La espectacularidad natural del jazz en Cholula

La espectacularidad natural del jazz en Cholula

Jaime Mesa

@jmesa77

Con los tonos del horario de verano como telón de fondo, ya se sabe, lo anaranjado en el ambiente, la luz que es y no es y que predice la noche, y esos coletazos del viento que inundan las calles de San Pedro Cholula, dio inicio el concierto masivo que con cinco grupos dinámicos y fundamentales para la escena del jazz en México, sintetizó el mes durante el cual el Festival Internacional de Jazz 2016 hizo de este género musical el símbolo de lo que hoy en día se vive en Cholula: comunidad.

Foto tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán
Foto del Israel Pantoja Trio tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán

Alrededor del quiosco se dispusieron mesas y locales con una de las nuevas formas de la felicidad: la pizza y la cerveza artesanal. Ese altar simbólico de la ciudad viva más antigua de Latinoamérica fue el escenario para los primeros acordes del Israel Pantoja Trío que mostró un ensimismamiento cautivo, una suerte de equilibrio que hizo que el público se fuera acercando. La primera oleada era de paseantes habituales, familias, personas adultas, turistas que, alertados por los músicos, decidieron darle la tarde del sábado al jazz.

Momentos antes, Rodrigo Moctezuma, fundador y organizador del festival había dado la bienvenida, anunció el programa y convocó al goce musical, entre otras cosas, porque también ese día se celebra el Día Internacional del Jazz que, instaurado por la UNESCO, se festeja por quinta vez.

La iniciativa del Festival Internacional de Jazz ha sido impulsada por uno de los mejores “hoyos” del jazz en México: Jazzatlán, que sin despegar un pie de Cholula, ha comprometido un afán de difusión y apoyo a una de las mayores contribuciones de la cultura norteamericana al mundo. Si bien el año pasado, primera edición del festival, sorprendió con una plataforma ubicada en la plancha principal de la plaza de La Concordia, que permitió una desplazamiento caóticamente bello del público y los músicos, esta vez la curaduría rindió homenaje a dos de los atributos del jazz y su historia: lo íntimo y lo cercano: el músico empapando al espectador y uniéndose en esa sensibilidad mágica de la música. Así, durante un mes, todos los miércoles, viernes sábado y domingo de abril los conciertos fueron una cosa de casa dentro del Jazzatlán y sólo al final, como piedra de toque, se extendió al  quiosco, corazón simbólico de la ciudad de San Pedro Cholula. La gente, acostumbrada ya a la calidad excepcional de los músicos y, sobre todo, a ese aire de comunidad que sólo ocurre en los lugares en donde se ocupan los espacios públicos, era un destello continuo de miradas y voces. No hay más belleza en los eventos musicales que la conexión entre ejecutante y escucha. Entre la música y el corazón.

Y justo cuando la tarde moría, Beto Cobos, uno de los constantes en la escena musical poblana, junto a su cuarteto, continuaron la programación con una propuesta que resultó un privilegio. Al final de su actuación, Cobos invitó a Silvana Estrada, una jovencísima cantante que convocó aplausos y dio por terminada la tarde. 

El siguiente protagonista, ya de la noche, fue la Hot Latin Jazz Band que con metales siempre in crescendo confrontó al público que por primera vez empezó a pedir más. La guitarra de esta banda se coló entre el poder rítmico de las percusiones y fue, desde su zona oscura, la sazón de este tiempo. Para ese momento, el público se había convertido en mar, los números se elevaban, ya las 100 mesas estaban ocupadas, y el ánimo general era de fiesta, de reencuentro con el jazz y al fondo, la majestuosa iglesia sobre la pirámide era una señal para ir hasta el límite del territorio. Para este momento, cerca de las nueve de la noche, el público base del festival llegó, aquel que hace un año se había sorprendido por la presencia de genios como Cyro Baptista, recaía en esta emoción contenida, en esta rabia eléctrica que es el buen jazz.

El orden imperaba a pesar de tanta pasión desbordante, en las sillas todos eran estatuas de bronce, aunque los gestos anunciaban la emoción.

La mezcla de conversaciones discretas, las filas en busca de comida y bebida, la atmósfera familiar y de compañerismo fue uno de los puntos fuertes de este festival. El caos controlado reinó.

Cuando la noche era más oscura pero más luminoso el público, apareció Magnet Animals que básicamente rompió la noche y no le dio oportunidad a los espectadores ni de ir por más cerveza. Esta fusión otorga dos nociones: la batería es un demonio y la guitarra principal es una angustia contenida. Magnet Animals, el nuevo proyecto de Todd Clouser, es una fusión (logradísima) de jazz-rock. Clouser conoció al guitarrista y compositor Eyal Maoz de origen israelí en New York donde armaron el proyecto. Otro de sus integrantes, Shanir Blumenkranz, es el bajista de John Zorn. Y el joven baterista, Jorge Servín Rivera, quien ha dicho de su instrumento: “Es un ente malvado que me reta día a día, que me tiene atrapado en sus garras”, miembro de la Orquesta Nacional de Jazz, el año pasado se destacó porque tocó con una buena cantidad de grupos de la programación del festival.

Foto tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán
Foto de Magnet Animals tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán

Si dejáramos de sacar fotografías o filmar, veríamos que, entre todos, dos destacan del grupo: el guitarrista líder Eyal Maoz y el baterista estrella Servín Rivera. El primero aporta líneas melódicas propias del rock a una base jazz destacando su sección de pedaleras y sonidos virtuales que agregan armonías atmosféricas que le dan fuerza, magnetismo, al ensamble. Un milagro de la experiencia. Pero quien realmente mantiene la estructura jazzística es el baterista: es una sorpresa de juventud y solidez que mantiene las figuras rítmicas, contratiempos y silencios, propios del jazz. Su solvencia radica en el apabullante (pero correcto) uso del bombo y su muñequeo en los platillos para que la fusión salga a flote. La noche, para mí, se la llevó esta bomba atómica que provocó en el público largos silencios que tamborileaban preparados para convertirse en una ovación.

Horas antes de empezar los conciertos se ofreció una clase colectiva de Swing, ese género tan cercano, del que nuestros padres nos hablaron, pero que parece tener una segunda o tercera vueltas. Muchas parejas daban ese saltito entre dócil y puro, de iniciación, que provoca ese ritmo y que delató a los que ya cerca de la una de la mañana eran expertos bailarines. Los pasillos y la zona cercana al quiosco se llenaron de parejas para la presentación de Swing México Jazz Band. Para ese momento, hay que decirlo para la estadística, ya había unas mil 500 personas alrededor del quiosco del jazz.

La luna no era luna. La pirámide, siempre al fondo, resplandecía aunque sin ánimo de protagonismo y el segundo Festival Internacional de Jazz, que reúne gratamente juventud y prestigio, demostró que el tejido social no está roto, que sigue envolviendo a los miembros de una comunidad que se percibe solidaria y alegre. “Esto es Cholula”, alguien dijo.

Las primeras canciones, solamente instrumentales, dieron pie a piezas en donde brilló la irlandesa Louise Phelan quien, con un hermoso sombrero cloché, una turba morada con flor integrada, característico de las flappers en la Era del Jazz de los veinte, lució su voz, un vinyl en alta definición, más de una hora.

La gente, sin saber bailar, parejas de jóvenes, se animaron y completaron un mosaico cholulteca acompañando a Louise hasta las últimas consecuencias.

Rumbo al final, cuando el jazz había cumplido todas las expectativas, luego de interpretar piezas de Nina Simone, y sus canciones más queridas de los años veinte, treinta y cuarenta Phelan trastornó su voz del canto al habla: “Estoy muy contenta por celebrar en Cholula el día del jazz. Muévanse como quieran, el swing es para bailar”. Y esta mujer, que siempre lleva a todos los lugares en los que se presenta a su pareja de baile, cerró un festival y una noche espectacularmente luminosos. La gente sonreía, trataba de seguir con la cabeza algún ritmo que ya sólo vivía en su melancolía y comenzó a dispersarse con la firme idea de regresar el siguiente año.

Foto tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán
Foto tomada del perfil FB del Festival Internacional Jazzatlán

La luna no era luna. La pirámide, siempre al fondo, resplandecía aunque sin ánimo de protagonismo y el segundo Festival Internacional de Jazz, que reúne gratamente juventud y prestigio, demostró que el tejido social no está roto, que sigue envolviendo a los miembros de una comunidad que se percibe solidaria y alegre. “Esto es Cholula”, alguien dijo.

Pero como el jazz también está hecho de pasiones humanas, justo cuando el silencio convocaba su reino, de entre un grupo de personas, quizá familiares, quizá amigos, se desprendió una sentencia: “envidio la naturalidad de la voz de esa mujer”. La espectacularidad sin aparente esfuerzo de Louise Phelan aún resonaba en los corazones. El jazz, esa manifestación del espíritu, dejó momentáneamente a Jazzatlán, soberano musical de San Pedro Cholula. Y eso fue todo.

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