No tenemos miedo

No tenemos miedo

Mely Arellano

@melyarel

Son las 2 de la tarde del 5 de enero. En Acajete, un municipio a 35 kilómetros de la capital poblana, los puestos ofrecen carnitas y barbacoa a la sombra de sus lonas de colores, a una calle de la Presidencia y la plaza principal. Debajo o alrededor de las mesas andan los perros flacos, miedosos y de ojos tristes a la caza de lo que se caiga de los platos o les avienten los comensales.

Una hora después, se altera de golpe la rutina: la calle se vacía. La alerta emitida por la autoridad municipal fue breve: “ahí viene la manifestación”. Nadie se cuestiona cuál. Ya se intuye. El 27 de diciembre, un día antes de los Santos Inocentes, se anunció el aumento de hasta 20% en el costo de la gasolina. Protestas, cierre de autopistas y toma de casetas en varias partes del estado y del país comenzaron desde el primer día de 2017.

En Acajete casi todos los negocios, incluyendo “el Coppel”, cierran. De poco servirá: alrededor de las 10 de la noche esa sucursal de la empresa de origen sinaloense será saqueada.

A la misma hora, la caseta de Amozoc está liberada, aunque no hay manifestantes a la vista, sólo la policía dando indicaciones para circular.

A las 4 de la tarde con 1 minuto, al sur-poniente de la ciudad de Puebla, el usuario de Facebook Eduardo Sánchez Montero comienza una transmisión en vivo afuera del Aurrerá de la 11 sur y Bulevar Municipio Libre, más conocido como “Las Torres” o “Torrecillas”:

—Un grupo de alrededor de 20 o 30 personas que venían algunos encapuchados, otros enmascarados, llegaron a la entrada de Bodega Aurrerá rompieron la entrada con palos, están ingresando, algunos ya se dieron a la fuga, llevaban desde juguetes, televisores, dispositivos electrónicos —dice, y agrega tantos detalles como puede, imitando a los reporteros que salen en la tele.

En cuestión de minutos el video se reproduce en miles de pantallas. Se viraliza. Para algunas personas no hay sorpresa. Un día antes, mientras en redes sociales se esparcía información sobre saqueos en el Estado de México, tanto reales como falsos, la advertencia sobre lo que pasaría en ese Aurrerá llegó vía Whatsapp.

Minutos después corren por el centro histórico personas, policías y el rumor de que saquearon Woolworth. Los negocios cierran.

El caos comienza a extenderse.

Para las 6 de la tarde, la junta auxiliar de San Jerónimo Caleras, al norte de la ciudad, parece pueblo fantasma. La gasolinería, el Oxxo y hasta las fieles tienditas están cerrados.

A las 7:21 llega el boletín 2842 a los correos de la prensa con el siguiente titular: “Puebla necesitaba urgentemente un cambio de rumbo: Moreno Valle”. Al final del primer párrafo se lee: “hoy se escribe una nueva página en la historia del estado”. Qué atinado. No hay ninguna referencia a los saqueos iniciados más de 3 horas antes.

Es triste la noche del 5 de enero para los comerciantes de la calle 5 de Mayo, en el centro histórico, quienes esperan una clientela que no llegará.

Nadie cuestiona la inacción, la omisión y la ineficiencia de la policía. Si hay algo con lo que podamos contar en este país es justo con todo eso. La novedad es —suele ser— lo otro.

En las redes, donde parece que todo pasa, circulan memes y se comparten videos de los saqueos en otras tiendas, la mayoría en la zona del sur de la ciudad, donde empezó todo.

A las 9:28 pm el Gobierno del estado informa que “el gobernador Rafael Moreno Valle acompañado del secretario general de gobierno, Diódoro Carrasco y el fiscal general del estado, Víctor Carrancá, se reunió con el procurador General de la República, Raúl Cervantes Andrade”. No dice para qué.

La Secretaría General de Gobierno reporta a las 11:42 “la detención de 50 personas por los hechos de robo ocurridos en 12 establecimientos comerciales” y asegura que “en ningún otro municipio del Estado se han reportado hechos de esta naturaleza”. Falso. A esa hora ya habían saqueado el Coppel de Acajete.

Manual del rumor en acción

El periodista Jacinto Rodríguez Munguía refiere en su libro La otra guerra secreta, los archivos prohibidos de la prensa y el poder, que existe un Manual de Propaganda elaborado por la Secretaría de Gobernación en tiempos de Luis Echeverría. Se trata, dice Jacinto, del manual del perfecto rumor, y funciona debido a que: “La transmisión de los hechos de boca en boca -el fenómeno del rumoreo— es el mejor medio de difusión pública, porque es de todos los instrumentos de propaganda el que mejor activa la imaginación individual y tiende a desorbitarla. Además, la idea se siembra y nadie atina a precisar de dónde salió”.

La mañana del 6 de enero algunos vecinos de San Jerónimo intercambian rumores mientras esperan que les despachen sus gorditas. La dueña del puesto presume haber sido la única que mantuvo abierto cuando todo estaba cerrado. Un cliente lo confirma.

Los negocios de comida y las tienditas abren con normalidad pero las tiendas de autoservicio permanecen cerradas.

A las 10 de la mañana, una vecina de la colonia San Manuel, del otro lado de la ciudad, recibe una llamada de un número desconocido. Una voz femenina le dice que ya saquearon el Mercado Zapata y que van para allá. Le recomienda no salir. Las tiendas de su rumbo comienzan a cerrar velozmente.

Alrededor de las 10 y media un grupo de personas ingresa a la Central de Abastos. Alguien dice que son saqueadores. Cientos de vendedores armados con palos se enfilan a encararlos, aunque al final terminan enfrentando a la policía municipal. Los supuestos saqueadores huyen hacia la colonia Villa Frontera donde, por la noche, sus habitantes pondrán barricadas. No serán los únicos.

Cerca de la 1 y media al Mercado Zapata llega el rumor (el mismo que habrá de escucharse también en el de La Acocota): “ahí vienen los saqueadores”. En respuesta, los locatarios cierran el mercado. Unas jóvenes entran en crisis nerviosa y hacen llorar a un niño. Su mamá pide que les dejen salir.

Afuera, la calma.

Más tarde una mujer tratará de consentir a su nieto comprándole unas papas en el Oxxo que está a una calle, pero lo encontrarán saqueado.

En el centro, a las 2 de la tarde, un empleado del Ayuntamiento recomienda a los negocios del barrio turístico de Los Sapos que cierren. Casi todos lo hacen.

A las 4 cerca de ahí, en el Jardín de El Carmen, hay vendimia de roscas de reyes, y la famosa paletería del barrio está abierta, aunque para ser día de asueto no hay tanta gente.

En el transcurso de la tarde otro rumor se enciende con fuerza: los saqueadores van a entrar a las casas.

A las 5:29 el gobierno del estado envía el boletín de prensa 2843, donde Rafael Moreno Valle asegura desde Ciudad Serdán: “Actuaremos de manera oportuna con toda la fuerza del Estado para mantener la tranquilidad de los ciudadanos”.

A las 7:02 llega un segundo mensaje de sólo 72 palabras donde el gobernador informa que actuará con firmeza para “garantizar la tranquilidad de los poblanos”. El correo incluye una foto de Moreno Valle con su gabinete.

Cerca de las 8 de la noche una mujer le pide a su vecino, en un fraccionamiento del sur de la ciudad, que se organicen. Tiene miedo, alguien le dijo que en no sé qué colonia mataron a una señora. El hombre primero duda pero al final accede y reúne a más o menos 50 personas para hacer una barricada que evite la entrada de extraños. Deciden hacer guardia toda la noche. Se turnan, se preparan con palos, machetes y hasta bombas molotov que confeccionan jóvenes deseosos de que algo pase.

Las barricadas se multiplican en las colonias del sur: de Tres Cruces, Xilotzingo, San Jorge y Los Héroes a Balcones, Guadalupe Victoria y San Ramón, donde vecinos vestidos de blanco cuidan las entradas de calle. También en el norte se queman llantas y bloquean el paso por la zona de Villa Frontera e incluso en las juntas auxiliares de San Sebastián de Aparicio y Canoa, a los pies de La Malinche.

Alrededor de las 10 de la noche por Whatsapp se comparten grabaciones con diferentes voces y diferente guión pero el mismo contenido: que “mañana entra Ejército y granaderos a Puebla, que Moreno Valle tiene permiso de ejecutar la Ley Bala, entonces que tiene órdenes de hacer limpia en Puebla, van a jalar parejo con quien encuentren, niños, señoras, viejitos, que se va a poner muy muy feo, si pueden no salgan ni por trabajo, ni por nada del mundo, no salgan de sus casas”, porque además Antorcha Campesina y “todos estos grupos mañana toman todo lo que es transporte para quemarlos, deshacerlos. Cristalazos y demás”.

La paranoia total.

Que vienen vestidos de rojo, que en camiones. No, en camionetas no, en moto. Nadie sabe quiénes son, de dónde vienen, quién los manda, qué quieren. Pero ya vienen. Son “El Coco”.

Mientras tanto, en el centro y la Avenida Juárez la noche transcurre tranquila. Los restaurantes y los antros, listos para la clientela que hoy ha decidido no salir.

Una de las barricadas termina en verbena vecinal. Los jóvenes sacan una guitarra, cantan hasta las 4 de la mañana. Las muchachas salen. No pasa nada.

Foto: Marlene Martínez
Foto: Marlene Martínez
No tenemos miedo

A las 10 de la mañana del sábado 7 en el reloj de El Gallito, en Paseo Bravo, ya hay gente reunida. La respuesta a la convocatoria sorprende: se anunció desde hace días pero la información al respecto se diluyó –qué conveniente– entre los saqueos y los rumores.

A las 10:15 inicia la manifestación. Caminan sobre Reforma hasta el zócalo. Es gente de clase media, personas jóvenes y adultas, sindicatos, integrantes de partidos, de organizaciones, enfermeras y médicos, docentes.

Las consignas son varias. La de coraje: “¡Fuera Peña!”. La reivindicativa: “¡El pueblo no saquea!”. La valiente: “¿Quién dijo miedo?” o “¡No tenemos miedo!”. Y no, no tenemos.

La columna es enorme, cuando la vanguardia alcanza el zócalo, la retaguardia apenas ha empezado el recorrido. Un calculo rápido da, al menos, 7 mil personas que llenan Palafox a todo lo largo de los portales y la mitad del zócalo.

Mientras frente al Palacio Municipal –fuertemente resguardado por policías– se enfilan los discursos en un templete, del otro lado suena “Gimme tha power” de Molotov.

Hay tanta gente que el ambiente depende de la zona en la que se esté. Se escucha cantar el himno nacional varias veces. Las consignas van y vienen. “¿Quién dijo miedo, quién dijo miedo?, ¿quién dijo miedo?”, retumba en el ánimo. Alguien grita “¡Viva México!”, miles de voces responden “¡Viva!” y se engorda el corazón, se pone la carne de gallina, se recupera la fe y dan unas ganas terribles de abrazar a alguien.

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