Los dioses de San Pablito, Pahuatlán

Los dioses de San Pablito, Pahuatlán

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez
Aranzazú Ayala

@aranhera

La caja de madera tiene cuatro figuras pintadas: son siluetas humanoides. Los dibujos parecen muy antiguos, como pinturas rupestres pero más detalladas. Son verdes, y cada uno tiene una posición única de pies y manos y a los lados les cuelgan motivos diferentes: el de la extrema izquierda tiene unos puntos rojos, el que le sigue, unas estrellas alargadas y amarillas, el siguiente vainas rojas y el último, unas varas verdes. Son los dioses del jitomate, la piña, el chile y la caña, respectivamente. Y son apenas cuatro de todos los dioses hechos de papel amate que viven guardados en la caja, que se abre sólo una vez al año en San Pablito, Pahuatlán, al norte de Puebla.

San Pablito está rodeado de montañas que lo apretujan, como escondiendo, celosas, la belleza del bosque en medio de la Sierra Madre Oriental. Está construido justo en las faldas del cerro del brujo y en otomí se llama “Nvite”, que significa “a los pies del cerro”.

Para el pueblo otomí la presencia de los dioses es permanente, silenciosa, ubicua. Viven en las semillas, en las montañas, en el agua, en el viento que silba. La caja de madera en que viven las representaciones de estos dioses permanece a un costado de la presidencia, en una habitación de piedra que se abre sólo dos veces al año, una de ellas, el 24 de diciembre, cuando les cambian la ropa de papel. La siguiente, la noche previa al 2 de febrero, día de la Candelaria, que para los de San Pablito es el día de la semilla, ocasión para llevar ofrendas y recibir una bendición por parte de los curanderos.

Este primero de febrero es miércoles. Al caer la noche la gente se prepara para realizar la ceremonia del día de la semilla. Cerca de las 9 de la noche la habitación que está cerrada 362 días al año, donde viven los dioses, está abierta y casi vacía. Sobre una repisa de cemento está la caja de madera, cubierta por un pañuelo rosa y coronada con un collar de cacahuates de la región.

Los primeros en llegar a la ceremonia son dos hombres mayores. Toman el copal que empieza a humear después de que lo prenden los curanderos, lo pasan frente a la guarida de los dioses y se sientan. Con mucha calma cada uno abre la funda de su instrumento: una guitarra y un violín que poco a poco van afinando.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

Dentro del cuarto de piedra es como si el tiempo no pasara, como si cada una de las escenas se alargaran y se repitieran entre el humo y la música que empieza a sonar. Los viejitos tocan huapango, tradicional de la región de la Huasteca y el norte de Puebla, en una serenata para los dioses que durará horas, y que disfrutarán también curanderos y devotos que esperan por la bendición.

Luego llega otra de las curanderas, una de las más importantes. Su cabello es blanco, al igual que su blusa, bordada a mano en pecho y mangas con hilos de colores, artesanía típica de la comunidad. Cuando entra al cuarto da la mano a las personas y se acerca a los dioses. Con el copal y las flores permanece ahí, hasta que en un momento se escuchan ruidos afuera. Le dice algo a los músicos y la casa de los dioses se queda vacía: afuera se oyen voces de sorpresa y exclamaciones en otomí, una lengua que se canta, donde las vocales se alargan y las palabras brotan como el manantial desde el cerro del Brujo.

Afuera del cuarto las personas se juntan y miran hacia arriba, a una de las vigas de metal que sostienen el techo de lámina. El curandero principal toma un palo y golpea uno de los alambres que sostienen la construcción. Un punto del alambre está al rojo vivo, brilla y chispea. Nadie encuentra explicación, nadie la busca: no hay lumbre, no hay nada que haya quemado el fierro y, sin embargo, se prendió y así se mantiene, encendido y parpadeando, como una estrella que a ratos desprende luz y después se mantiene calmada, en la sombra, pero sin apagarse.

El curandero explica en un español lento que nadie tiene miedo porque los dioses están ahí. Dice que no hay corriente eléctrica cerca del alambre ni nada que lo haya podido prender, pero que aún sigue chorreando luz. Repite que los dioses están presentes, y que están contentos. Lo sabe porque no tiene miedo: esa es la señal. Sonríe.

El copal perfuma el cuarto de los dioses, donde un hombre, de los que aguardan sentados, escucha inmóvil a los músicos mientras recuerda lo que contaban sus abuelos: que el águila sí existió. El águila pintada con rojo y negro afuera del cuarto que alberga a los dioses. El hombre cuenta que un día alguna autoridad cambió de sitio a los dioses sin pedirles permiso. Entonces hubo problemas. Se enfermó y ningún especialista supo lo que tenía. Hasta que los curanderos fueron con los dioses a darles ofrendas y disculparse: entonces la enfermedad desapareció.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez

De hecho, el símbolo de San Pablito es un águila de dos cabezas: la leyenda cuenta que hace mucho los pueblos nahuas atacaban a los otomíes, mandándoles enfermedades y desgracias mediante hechizos. Hasta que un día bajó del cerro un águila de dos cabezas que los protegió.

El águila de dos cabezas es el símbolo que representa a San Pablito, pero no es el único protector. Otros dioses están dentro de una cueva en el cerro del Brujo, a la que no se puede entrar sin permiso o sin estar con un curandero. A quien viole esta prohibición los dioses le mandarán víboras o le aventarán piedras. A los dioses hay que pedirles permiso, porque los dioses cuidan la tierra, de donde son, de la que son.

El hombre cuenta la historia en español, pero a un lado la gente que espera para agradecer a los dioses y recibir la bendición de los curanderos platica en otomí. En casi todo el pueblo se habla la lengua indígena, bajando desde el monte y deslizándose por las calles empinadas.

El otomí se escucha también como un respiro contenido: cuando las vocales se alargan a veces se detienen, con un sonido aspirado que las retorna a la boca. Es un idioma que tiene cientos de años, y suena como si hubiera sido hecho para hablar con las montañas, con los manantiales y con los animales.

La ceremonia dura hasta el amanecer. La música no para y la gente se releva para saludar a los dioses, dejarles ofrendas y compartir atole de cacao que hierve en una olla en la antesala de la habitación. El curandero dice que después del ritual irán a la iglesia, donde hay una misa especial para las semillas. Los dioses de papel seguirán en la caja hasta el 24 de diciembre, el único día del año en que salen de la caja, pero siguen ahí, en la naturaleza, vigilantes, protegiendo al pueblo y al bosque que habitan.

Periodista en constante formación, interesada en cobertura de Derechos Humanos y movimientos sociales. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014

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