Carta en el cuarto año de mi hija

Carta en el cuarto año de mi hija

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Luis Felipe Lomelí

La vida es un juego, Alicia. Un juego como los que tú vives cada día: de a de veras, importantísimo, educativo y alegre. No como los juegos que –a veces, si acaso—juegan los adultos: de a mentiritas y sin compromiso. Y, como en todo juego, hay que aprender con quién jugar.

Ya has visto que a algunos niños sólo les da por jugar a los golpes y eso les divierte, se ponen muy contentos cada que hacen daño: “me lo chingué”, oirás decir a muchos adultos más tarde, porque son como esos niños que no encuentran otra forma de convivir con sus semejantes en el mundo. Y así hacen, buscan jugar a los golpes, medirse a los golpes; te esperan a que estés descuidada para golpearte y luego irles a presumir a otros que te golpearon. O peor: para reírse solos porque no tienen con quién reírse.

¿Recuerdas a ese niño en el parque de la Piedra Lisa que sólo se entretenía quitando a los niños del resbaladero y luego se quedaba ahí, arriba, sin lanzarse, viendo cómo todos los demás lo esperaban? Así también hay muchos adultos: su idea de juego es impedir que los demás jueguen. Ciertamente se parecen mucho a los anteriores, a unos y a otros les gusta acumular algo que se llama “poder”: poder para agredir a otros impunemente, poder para impedir que otros jueguen. Si me preguntas, al igual que tú y a pesar de que esté grandote, tampoco entiendo la gracia de jugar así; me parece que al final del día debe de ser muy aburrido recordar y darse cuenta de que no han construido cosa alguna.

Hay otros niños, ya los has conocido también y los has visto en las caricaturas, cuya diversión parece consistir en quejarse y quejarse mientras juegan: el muñeco debe de estar acá y no allá, yo voy primero y tú después, yo sólo juego después de acomodar todos los animalitos, etcétera. Y así se la pasan todo el rato, se quejan si hace calor y si hace frío, si hay poca gente y si hay mucha gente. Se quejan, básicamente, de todo. Con el tiempo, incluso, se definen a sí mismos a partir del quejumbre: “es que yo soy muy crítico”, afirman. A diferencia de los dos tipos anteriores, con estos sí se puede jugar un rato. Y hasta divertirse muchísimo y aprender harto. Lo malo con los casos extremos es que a veces uno puede tener la intención de hacerlos felices sin necesidad de andarse quejando, de ser felices así nomás y porque sí. Y esto por desgracia, con los adultos que son así, casi siempre es imposible.

Estudió Física pero se decantó por la todología no especializada: una maestría en ecología por acá, un doctorado en filosofía por allá, un poquito de tianguero y otro de valet parking. Ha publicado los libros de cuentos Todos santos de California y Ella sigue de viaje, las novelas Cuaderno de flores e Indio borrado, el ensayo El ambientalismo y el libro de texto Naturaleza y sociedad. Es Premio Nacional de Bellas Artes y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Se le considera el autor del cuento más corto en lengua hispana: "El emigrante": -¿Olvida usted algo? –Ojalá.

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