Cuacuila, el pueblo que previno el desastre

Cuacuila, el pueblo que previno el desastre

Albergue en Cuacuila Foto: Marlene Martínez
Albergue en Cuacuila
Foto: Marlene Martínez
Samantha Páez

@samantras

La llegada a Huauchinango ofrece una primera imagen de la desgracia: un barranco desgajado cubre casi por completo una pequeña casa. Sólo queda a la vista una pared color marrón con líneas irregulares bien marcadas, huellas del lodo que cubrió lo que fuera el hogar de Marcela Parada Zúñiga.

Ella y su familia sobrevivieron a la fuerte lluvia que golpeó a la Sierra Norte de Puebla el pasado sábado 6 de agosto por los efectos de la tormenta tropical Earl.

La casa de Marcela pertenecía a Cuacuila, una población de Huauchinango ubicada en lo alto de un cerro con pronunciadas pendientes en todas direcciones, en la que los deslaves arrastraron postes de luz, árboles y enormes pedazos de tierra, aludes que dejaron casi en el aire varias casitas y clausuraron buena parte de los caminos.

Pero en Cuacuila no hubo muertos. Sus 3 mil 50 habitantes resultaron ilesos a pesar de vivir en una zona montañosa tan vulnerable.

Al contrario, en el resto del municipio al que pertenece se cuentan 32 decesos, y en toda la Sierra Norte de manera oficial se reconocen 41 muertes, aunque otras versiones estiman al menos 51 personas muertas y cuatro desaparecidas.

El doctor Alfredo Sandoval Villalbazo, académico del Departamento de Física y Matemáticas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México considera que los posibles efectos de Earl fueron subestimados, pues “la tecnología contemporánea posibilita al menos tres días de preparación para realizar evacuaciones y establecer refugios ante estos fenómenos destructivos” y así evitar tragedias humanas.

Pero la política de prevención falló como ha fallado otras tantas veces en el estado; sin embargo esta vez Cuacuila fue la excepción, sus autoridades usaron un método poco usual y sin duda subestimado: el sentido común.    

Albergue en Cuacuila Foto: Marlene Martínez
Albergue en Cuacuila
Foto: Marlene Martínez
La omisión del Estado

El martes 2 de agosto de 2016 se emitió la primera alerta sobre Earl por parte del National Hurricane Center.

El sábado 6 de agosto el Sistema Meteorológico Nacional (SMN) alertó a las 10:45 horas que Earl se debilitaría al adentrarse en territorio mexicano, pero aun así habría “tormentas intensas” en regiones de Puebla, Veracruz, Oaxaca, Querétaro, Hidalgo y San Luis Potosí.

El comunicado de prensa también señaló: “las lluvias registradas durante los últimos días han reblandecido el suelo por lo que se deben extremar precauciones ante posibles deslaves, deslizamientos de laderas, desbordamientos de ríos y arroyos o afectaciones en caminos y tramos carreteros, así como inundaciones en zonas bajas y saturación de drenajes en sitios urbanos”.

A las 19:30 horas el SMN emitió otro boletín de prensa donde reiteraba el pronóstico de “tormentas locales muy fuertes” para la noche del sábado y todo el domingo.

Ese fin de semana llovió en la Sierra Norte poblana el 80 por ciento de lo que se esperaba para todo el mes de agosto, es decir, en dos días cayó 22 veces más agua de lo esperado.

Pese a los avisos del SMN y los que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) hizo de manera directa al gobierno encabezado por Rafael Moreno Valle Rosas, a través de dos oficios los días 3 y 5 de agosto, no se ejecutó un protocolo de prevención.

Lugares como Xaltepec, en Huauchinango, y Xaltepuxtla, en Tlaola, fueron devastados. Arroyos de un metro de ancho crecieron hasta 100 metros, el agua subió en pocas horas hasta los techos de las casas asentadas en las riberas de los ríos y abriéndose camino arrastró a personas, árboles, muebles y automóviles como si fueran barcos de papel.

En las pendientes la tierra no aguantó la lluvia por más de diez horas y cedió, varias casas perdieron el suelo que les sostenía, algunas personas no lograron salir. La tierra también cayó sobre hogares enterrando a sus moradores. Caminos y carreteras quedaron cubiertos por esa tierra debilitada.

Una semana después el agua fue dejando capas de lodo de hasta dos metros de altura. A través de las paredes o ventanas que el agua se encargó de derribar, aparecieron muebles y objetos personales abandonados como islas en medio de un denso mar café oscuro. Algunas personas regresaron para ver qué podían recuperar: ropa, trastes, quizá algún animal doméstico o al menos un recuerdo de lo que había sido su casa.

El gobierno del estado refirió en un boletín de prensa que hubo 29 municipios afectados: Atempan, Chichiquila, Chiconcuautla, Chignautla, Chilchotla, Coyomeapan, Eloxochitlán, Guadalupe Victoria, Hueyapan, Jopala, Juan Galindo, Lafragua, Naupan, Pahuatlán, Quimixtlán, San Sebastián Tlacotepec, Teteles de Ávila Castillo, Tlacuilotepec, Tlapacoya, Tlatlauquitepec, Tlaxco, Yaonáhuac, Zacapoaxtla, Zacatlán, Zihuateutla y Zoquitlán, pero sobretodo Huauchinango, Tlaola, y Xicotepec.

Los daños materiales en Puebla se cuantifican en 2 mil 44 millones de pesos, aunque no hay una cifra oficial de personas afectadas.

Albergue en Cuacuila Foto: Marlene Martínez
Albergue en Cuacuila
Foto: Marlene Martínez
Cuacuila, el ejemplo

Para quienes habitan en los municipios de la zona afectada la lluvia es un elemento que les acompaña toda la vida. Nacen y mueren viendo llover. 

Por eso, cuando la tarde del sábado 6 de agosto Eugenio Pérez Ahuakatitla, edil adjunto de Cuacuila, notó que la lluvia era más fuerte y prolongada que de costumbre no dudó. A las seis de la tarde se organizó con los regidores de la comunidad para evacuar a los habitantes y pedirles que se dirigieran a la presidencia auxiliar, que se encuentra lejos de las pendientes.

—Todos aquí sabemos que llueve, entonces estamos ahora sí que acostumbrados, pero ahora sí cayó muy fuerte el agua -recordó Eugenio Pérez.

En unas horas la presidencia se transformó en un albergue temporal, donde hasta el 16 de agosto permanecía un ciento de personas. Ahí, la organización era evidente.

Del lado derecho estaban apiladas las colchonetas moradas, encima las cobijas y las pertenencias que los pobladores pudieron salvar. En las paredes se leían carteles con los horarios de las comidas, los roles de responsabilidades y recomendaciones cívicas: “Respete a sus compañeros y sus pertenencias”.

Del lado izquierdo se encontraba una cocina improvisada donde varias mujeres, con tapabocas y redes negras cubriéndoles el cabello, preparaban los alimentos. Los víveres y la ropa estaban al fondo, cerca de la puerta trasera que da hacia unas canchas donde los niños jugaban y corrían.

Afuera, en la fachada y en las rejas, sobre cartulinas de colores habían escrito agradecimientos a las personas y organizaciones que llevaron algo para el albergue, dejando constancia del nombre y la donación.

La mayor parte de lo víveres fueron donados por ciudadanos y personal del programa federal Prospera los ayudaba con la coordinación. Hasta ese momento no habían recibido apoyo del gobierno estatal y del gobierno municipal sólo tenían la promesa de componer los caminos dañados y revisar que la clínica estuviera en buenas condiciones.

A medio día el albergue estaba un tanto vacío, Eugenio Pérez explicó que muchas personas perdieron su casa pero no su empleo, así que se iban desde temprano y regresaban a la hora de la cena. A esa hora sólo estaban los niños y algunas mujeres, muchas de ellas mayores, sentadas en las bancas, platicando.

En Cuacuila hubo 155 casas afectadas pero ni una sola muerte que lamentar.

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