en cuatro países diferentes en los últimos 12. El departamento que renta ahora en el centro de Puebla es muy austero, tiene solamente lo necesario. Aprendió con los viajes a no cargar con mucho.

—Crear o tener procesos creativos tiene que ver con una manera de relacionarte con la vida, de preguntarle a la vida cosas. Crear tiene mucho que ver con conocer, con explorar para conocer. Mi trabajo va mucho en la dirección del conocimiento, no como el conocimiento legitimado sino como el acto de sentir y conocer el mundo —dice Katya Mora en entrevista para LADO B

—¿Sabes que hay gente que se dedica a hacer esto toda la vida? —le dijo su madre a una Katya de cinco años—. Se llaman pintores y hacen esto siempre

Katya Mora mide poco más de 1.50, es morena y su pelo lacio luce un flequillo que enmarca su rostro. Ella es originaria de Córdoba Veracruz pero tal vez sus ojos rasgados y la energía que proyecta como viajera hace que las personas supongan que no es mexicana.  

La luz que entra a su estudio es cálida y en las paredes lucen algunos de sus trabajos más recientes, pinturas abstractas en formato circular hechas con tintas, pigmentos, grafito y agua de lluvia.  

—¿Sabes que hay gente que se dedica a hacer esto toda la vida? —le dijo su madre a una Katya de cinco años—. Se llaman pintores y hacen esto siempre.

El interés de Katya por la pintura y el color fue apoyado e impulsado por sus padres desde entonces. Su padre fue quien le dijo que se fuera a Puebla a estudiar una carrera técnica de arte en el Instituto de Artes Visuales del Estado a la par de sus estudios de bachiller.

—Fue muy duro, el primer arrancón como de raíz —recuerda Katya.

Katya nació y creció llevando una vida sencilla en el barrio de San Miguel en Córdoba. Su mudanza a Puebla a los 15 años sería la primera de muchas y ella se volvería una constante viajera a partir de entonces para convertirse en artista y encontrar su lugar en el mundo.

De pequeña, reconoce le gustaba el efecto que el color tenía en ella, mezclar colores y observar el resultado en el papel. Luego, buscando definir ese quehacer y darle un lugar en su vida, decidió formarse como artista porque ese era el único camino que podía ver en aquel entonces.

En Puebla Katya vivió con su abuela durante tres años estudiando la preparatoria a la par de la escuela técnica. A ella le encantó estar en contacto con la fotografía en el cuarto de revelado, aprender serigrafía e historia del arte. Su siguiente parada fue Guanajuato, donde continuó estudiando arte. Su objetivo era irse de intercambio y aunque por parte de la universidad en ese momento no había posibilidad, su padre la alentó a buscar una manera de irse por su cuenta.

Katya es una mujer muy receptiva, muy abierta a los demás, como ella misma se define. Responde cada pregunta con calma, algunas veces incluso hace una pausa larga, alzando la vista, para encontrar las palabras de expliquen con mayor claridad lo que ella quiere expresar. En el arte es igual, aunque en el papel pareciera que el color se ha acomodado de manera intuitiva, detrás hay muchos procesos del pensamiento de Katya, no hay pasos en falso.

Nueva en Guanajuato, hizo amistad con algunos estudiantes de los últimos años, incluyendo a Marcela Armas, Gilberto Esparza e Iván Puig, quienes no sólo se convirtieron en sus amigos, sino que desde entonces han sido artistas referentes para Katya.

Después de un solo año en Guanajuato, Katya fue aceptada en una universidad en Valencia, España como alumna regular. Por recomendación de sus amigos, Katya buscó tomar clases de performance con Bartolomé Ferrando y al menos ese año no tomó materias relacionadas a la pintura.

Su encuentro con el performance le hizo darse cuenta que era posible extender las posibilidades en el arte, que no sólo la pintura podía ser un material de creación sino que también cualquier objeto e incluso el cuerpo del artista. Eso la marcó mucho.

Katya tenía 21 años y llevaba tan solo uno en Valencia cuando se mudó a Alemania por un intercambio.

La cultura china ya le llamaba la atención a Katya desde años atrás: el I-ching (forma de oráculo chino), las tintas y ciertos rasgos de su cultura como la forma de pensar la naturaleza, el destino y la adivinación

—Después de un año con esto del performance, lo que se produjo en Alemania fue toda una experimentación con los materiales. Cualquier material tiene una posibilidad para el proceso creativo, incluido el cuerpo, y ya me daba cuenta los temas que me interesaban: lo efímero, la intensidad, observar la transformación.

En Alemania también fue significativo su encuentro con el clima, totalmente diferente al de Veracruz. Conoció la nieve por primera vez, rodeada de paisajes boscosos y mucha oscuridad de noches largas.

—Fue entonces que hice una serie que fue un parteaguas en mi vida —cuenta Katya con ese acento extraño y su mirada se pierde un segundo, como confirmando un valioso descubrimiento dentro de su mundo interior, y entonces se toma el tiempo para conservarlo de manera adecuada.  

Se trataba de una serie de instalaciones tituladas A house is not a home. Katya se compró unos pequeños muñecos que comenzó a colocar en todos lados para tomarles fotografías que ella misma define como el inicio de una “fascinación por la transformación de la materia”, pues las diminutas figuras estaban puestas cerca o sobre frutas en descomposición.

—Hacia la observación de la naturaleza de una forma muy directa, y hacer esta serie, así como en su momento me lo permitió el color, ahora esto me permitió una manera de estar, de enfrentar mi entorno, aunque de eso me di cuenta hasta mucho después. Empecé a ser consciente de la relación conmigo misma.

Katya estuvo en Alemania y luego volvió a Valencia un año más para terminar la carrera. Cuando terminó ese proceso Katya tenía ya 24 años y decidió irse a China, aprovechando la relativa cercanía entre Europa y Asia.

—Me gusta jugármela, me gusta la incógnita. Vi factible irme a China y me fui. Llevaba dinero que había ahorrado y fue difícil pero llegué a estudiar el idioma. Estuve nueve meses estudiando 15 horas por día y dando clases de salsa, de cocina, de español. Al final tuve mucha pena, quería quedarme pero no veía por dónde, todo era tan distinto y avasallante, además me llevaba mucha energía.

Cuando llegó el momento de decidir, Katya tomó un avión de regreso a México y pasó 6 meses en Córdoba, su estancia más larga desde que salió del país a los 20 años.

Su papá animaba a Katya a no volver, a seguir viajando y siempre fue el primer impulsor para que ella tomara las decisiones de esa manera. Cada vez que se iba a alguna ciudad o país nuevo, Katya lo pensaba como si fuera para siempre, para enfocar toda su energía y lograr lo que se propusiera hasta que algo más sucediera para cambiar el camino. Su siguiente parada fue de nuevo Alemania aprovechando que aún tenía vigente su residencia alemana.

—Para mí después de China la vida fue distinta, entonces yo ya no me acostumbré a la vida en Europa, que era tan centralizada y con ciertas barreras mentales que yo ya estaba poniendo en cuestión.

La cultura china ya le llamaba la atención a Katya desde años atrás: el I-ching (forma de oráculo chino), las tintas y ciertos rasgos de su cultura como la forma de pensar la naturaleza, el destino y la adivinación.

Después de agotar su residencia alemana y con 26 años, Katya se mudó a Argentina para estudiar una Maestría en Tecnología y Estética de las Artes Electrónicas y en la primera semana de su nueva estancia conoció a un hombre chino que se convertiría en su maestro a partir de ese momento. Él era acupunturista, hacía Tai Chi, i-Ching y Bazi, una forma de astrología terapéutica basada en la cultura china.

—Yo no pensé en inspiración hasta que comencé a hacer Tai Chi. Mi maestro me hablaba de inspiración desde el concepto relacionado a la forma de respirar. La inspiración tenía que ver también con la disponibilidad pero no sólo interna, como la creatividad, sino en relación con lo externo, es decir, para conectarte con la energía que hay en tu entorno y que te permite tener la mente despejada.

Katya concluyó sus estudios de maestría en tres años y permaneció tres más en Argentina. Desde el segundo año comenzó a tener dudas sobre lo que significaba ser artista.

Foto: Marlene Martínez.

—Lo puse en cuestión (al arte). Me di cuenta que venía insistiendo desde toda la vida con eso del ser artista y que probablemente estaba teniendo una perspectiva muy sesgada, que sólo quería ver la vida desde ahí y me dije ¿Qué pasaría si lo suelto? ¿Que me pasaría a mí misma si no me siento artista? Me daba miedo… y lo solté. Lo solté como deseo pero no lo solté como modo de estar, porque seguía dibujando y pintando

Desde que conoció a su maestro chino y mientras soltó la idea del “ser artista”, Katya comenzó a aprender las distintas disciplinas del taoísmo como modo de vida: el masaje, las bases de la medicina tradicional china, el I-Ching como oráculo, la práctica de meditación y el Bazi, entre otras cosas.

El Bazi es un sistema el análisis o interpretación del destino de una persona, que se visualiza como un mapa de la distribución energética recibida en nuestra fecha de nacimiento. En otras palabras, el Bazi es un equivalente al método de astrología en occidente, y además de servir para la adivinación, según la misma Katya se utiliza originalmente para sanar personas, como una terapia.

—Después de aprender muy bien la técnica del Bazi, empecé a trabajar como astróloga, daba cursos y atendía a unas cinco personas por día. En la cosmovisión china el ser astrólogo, o más bien, el saber Bazi, trabajar con las personas en conocimiento de su carácter, tiene que ver con lo artístico, eso es ser artista.

Después de los años previos en los que exploró el arte desde la pintura, el performance y el cine, comenzar a ser algo diferente a una artista la hizo reconectar, paradójicamente, con el arte y pudo reconstruir sus ideas sobre la producción artística.

—Fue un reconocimiento y ahora, otra vez la creación es el vehículo que me permite conectarme con el mundo y establecer una relación más armónica.

Durante su estancia en Argentina, Katya sentía que pronto sería tiempo para regresar a México, donde finalmente pasó casi todo el 2015 y desde octubre de 2016 se mudó a Puebla de manera definitiva y desde entonces trabaja a la par con el Bazi, el taoísmo y la pintura como herramientas principales para su proceso artístico.  

—Lo que me trajo aquí fue mi papá, que estaba en proceso de morir. Ese fue un momento fundamental en mi vida, tenía la indecisión de volver a México pero esa última vez que volví ya no sentí diferencia… porque antes, en cada lugar, en cada país sentía que era una Katya diferente, una fragmentación, pero después de todo lo que ya había vivido fue mucho más fácil.

Ahora Katya ya no piensa que tiene que poner toda su energía para permanecer en algún lugar para siempre, está más relajada, pensando que esté donde esté, es “mientras tanto”. Aquí en Puebla ella se siente en confianza y su principal objetivo es la producción artística.

—Lo que encontré fue la convergencia de muchos intereses y también ya tengo mucha más claridad de dónde están mis líneas de investigación. Antes de esto todo había sido muy intuitivo pero todavía con muchas dudas, ahora es distinto, sé lo que hago y porqué lo hago.
El Bazi, el I-Ching y la filosofía china han actuado más bien como una perspectiva, como herramientas y materiales, igual que lo son el papel y las tintas.

Parte de las obras que Katya ha desarrollado en esta nueva etapa de su vida se encuentran en la exposición Biografías en la galería de la Alianza Francesa de Puebla (2 sur 4920 Col. San Baltazar Campeche, Puebla). Biografías también es el nombre de una serie de pinturas (con tintas, grafito, pigmentos, etc.) en las que se ha encargado de biografiar a 10 personas a través del Bazi.

—Hay intuición en el arte en el sentido que tiene que ver con la sensibilidad, con el desconectarse de la lógica, de las demandas externas, de la coherencia interna, y hacer caso a lo que se va presentando en cada proceso. Por ejemplo en mi serie Biografías: durante el proceso sentí que creé una especie de disponibilidad para sentir a las personas que estoy biografiando, que hacía que cuando hablábamos de su vida me llegaran imágenes, como un entendimiento de repente que se convertía en una resolución plástica. El acto de intuir es correrte de tu lugar habitual que puede ser tu lógica de pensamiento, tu sistema de sensibilidad y tantas cosas.

La muestra estará expuesta hasta el 19 de agosto e incluye pinturas e instalaciones en las que la artista explora la relación entre distintos elementos de la naturaleza y cómo pueden representar la complejidad de la existencia de una persona o el representar el preciso momento de una transformación.

—Cuando empecé con Biografías, tuve bien claro que no quería reafirmar mis conocimientos sobre el Bazi, sino cuestionarlos. Yo soy muy experimental, en muchos sentidos, esa es mi naturaleza. El formato circular (de las obras) tiene relación con la libertad, con la posibilidad de tener 360 perspectivas pues no hay un arriba, abajo o una inclinación única para colocar la pieza. Me importa compartir este disfrute, que la gente entre a mis exposiciones y disfrute observar eso que yo propongo, que tiene que ver la naturaleza, y que sienta curiosidad por conocer y experimentar la vida, que es lo que a mí me sucede con el arte.

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