Antártida: 25 días encerrado en el hielo

Antártida: 25 días encerrado en el hielo

La siguiente crónica es un fragmento del libro Antártida: 25 días encerrado en el hielo del periodista y escritor argentino Federico Bianchini, publicado por Tusquets. Fue premiado en 2016 con la Beca Michael Jacobs de la Fundación García Márquez (FNPI)

Federico Bianchini | Perro Crónico

@PerroCronico

quí, en las Shetland del Sur, el viento se estanca sucesivo y puntual. Tan violento que en días de ráfagas continuas, si uno abre los brazos e inclina el cuerpo hacia atrás, no cae; apoyado sobre los talones, queda suspendido. Por esa fuerza animal, durante unos segundos, siente que está flotando.

* * *

Por la forma en que aúllan, a los vientos que giran cerca del paralelo 60, que delimita el continente Antártico, los llaman “Los 60 bramadores” (Shrieking Sixties).

Se mueven de oeste a este en ese círculo, una especie de franja, un anillo de baja presión que se genera por el movimiento de la atmósfera a escala planetaria. Y si bien pasa algo parecido en el Polo Norte, allí la masa continental los interrumpe, los disipa, los enfrenta hasta callarlos. Aquí, océano puro, la circulación es mucho más libre: por efecto de la rotación de la Tierra se desvían, se aceleran, no paran.

Culpables de olas de más de diez metros de alto en el estrecho de Drake, tienen fama de ser más poderosos que los que soplan alrededor del paralelo 40 (Roaring Forties: “rugientes cuarentas”, al sur de Oceanía) y los que circulan próximos al paralelo 50 (Furious Fifties: “furiosos cincuenta”, al sur de Argentina, Chile y Nueva Zelanda).

En 1520, Fernando de Magallanes sintió su fuerza en la barba hirsuta. Luego, por cientos de años, marinos de todos los continentes han repetido la frase: “Debajo de los 40 grados, no hay ley. Debajo de los 50, no hay Dios. Debajo de los 60, al agua la agita el Diablo”.

Incansables, estos vientos que pueden llegar a los 320 kilómetros por hora funcionan como una barrera que aísla el continente antártico: encierran el frío y lo recorren.

Hay vientos que soplan del oeste y traen masas de aire húmeda y relativamente cálidas. Hay vientos que soplan del este, que vienen del Mar de Weddell, más secos, más fríos. Hay vientos blancos. Hay vientos que no tienen color.

También hay otros, llamados catabáticos: se producen cuando el aire cercano a la superficie se enfría y, como si resbalara, desciende siguiendo las pendientes. A medida que circulan, se hacen más gélidos, más densos, más veloces.

Cuando no encuentran obstáculos a su paso, los vientos no suenan. Se mantienen en silencio. Pero al rozar con la aspereza de las rocas húmedas, la suavidad del liquen, el laboratorio argentino, la nieve, el cerro Tres Hermanos, las plumas de un skúa o el lomo de un elefante marino, surge un silbido constante. El viento ulula incansable.

* * *

En la base Doctor Alejandro Carlini, dos hombres miden el viento. Uno es alto y tiene barba, el otro más bajo: la cabeza rapada. Hablan poco. Quizás acostumbrados por su trabajo que requiere paciencia y temple. O, tal vez, elegidos para hacerlo por su condición apacible. ¿Quién podría decir si dentro de ellos no se agitan demonios? Sin embargo, parecen adaptarse a lo que sucede a su alrededor sin alterarse demasiado.

Trabajan en turnos. Durante todo el año, sin importar la cantidad de luz que envuelva la base, uno cubre las primeras doce horas del día, el otro las siguientes. Permanecen en una habitación junto a un barómetro, que registra la presión momento a momento, y un barógrafo, que asienta la variación en una hoja cuadriculada (una especie de electrocardiograma de la presión antártica, que suele ser baja y muy cambiante: en la base Carlini, la normal es de 994 Hectopascales). A fin de mes, las hojas se ponen en un sobre y, cuando se puede, se mandan a Buenos Aires.

Cada tres horas, aunque llueva o haya un viento que lastima, se ponen el buzo, la campera, las botas, los guantes y el gorro, salen de la habitación de meteorología y caminan unos treinta metros hacia donde está la zona de medición, una especie de casita de pájaros con la bandera argentina. Allí hay termómetros y un pluviómetro: un aparato que mide la cantidad de agua caída. A unos metros, un heliógrafo mide las horas en las que el sol alumbra: instrumento particular y hermoso, quedaría bien como adorno de biblioteca. Tiene una esfera de cristal que funciona como lupa, sostenida por una estructura metálica. Debajo de ella, una faja de papel con forma de medialuna, y de distintas medidas. Una más larga para el verano. Otra, mediana, para cuando los días se abrevian. Y una última, la más corta, para cuando la oscuridad cubre la base. Sobre el papel están marcadas las horas desde las 6 a las 18. Como puede haber más de doce horas de sol, se colocan dos. Cuando no hay nubes y el sol brilla sobre el hielo, el papel se quema.

Si trabajan de noche, no almuerzan, se levantan alrededor del mediodía. Entre salida y salida, descansan, pero tampoco tienen mucho tiempo. Hay que bajar los datos, organizar las planillas.

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Científicos y militares se amontonan en el Hércules, avión militar sin asientos, que los llevará de Buenos Aires a Río Gallegos y, de allí, a la Antártida. Foto: Federico Bianchini.

Cada vez que el Hércules está por acercarse a la Antártida, el hombre de barba o el de cabeza rapada recibe un mensaje de la base Marambio: “Empecemos a hacer horario”. Cuando hay un vuelo, se necesitan datos mucho más precisos. Y el tiempo entre una emisión de datos y la siguiente se reduce: cada sesenta minutos, uno u otro debe abrigarse, salir y revisar los termómetros, el pluviómetro, el heliógrafo, volver, y pasar esos datos a un código numérico, complejo y de lectura internacional, que se manda a la base Marambio. Desde allí, la información se retransmite a Buenos Aires, donde se programan las salidas y las entradas del Hércules a la Antártida. En la computadora, el hombre de barba o el de la cabeza rapada tipea:

SMYJ91  SAYJ 241800
AAXX24184
24184 89053 32362 82727 10022 20006 30021 40035 57021 8667/333 56609 83708 85615 85556 92447 94079 94476  98562 555 10034 52735

Traducido: que en una hora principal (SM), desde la base que hasta hace unos años se llamaba Jubany y hoy es Doctor Alejandro Carlini (YJ: el cambio de nombre todavía no ha sido registrado por los sistemas internacionales de codificación), por el canal de comunicación 91 se emitirá un mensaje que va a dar cuenta de la cantidad de nubes, el tipo, los grupos y la altura; la velocidad y dirección del viento; si hay ráfagas; el punto de rocío; la presión; la tensión de vapor y la humedad; el estado del mar en la caleta y la visibilidad que hubo el 24 de febrero a las 3 de la tarde de Argentina (hora de Greenwich: 18 horas), en la estación. Por ejemplo:

92447 indica que el pedacito de mar que ocupa la caleta (24) tiene el agua agitada (4), con una visibilidad de 12 kilómetros (7).

94079, que la nube más baja que hay es una stratus pero que va cambiando muy rápido.

Mientras que el 94476 (claramente) se refiere a la misma nube. Agrega un dato: está viniendo del oeste.

La cena, luego de un día quieto, es multitudinaria. A medida que llegan al restaurante, científicos y militares hacen fila con un plato en la mano. Uno le pregunta a otro si sabe en qué anda su mujer y varios se ríen. Al otro lado de la barra, el cocinero, su segundo y los ayudantes sirven los platos. Hay fideos con bolognesa. Un comensal pide que le den más salsa.

Otro se queja de que no le tocó ninguna albóndiga. El cocinero le dice que si vuelve a protestar la próxima vez le toca sin fideos. Una bióloga, vegetariana, dice que los prefiere con manteca y queso. Mientras algunos caminan hacia las mesas con sus platos rebosantes, otros se acercan por segunda vez a la cocina para repetir. De pie, uno de los informáticos de la base pide atención.

— ¡Acuerdensé de que hoy, viernes, hay cine!
Varios aplauden.

— ¿Qué película?— grita uno, pero la pregunta se pierde en la superposición de sonidos: ruido de cubiertos contra platos, el relato de un partido que están pasando en la televisión, las voces y las risas.

El 11 de abril de 2005 se inauguró en Carlini la Sala del Bicentenario: con 53 butacas es la primera sala cinematográfica del continente antártico.

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Desde la ventana de su habitación, Bianchini podía observar el edificio dedicado a la carpintería (der.), el depósito de comida (a la izq) y, justo atrás, la estructura rojiza alberga el gimnasio y el cine. Foto: Federico Bianchini.

Después de la cena, la base va al cine: detrás del alojamiento nuevo, en la misma construcción donde funciona el gimnasio, es una sala como cualquier otra sala de cine, sólo que aislada del mundo. Al entrar, todos dejan los abrigos y las botas.

Luego de pasar la puerta, en una especie de barra, un buzo arma los conos de papel, otro los llena de pochoclo y los reparte.

A veces, el azúcar se enquista y los pochoclos tienen el tamaño de la mano de un bebé. O quedan maíces sin explotar, durísimos. Pero no hay quejas porque allí, durante dos horas, nadie se acuerda del frío, de la nieve ni del viento: por un rato, uno se olvida de que está lejos de todo, de que no puede volver o de que extraña.

Es tarde cuando termina la última película del director italiano Giuseppe Tornatore que todavía no se estrenó en los cines de Buenos Aires. Alguien enciende las luces, uno se despereza, otro se refriega los ojos: demasiada luz de golpe. Alguien pregunta cuál era el título de la película. Ninguno se acuerda. ¿Alguien se fijó? ¿Importa? En un silencio respetuoso, vamos a buscar los abrigos, las botas que quedaron en la antecámara.

—¿Todos listos?—grita un biólogo.

Alguien dice que sí y el primero mueve la manija, la puerta se abre y el viento irrumpe. La puerta golpea. Durante unos segundos, nadie sale. Lo haremos después de las risas ¿incómodas?, del comentario de alguien que dice:

—Me había olvidado que estábamos en el infierno.

Hace más de treinta horas que estoy en la Antártida y, por el clima, no conozco más que el interior de la base y unos metros de los alrededores.

Recorrí la casa principal. En las paredes del comedor hay fotos de las dotaciones que invernaron aquí en los últimos 25 años y plaquetas de las otras bases, con dibujos de barcos e inscripciones del tipo “Como testimonio de la primera campaña científica” o “con ocasión de una visita”. Algunas son sobrias, elegantes, y otras de un kitsch que asombra. Una es una pieza de madera oscura que, de manera puntillosa, tiene tallada la forma de la Antártida. Otra es una madera hexagonal, con un plato metálico en cuyo centro se ve la bandera de Corea del Sur. Una tercera, también coreana, tiene un texto en inglés agradeciendo la cooperación en el programa de investigación científico y firmada por “Hyung Tack Huh, director”. Pero también está la que contiene al planeta Tierra, rodeado por sogas marinas. A cada lado, un hipocampo naranja estridente

En el laboratorio argentino me mostraron microscopios de última tecnología que pueden proyectar en la pared bacterias ínfimas, haciéndolas parecer esferas enormes. Me explicaron para qué servían y cómo se usaban. El trabajo de los científicos en la Antártida es muy variado, pero se estudia, fundamentalmente, el impacto del cambio climático. Según el doctor en Ciencias Geológicas español Jerónimo López Martínez, en los últimos 50 años, el calentamiento de la Península Antártica fue mayor a 2,5 grados Celsius: más de cinco veces lo que se ha calentado el conjunto del planeta en ese mismo período.

En el texto “El cambio climático y sus repercusiones para la megafauna antártica”, de 2007, el experto inglés en mamíferos marinos Jaume Forcada dice que aunque sigue sin demostrarse que los ciclos de la Oscilación Sur (fenómeno del Niño) hayan sido alterados directamente por el calentamiento global, está claro que este fenómeno ha aumentado su aparición en los últimos veinte años: “Y esto ocurrió junto a una disminución progresiva de la extensión del hielo marino en invierno, fruto de una elevación de la temperatura de origen antropogénico”. Luego, al referirse a lo que ocurrirá en el futuro, Forcada dice que si bien los modelos actuales vaticinan un calentamiento de algunos grados sobre la mayoría de la zona continental antártica, no se espera que suban por encima del punto de descongelación, por lo que el calentamiento de los próximos cien años no contribuiría a una pérdida significativa del hielo continental. Sin embargo, pronostica un aumento de la temperatura del océano Antártico que podría dar lugar a la pérdida del 25% del hielo marino. “Aunque existe gran incertidumbre sobre esta predicción”, explica. Enuncia cada frase con cautela. Afirma que el retroceso del hielo marino seguirá afectando a las distintas especies de la megafauna antártica. ¿Cuánto? Dice: “En diversa medida”.

El geólogo glacial Jorge Strelin, que lleva botas imponentes y un pañuelo de seda en el cuello, me explica esta cautela. Dice que si bien en los últimos años hay cambios que llaman la atención, como el retroceso exagerado del glaciar, comparados con hechos naturales ocurridos en el planeta mucho tiempo atrás no son tan alarmantes. “Quizás, la rapidez con la que ocurren sea de tipo catastrófico. Que en 30 años haya subido la temperatura lo que subió y que los glaciares hayan retrocedido lo que retrocedieron, por lo menos no es normal para los últimos diez mil años”, explica. Sin embargo, aclara que si tomamos un período de dos o tres millones de años, los últimos diez mil (que corresponden al advenimiento de la civilización humana), han sido relativamente estables. “Lo normal en el planeta es el cambio climático. Y los cambios climáticos muy fuertes”.

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En la Caleta Poter, los buzos militares desarrollan tareas de apoyo a los trabajos científicos. Detrás, el glaciar Fourcade que en los últimos años ha tenido un retroceso notable por el derretimiento de la nieve. Foto: Federico Bianchini.

Para dilucidar la cuestión aquí hay glaciólogos que estudian cómo los glaciares se derriten, disminuyen, retroceden. Hay biólogos que estudian cómo el agua de ese deshielo (que es dulce) impacta en la caleta: baja la salinidad del mar y afecta a las comunidades microbianas. El adelgazamiento de la capa de ozono en la Antártida hizo que se incrementara la radiación ultravioleta, lo que produjo mayor mortalidad de las bacterias que están más cerca de la superficie. Y, parece, las bacterias marinas tienen un rol fundamental porque incorporan la materia orgánica disuelta y, a su vez, cuando ellas mismas se convierten en alimento, esa materia orgánica se incorpora a las redes tróficas (un animal las come y a su vez es comido por otro que, luego, también es presa). Más de un 40% del carbono que está en el mar, desprendido de la descomposición de organismos muertos, quedaría allí si no fuera por las bacterias que van pasando al krill, a los peces, pingüinos o focas. Lo que quiere decir que, si hay menos bacterias, esa cadena está en riesgo. Hay un grupo de biólogos que estudia lo que ocurre en la caleta con las algas grandes y con las algas pequeñas y otro, que se centra en los peces. Hay, también, un grupo que estudia a las aves y cómo las afecta el retroceso del glaciar, y varios hombres que estudian a los mamíferos y otros más que estudian los líquenes y los musgos, y unas biólogas que se ocupan de pensar cómo, con bacterias de la misma Antártida, se podrían combatir los efectos que tiene en el continente blanco el asentamiento humano (por más medidas que se tomen siempre produce contaminación: con basura o derrames de gasoil). Hay biólogos y veterinarios que estudian las gripes de las aves, para poder actuar en caso de que hubiera una pandemia de esas cepas. Hay geólogos que estudian si la muerte de las bacterias y los animales forma parte del calentamiento global o de un ciclo que iba a darse más allá de la intervención de los hombres.

La mayoría de los científicos hablan del aumento de la temperatura mundial y del cambio climático como algo concreto, pero están de acuerdo en que como hace muy pocos años que comenzaron los estudios en la Antártida, hay que ser precavidos en las conexiones de los hechos y sus causas.

Si se derritiera el hielo de la Antártida, el nivel del mar subiría unos 60 metros. Ciudades como Tokio, Hong Kong, Shangai, Hamburgo, Buenos Aires y Nueva York desaparecerían sumergidas.

Sin embargo, dicen los científicos, nada anuncia que esto vaya a ocurrir en el corto o mediano plazo.

Publicación original: Perro Crónico
perrocronico.com

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