La revolución de los niños y las ciudades del futuro

La revolución de los niños y las ciudades del futuro

Armando Pliego Ishikawa

@dobbyloca

A principios de la década de los setenta la sociedad amsterdamesa atravesaba una crisis de inseguridad vial. Más de tres mil personas murieron en 1971 en los mal llamados accidentes viales. Esto se debió en gran medida a que al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la economía neerlandesa vivió un auge sin precedentes. La capacidad adquisitiva se elevó, y el automóvil se presentó como el vehículo del futuro en los mercados emergentes tras la reconstrucción de Europa, disminuyendo radicalmente los viajes en bici, de un 80% a un 20% entre 1950 y 1970.

Ciudades de siglos de antigüedad empezaron a ser modificadas, haciendo lugar para el automóvil, demoliendo viejos vecindarios, entubando ríos y construyendo segundos pisos, viaductos y autopistas en medio de las urbes. Los resultados fueron fatales.

Al aumentar la velocidad, aumentaron las distancias, y al aumentar las distancias la calidad de vida disminuyó, pues la gente antes acostumbrada a trasladarse distancias cortas en ciudades donde bastaba caminar unas cuadras para acceder a cualquier servicio, empezó a dedicarle más horas de su día en trasladarse a bordo de un automóvil. Ruido, contaminación, caos e inseguridad fueron el pan de cada día en muchos vecindarios de Ámsterdam durante años, y las víctimas que más sufrieron fueron los niños y niñas que poco a poco perdieron la posibilidad de jugar en sus calles.

Sólo en 1971 más de 400 menores murieron en siniestros viales en la capital holandesa. Así nació “Stop de Kindermoord” – “Detengamos los asesinatos de niños”, una campaña popular cuya finalidad era sencilla pero ambiciosa: regresar a la niñez el derecho de calles seguras y divertidas, donde jugar, salir a andar en bici o pasear con sus amigos no fuera un riesgo.



Las protestas del movimiento se caracterizaron por su creatividad y diversidad. Algunos días se hacían actividades sencillas, como sacar mesas y sillas a las calles para tener fiestas barriales, cerrando la circulación para los autos; en otras ocasiones pintaban ciclovías, y en otras se organizaban rodadas masivas, y al llegar a cierta calle la gente simplemente se detenía y se sentaba o acostaba en todo el arroyo vehicular. También se ocuparon edificios públicos, se hicieron marchas tradicionales, y los encuentros con la policía y el vandalismo contra los automóviles ganaron presencia.

Además, tras la crisis del petróleo de 1973, la sociedad holandesa enfrentó un nuevo reto: el encarecimiento de la gasolina y su escasez por todo el país. Ese año se crearon los domingos libres de autos, donde ningún vehículo motorizado circulaba, y la gente pudo recordar la experiencia de ciudades silenciosas y seguras.

Las protestas y el incremento de precios llevaron al gobierno nacional a un punto de inflexión en sus políticas de movilidad. Seguir incentivando el uso del auto y desarrollando infraestructura vial traería consecuencias terribles y era el momento de cambiar de rumbo. Durante los ochenta inició la experimentación, y los primeros proyectos de ciclovías no mostraron resultados positivos, pues sólo pretendían mantener el porcentaje actual de viajes en bici, mas no incrementarlo. Entendieron que una sola ciclovía no era suficiente para recuperar espacios arrebatados por el demandante automóvil; se requerían redes enteras de ciclovías por toda la ciudad.

Tres décadas después, Holanda tiene más de 35 mil kilómetros de ciclovías. Desentubaron ríos para devolverlos a la vida cotidiana de su ciudad. Pacificaron vecindarios para permitir que las calles volvieran a ser un espacio de juego y recreación; un lugar de encuentro para construir identidad local. Carreteras urbanas se convirtieron en parques hace menos de veinte años. El aire se limpió y la gente dejó de morir en las calles. La niñez holandesa nos dio una gran lección: la ciudad nos pertenece, y no podemos permitirnos permanecer fuera de las decisiones que nos afectan. No hay lucha más digna que la que busca un mejor futuro para las generaciones que vienen, y no hay sueño más inocente y a la vez más poderoso, que el de volver a jugar en la calle.

 

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