¿Por qué tan solita?

¿Por qué tan solita?

En una sociedad violenta como la nuestra, la dignidad es una excentricidad

Liz Ruiz

Un hombre muy cercano a mí me inspiró para salir sola de campamento. Él lo hizo para Año Nuevo y me pareció excelente copiarle la idea y hacerlo para San Valentín. Solo era una noche y dos días en un balneario que está a un par de horas de mi hogar, un reto sencillo para ser la primera vez. Mi intención era claramente empoderadora: quería relajarme de una forma diferente, pero también hacer cosas nuevas que me ayudaran a construir un poco más de autonomía, como manejar sola en carretera y pasar un día del amor y la amistad conmigo misma sin depender de una pareja para ser feliz (hasta para dejar de ser cursi soy cursi).

La travesía cumplió el propósito de retarme porque me perdí en el camino y me desvié más de hora y media. Al llegar, mi segunda complicación fue armar la casa de campaña, porque nunca lo había hecho sola. Me tardé más de 70 minutos y confieso que en algún momento ya estaba desesperada y considerando seriamente rendirme. Nomás no lo hice por puro orgullo, pero mientras me peleaba con las piedras y las raíces pensaba que esta poca pericia para dar con mi destino y poner una casa de campaña de nylon de $200 para dos personas son el resultado de haber sido criada como mujer (y aparte, bien privilegiadota en cuanto a la posición económica). Muchas veces mi papá me decía cosas como “déjalo, yo lo hago” o se reía condescendientemente de mis intentos de aprender algo difícil para mí en ese momento. Durante esas tres horas de pugna conmigo misma (una y media de la casa de campaña y una y media de la perdidota) pensé que si hubiera sido hombre, por muy consentido que hubiera estado probablemente me hubieran exigido ser más osado, más hábil o más tenaz. Así que, con esa hipótesis en la mente, acabé logrando instalarme.

Después de cenar me metí a la alberca un rato y disfruté muchísimo de unas horas nadando bajo las estrellas (esos detalles sí me los reservo para mi querido diario). Pasado un lapso, decidí irme a dormir. Me puse mi toalla, me quité el traje de baño debajo de ella y caminé en la penumbra hasta mi casita. Cuando llegué noté que estaba completamente sola, probablemente había otras 4 personas repartidas por el inmenso balneario. Un guardia que trabaja en él se me acercó.

-“Buenas noches”

-“Buenas noches”, le respondí. Y entonces solo nos quedamos mirando. Pensé que me iba a advertir algo sobre las normas generales de la empresa, o a darme un aviso sobre la seguridad. Solo silencio.

– “¿Cómo está?” me preguntó él.

Yo tenía mucho frío y curiosidad por saber qué era aquello tan importante que el guardia de seguridad me tenía que decir.

-“Bien, gracias. ¿Pasa algo?”

-“No, nada… ¿por qué tan solita?”

“¿Por qué tan solita?” Con esa frase reverberaron siglos de machismo y patriarcado en ese instante a través de su boca y retumbaron en mis oídos mientras pensé: “Ah. Ahora entiendo.” Claro que entiendo, entiendo muchísimas cosas:

Entiendo que, en nuestra cultura, una mujer sin un hombre es como un perro sin correa, que está extrañamente independiente, que está des-habitada por una autoridad o des-poseída por alguien. Entiendo que un hombre nunca considera que su coqueteo está fuera de lugar por estar él en su lugar y horario laboral, ni porque su trabajo es hacer exactamente lo contrario a lo que está haciendo, ni porque es terriblemente amenazante aparecerse en un bosque oscuro ante una mujer en toalla para insinuarse. Entiendo que su siguiente oferta de hacerme compañía me debe parecer un halago o una amabilidad de su parte porque no está amenazándome con un arma ni insultándome. Entiendo que debo entonces darle pretextos porque a una mujer jamás se le enseña a decir “no”, que es inconcebible que una mujer disfrute o se divierta a solas o tenga la necesidad de no estar acompañada.

Entiendo con mucha pena que esta situación problemática para mí no es nada comparado con los cientos de problemas a los que se enfrentan miles de mujeres que no tienen los mismos privilegios que yo. Entiendo la razón por la que me metí a mi casa de campaña pensando que debí haber venido armada, entiendo por qué me dormí con la cabeza hacia la puerta para poderlo morder y escapar porque estaba segura de que volvería en la noche. Entiendo que algunas personas que leerán esto (si bien me va porque luego nomás me leen mi papá y mi mamá) pensarán que qué esperaba yo, si me fui sola “sabiendo cómo están las cosas”, así como entiendo que me imaginé los comentarios en redes sociales echándome la culpa de sufrir un ataque si este se concretaba. Y entiendo, sobre todo, que encima de todo debo considerarme afortunada de que no haya sido así.

Y entonces me dormí pensando: ¿por qué tan solita? Pues básicamente porque soy un ser autónomo, y como tal soy sujeta de derechos como al libre tránsito, al esparcimiento, a la vida y la dignidad… Decidí estar solita porque necesito descansar, porque tengo situaciones personales que necesito pensar y porque quiero divertirme. Entonces me pregunté: ¿qué es exactamente lo que se nos prohíbe a las mujeres: estar solas, descansar, pensar, divertirnos, o todas las anteriores?

Como verán, volví sana y salva para seguirme quejando. Si quieren leer mis quejas feministas anteriores aquí pueden encontrarlas.  Soy psicoterapeuta y sexóloga de Puebla, y presido el Colectivo Equilátera A.C. de educación sexual y educación para la paz. (Por si te interesan mis servicios o quieres amenazarme de muerte por feminista, este es mi Facebook).

Gracias, nos leemos pronto.

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