Mis lecturas mexicanas 2015

Mis lecturas mexicanas 2015

Jaime Mesa

@jmesa77

Todo recuento tiene fisuras. A lo largo del año traté de apilar en mi mesa de trabajo los libros que me llegaban, que me regalaban sus autores o que compraba que se habían publicado en 2015. Así confiaba menos en mi memoria y más en el orden de aparición y lectura. Es curioso cómo se ve la literatura mexicana ahora respecto a los últimos años del siglo XX. Han pasado 16 años desde la publicación de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe parteaguas temático y formal. Hemos visto la continuidad de autores como Eduardo Antonio Parra, Cristina Rivera Garza, David Toscana, Isaí Moreno; el sólido crecimiento de autores nacidos en 1970 (la punta de lanza de la generación setentera) Alberto Chimal, David Miklos, Yuri Herrera, Juan José Rodríguez, Julián Herbert y Martín Solares, y revisado el nacimiento y consolidación de escritores como Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Emiliano Monge, Daniel Espartaco, y otros cien autores más. Quizá la noticia más interesante es que si en un principio, con los desplegados iniciales y textos sobre la nueva generación de escritores mexicanos se acusaba una ausencia del “tema mexicano” queriéndolo o no éste ha vuelto a ser el centro de nuestra literatura: Ortuño, Monge, Herbert y Yuri Herrera, entre otros, han vuelto a contar México a veces hasta con “j”. No hubo relevo. Los 15 autores de los setenta más importantes (no diré quiénes son pero todos sabemos sus nombres) se han colocado junto a los autores de los sesenta y los de las generaciones anteriores. Más que relevo, no hubo pelea ni desgaste, es un estar hombro con hombro. En este 2016 que comienza tenemos al más grande escritor mexicano vivo: Fernando del Paso. Me parece que es una temporada de buenos libros y que la escritura sigue allá en silencio y aparecerán más y mejores novelas y libros de cuento. Me parece que aunque cabalga aún la idea de Carlos Velázquez: “La narrativa mexicana ha estado dominada sobre todo por gente que escribe desde el norte… Sin embargo, el reconocimiento de la crítica se da en el centro”, las cosas se han emparejado y lo más vital ya no se ubica solamente en el norte o en la Ciudad de México. Existe una pluralidad interesante donde hay espacio para todos.

En medio de este contexto, y luego de que 2015 fue un año bastante interesante para mí en el que despedí de mi vida al reloj checador (triste dictador playero) y con eso gané más horas de lectura, pero que atraje hacia mí el cuidado de mi hijo, etcétera, acá presento algunos de los libros que leí y que me parecieron más representativos y que, además, me gustaron más. Advierto que algunos libros que me han gustado llegaron tarde, o no los pude conseguir a tiempo y por eso la escritura de sus reseñas no pudo lograrse. Estos libros, que considero deben revisarse, son: Los mataderos de la noche de Daniel Rodríguez Barrón, Conjunto vacío de Verónica Gerber, Viaje al fin de la memoria de Gastón García Marinozzi, No manden flores de Martín Solares, Todos los vientos de Erika Mergruen, Los atacantes de Alberto Chimal, Te vendo un perro de Juan Pablo Villalobos, Los últimos hijos de Antonio Ramos, La estirpe del silencio de Sandra Lorenzano y República de los lobos. Antología del cuento mexicano reciente de José Manuel García Gil (selección y prólogo).

 

La casa del dolor ajeno

Julián Herbert

Random House Mondadori

herbertMucha gente esperaba el siguiente libro de Julián Herbert. Luego del clímax apabullante de Canción de tumba (y los recuerdos de Cocaína (Manual de usuario)) las trincheras estaban llenas de lectores con hambre del mundo familiarmente trastocado de este autor. Y Herbert hizo lo que hacen los grandes: escribió el libro que se le antojó. Leí la primera página de esta novela y no me interesó. Aguardé un día y leí la segunda. “Ah, ahí está el propio Herbert (como personaje) de nuevo”, pensé. Pero ahora, si había una conciencia de dolor en Canción de tumba, acá la solidez de un pensamiento que era al mismo tiempo: historiador, periodista, narrador y Herbert (que ya es en sí mismo un género literario) me abrió las puertas a un tema del que yo no había escuchado y del que, por supuesto, no tenía ningún interés en escuchar jamás. Pero la información, vuelta enigma, vuelta literatura, vuelta inteligencia, ganó por puntos el combate. Lo que tenemos en La casa del dolor ajeno es un libro atípico en la literatura mexicana. O somos muy solemnes y hacemos un libro de historia, desoyendo las virtudes de la literatura, o somos muy campechanos, desoyendo el rigor de la historia. La curiosidad con este libro es que su ritmo da la (falsa) idea de que el autor está contando todo de primera mano, como algo que recuerda durante una charla y que suelta conforme estructura en su cabeza. Es una impresión equivocada, claro, porque la pulcra confección de la telaraña de datos apabulla y las más de las veces concluye y remata en sólidas sentencias literarias que dejan ver humor, conocimiento y, también, prueba de que Herbert es un autor maduro, el deslumbramiento por lo que va conociendo. Me interesa, además, lo que ha provocado en el medio literario. A veces aparece como novela, a veces como testimonio, a veces como investigación.  Y esto, también, se debe en parte al olfato como editor de Andrés Ramírez que tuvo el acierto de colocarlo en una colección de narrativa (recordemos que ese olfato lo llevó a poner un libro como Gumaro de Dios de Alejandro Almazán en la misma colección). Como experto jugador que conoce sus cartas, Julián Herbert ha escrito un libro que por sí mismo se deslinda de probables etiquetas. Sí, acaso en Estados Unidos habría sido puesto en la zona de la “Non Fiction” y mi alegre encuentro con La casa del dolor ajeno tiene que ver con que es de esos libros que podrían ser candidatos para el Pulitzer. La desvergüenza de ser o de poder ser todos los libros a la vez le da a esta nueva entrega de Herbert un aliento de todopoderoso que espanta. Es un libro (nótese que tampoco he dicho novela, no puedo aunque quiera) que cuenta una sola historia, en apariencia, de una sola zona del país, en apariencia, que se va expandiendo hasta rozar esa cima altísima de la identidad mexicana. Esto también somos, parece decir Julián Herbert. Es, creo yo, un autor serio dueño de una literatura insolente y molesta. En muy poco tiempo, Herbert se ha convertido en un autor necesario y buscado. Y creo que no por gusto, más bien porque su literatura es tan amplia que, como aceite, ha permeado casi todas las grietas del gusto de los lectores, la crítica y la academia. Sólo nótese, en privado, el tema de sus tres libros (de narrativa) más importantes: Cocaína, Canción de tumba y La casa del dolor ajeno. Creo que si en otros autores estos temas podrían ser meros alaridos, el do de pecho que ha lanzado Herbert proviene de la conjunción de dos, en apariencia, opuestos: la elegancia de una inteligencia diáfana y la rabia del agravio visceral.

 

Méjico

Antonio Ortuño

Océano / Hotel de las Letras

Méjico,  Antonio OrtuñoCon Antonio Ortuño, desde 2006, ha pasado de todo. Primero ese estruendoso y feroz presagio de lo nacional que fue El buscador de cabezas en donde vimos a un autor que expuso sus mejores armas que ha ido afilando y matizando; luego ese grito de guerra de una generación que es Recursos humanos; seguido de esa revisión de una realidad cercana que ficcionalizó hasta llevarla a un festival de cine en Marsella en Ánima; pasando por sus colecciones de cuento donde su pericia narrativa y su potencia a lo Balzac rivalizan; hasta terminar en La fila india, un poliédrico ajuste de cuentas con la realidad inmediata pero que regresa a su preocupación por lo social de su primera novela. Antonio Ortuño se ha convertido, por méritos propios, en el autor más sólido en cuanto a Obra (lo más importante) y carrera literaria se trata. Lo curioso es que no escribe desde ahí. La explosión atómica de sus dos recientes libros ha ocurrido en planos más o menos cercanos que ha sido como saltar de una cima mediática a otra. Pero Antonio Ortuño es literatura. Y, creo, Méjico, es la mejor muestra. En primer lugar: ¿a quién diablos se le ocurre refundar un país y pasar de México a Méjico? La implicación no es de corto plazo ni se queda al margen de lo literario. Si Tolstoi nombró a su magna novela Guerra y paz (no Una guerra y una paz), Ortuño despeja de la “x” al país en el que vive y lo dota de una “j” para dejar en claro dos cosas: que es su novela más rotunda y que la identidad es una de sus grandes preocupaciones. Entonces, desde esa posición, Ortuño presenta una novela que cuenta dos historias, dos planos principales y que de ahí va saltando en esas pequeñas zonas que son las esquinas del tiempo mexicano. Creo que además de las indagaciones identitarias, la soltura (tanta como un Velocirraptor puede tenerla) narrativa y el puñado de personajes, la belleza de esta novela recae en la estructura. Otra vez la pregunta eufórica: ¿a quién se le ocurre una novela con dos zonas temporales llenas de progresión dramática que directamente nunca se unen? Porque aquí hablamos de un realismo de la vieja escuela que si concibe reglas y personajes es riguroso en mantenerlos en su lugar sin mezclas fantásticas.

Hay otra característica que se vislumbra en esta novela que quizá no tenían las otras, su capacidad de insinuar más que mostrar. La trama está ahí y es clara pero los entrecruzamientos más de una vez nos hacen pensar que, más que un simbolismo ramplón, las aristas de la estructura esconden algo más. La trampa, para los lectores de Ortuño, es que con esta novela ha abierto la puerta del abismo. La ganancia, para los lectores de Ortuño, es que queda mucha pólvora en la bodega y que lo que venga será una bomba atómica.

 

La Giganta

Patricia Laurent Kullick

Tusquets Editores

LaurentLo que me gusta de Patricia Laurent Kullick es que a partir del tema despliega la forma. El lenguaje parece una propuesta de los personajes, de lo que ocurre y de por qué ocurre. Había esperado esta novela luego de la segunda lectura que hice de la excepcional El camino de Santiago (Conarte: 2000, Era: 2003) y la había esperado exagerando mis expectativas. La lectura de las 131 páginas fue como un mazo en la nuca. En los años recientes no había experimentado esa sensación salvo con Agota Kristof y su terrible Claus y Lucas. Y eso era: Patricia Laurent Kullick hizo en La Giganta una novela terrible y bella al mismo tiempo, uniendo dos polos que parecen opuestos y que luego de cada lamento (porque lo que ocurre en la novela es grave) genera, también, un suspiro. Un: “bueno, así es la vida de cualquier forma”. Me parece que no hay reconciliación en la obra de esta autora. La realidad se muestra salvaje y potencialmente natural. Es curioso el lente que eligió Laurent Kullick para trabajar este libro: el mismo que Rabelais: una suerte de exageración satírica, deforme, donde los monstruos conviven en un mundo que no los expulsa. Desde ahí, claro, atemperado por el siglo XXI, escarbando en la sutileza de la exageración (si en Rabelais los personajes sí se muestran haciendo cosas monstruosas, en Kullick se nota que son capaces pero no llegan al límite), construyó “un México con el ADN violentado que ahora está sentado alrededor de otra nostalgia”. Creo que la literatura, la verdadera, no es la representación de lo que ya existe. En este sentido, la literatura del norte (alguna) o la literatura del narco (casi toda) a la larga quedarán como instrumentos documentales para futuras generaciones pero que ahora no nos dicen casi nada más que el hecho en sí. Al contrario, Patricia Laurent Kullick crea un paisaje mexicano desmarcado de lo que “es” mexicano y, por ejemplo, extrae del ser norteño una particularidad: el afán directo del discurso, la ausencia del juicio, y su narrador va siguiendo con extraña naturalidad las acciones de una especie de Giganta Gargantúa nostálgica, enferma y poderosamente humana. En La Giganta nos reconocemos sin la necesidad de repetir “México ya llegó a su fin, México está muy mal, la violencia impera”. Esta novela a contracorriente de los temas que actualmente parecen funcionar, esta novela escrita sin afán de lograr lo bello (pero lográndolo), esta novela de la enfermedad que vive dentro de todos nosotros es un ejemplo de lo que el silencio y la escritura consiguen.

 

Campeón gabacho

Aura Xilonen

Random House Mondadori

XilonenLa autora, hay que decirlo de una vez para acabar con eso, actualmente tiene 19 años y escribió esto: “¿Acaso el puto amor es siempre una lluvia de espejos que nos devuelve el reflejo de nuestro vacío?”. Deslumbrante. La prueba de madurez son las 332 páginas en las que la autora contó la historia de Liborio, un tipo joven que se enamora, que trata de salir como puede de la circunstancia en donde lo puso su condición de migrante y que, además, Aura Xilonen, se sirvió de un riguroso entramado lingüístico para construir una atmósfera, y una oralidad que nos trae a cuenta a Ricardo Garibay y sus historias de boxeadores. Pocos debuts recuerdo tan asombrosos como éste. Confieso que leí las tres primeras páginas incrédulo, pensando que ahí debía existir algún error, que era imposible tanto poder literario, tanta imaginación en el lenguaje, tanta destreza en alguien tan joven. Pero después, luego de presentar más a fondo los personajes, de ajustar situaciones y de avanzar en la trama y encontrar el mismo sistema literario propuesto desde el principio entendí que era una novela posible y honesta. Entendí que esta novela no era fruto de una niña genio (que es lo que temía), más bien que era el trabajo inteligente y apasionado de alguien que corrió a través de la playa pero que no se cuidó de borrar por completo sus huellas. Estas huellas son algunos errores de construcción dramática que, al contrario de lo que pudiera pensarse, me hicieron notar realmente la relevancia de esta novela y admirar su honestidad.

Cuando terminé la novela no dije mucho. Me quedé a secas y mi principal interés fue descubrir o adentrarme en la conciencia de alguien que tan joven escribe algo así. Lo entendí en la Feria de Guadalajara durante la presentación del libro. Ahí, en unos minutos, Aura Xilonen contó que escribió la novela con las historias de su abuelo, el lenguaje era de su abuela y la atmósfera de orfandad y exilio de ella y su hermano que se quedaron atascados en Alemania cosa de dos años. Los ingredientes de Campeón gabacho eran posibles en una conciencia tan temprana. Esos ingredientes, entonces, eran los responsables de la soltura y carácter de una autora tan joven y, sobre todo, lo que me interesa ahora, habían creado una primera novela potentísima. A mi gusto, entonces, la segunda novela de Aura Xilonen debe ser, también, simbólicamente, el segundo capítulo de ésta. El recto total que termina el trabajo elegante que hizo la serie de jabs iniciales.

 

Memorias de un hombre nuevo

Daniel Espartaco Sánchez

Random House Mondadori

EspartacoParece que Daniel Espartaco cada vez necesita menos páginas para decir más. Las cien páginas que conforman esta novela son una flecha hacia el centro de la infancia y la nostalgia. La eterna obsesión de Espartaco: los recuerdos y, terriblemente, la insistencia que por más que queramos traerlos de vuelta no podremos hacerlo jamás. Daniel Espartaco se ha vuelto nuestro Proust, quizá, una síntesis de Proust. No hay en la narrativa de Espartaco un afán explícito de revivir el pasado, no. Por eso la nostalgia de Espartaco parece indolora. Estamos ante un orador que cuenta historias y cuyo gesto no atina a mostrar una sonrisa o el esbozo del llanto. Hay quietud en esta narrativa. Y sobre ella es que este autor sigue construyendo una Obra que, sin que sólo se importe a sí misma y, por eso, se vuelva endeble, usa un espejo en solitario para reproducir al infinito esa lucha inútil. En Espartaco hay un no hacer. Un no recordar abiertamente pero sus materiales son necesariamente lo que ya no existe. Hay, ahora se comprueba abiertamente, un Yo en Espartaco que delibera a solas durante mucho tiempo y que parece escindirse de su autor cuando se vuelve libro. Es por eso, creo yo, que todos los demás ejercicios de Espartaco (Gasolina, incluso Bisontes), que bordean esta nostalgia quieta, se han quedado al margen sin rascar de lleno en las mejores capacidades narrativas de uno de los autores más sólidos de la literatura mexicana que, suena a broma, parecería capaz de hacer cualquier cosa y, no obstante, se queda quieto en su habitación dándole vueltas a lo, en apariencia, mismo. Y esto último, me parece, es una gran proeza.

 

Tratado de las espirales

Víctor Roberto Carrancá

Atrasalante

CarrancaLos cuentos de Carrancá son como bromas siniestras, pequeñas tramas extraídas de episodios sueltos de La Dimensión Desconocida.

Hacía mucho tiempo que no me encontraba un autor con ideas excéntricas que tuviera una sólida capacidad narrativa. Lo común es lo otro: grandes (en apariencia) ideas, ideas raras o exóticas a la par de débiles intentos narrativos. Como si el autor hubiera gastado todas sus fuerzas en la concepción de la novedad fantástica y al llegar a la ejecución se desfondara. Lo que hay en Carrancá es contundencia. Si en su primer libro publicado por Ficticia, El espejo del Solitario, el autor jugó con lo fantástico sólo metiendo un miligramo excepcional en un contexto realista, acá, a través de los espirales del sueño y de la mente, las situaciones creadas dan cuenta de una posibilidad sólo existente en el mundo de este autor. El humor, como espada infernal, detalla una especie de carcajada maligna y malintencionada. Lo que trae en la cabeza Carrancá es la imposibilidad del realismo como postura de vida y la creencia realista en los sentidos dislocados. Al leer estos cuentos, el lector parece insomne y sonámbulo a la vez. La verdadera pesadilla, parece decir Carrancá, es este encierro moderno en el que, para beneplácito de Kafka, el sueño y lo real se mezclan en lo que ocurre todos los días. La de este autor es una literatura del enigma, del suspenso, del muy bien pensado arte de engañar que, cuando se trata de libros, se vuelve un delicado campo de perlas que el sueño de alguien más cultiva.

 

Chaleco antibalas

María Venegas

Literatura Random House

VenegasDesde hace tiempo en la literatura estadunidense está asentada una tendencia bastante interesante: escritores que a muy temprana edad han dejado sus países de origen y han crecido en Estados Unidos. Jeffrey Eugenides, Chang Rae-Lee y muchos otros. La mezcla de novelas norteamericanas con sangre griega o coreana hacen del “melting pot” una de las exquisiteces literarias. A esa corriente pertenece Chaleco antibalas de Maria Venegas, quien nació en Zacatecas y a los cuatro años se fue a Chicago y luego a New York pero quien no ha roto sus lazos mexicanos en todo este tiempo y quien escribió una dura y bella historia de su padre en esta novela. Venegas regresó año con año a convivir con su padre hasta que éste murió.

La razón de Chaleco antibalas que cuenta una historia familiar antes de que los Zetas llegaran a Zacatecas, que viaja de los suburbios de Chicago hasta New York pasando por el episodio del 11 de septiembre, las situaciones de una escritora hispana en EU, es ¿por qué su padre hizo lo que hizo? Si me apresuran, ¿por qué su padre le puso una pistola en la cabeza cuando era niña sólo para demostrarle a sus compañeros de parranda que ella era valiente? Esa indagación construye un fresco sobre lo mexicano, sus incendios sociales, relámpagos culturales y reconstruye un tiempo anterior donde a la par del escenario en el que los sabores, quizá por la distancia desde donde lo cuenta Venegas, parecen más frescos y más pronunciados, se descubre la relación entre una niña y su padre. Novela sobre la paternidad que aterriza en el medio literario mexicano como si hubiera sido concebida acá. De alguna forma, temáticamente, es un ajuste de cuentas con la figura del macho mexicano y un cierre de capítulo. La espectacularidad de esta novela, además, tiene que ver con que antes que nada cuenta una historia y son sus brazos y vertientes los temas y situaciones culturales.

 

Las tierras arrasadas

Emiliano Monge

Literatura Random House

MongeSi Daniel Sada hizo la ruptura en su literatura y dejó lo rural para irse a la ciudad, Emiliano Monge ha hecho lo contrario. En sus dos primeros libros, urbanos, parecía proponerse no salir de casa. Ahora, en sus dos recientes libros ha decidido salir de casa e irse al campo para no volver. Las tierras arrasadas, paradójicamente, puede leerse como una novela de amor. Pero más que pensar en Romeo y Julieta, tendríamos que pensar en un Bonnie y Clyde hipersalvaje. Si en su tercer libro, El cielo árido, Monge trabajó la idea del cacique, a lo Rulfo, y a través de la revisión de un personaje asistimos al quiebre de una comunidad en donde quedó asentado el retrato de una era, en el cuarto libro entramos de lleno al infierno y a uno de sus círculos novedosos en donde viven los protagonistas Epitafio y Estela. Sabemos que es muy difícil definir o resumir las grandes novelas. En este sentido, Las tierras arrasadas realmente qué es: ¿una novela de amor? ¿La reseña del infierno de los indocumentados? ¿La pieza que faltaba de la reconstrucción del panorama nacional? ¿Una reelaboración de la Divina Comedia? Emiliano Monge, un autor que fue excéntrico pero que con las dos últimas novelas ha ingresado a la tradición clásica de la literatura mexicana (donde están Yáñez, Gardea, Rulfo, Revueltas, Sada) para contar una historia en un tono bíblico con un lenguaje que descansa en el hipérbaton pero, sobre todo, en esa postura rulfiana de “fingir” una oralidad que, aunque es literaria, atraviesa las páginas como natural, como si siempre hubiera estado ahí. Este lenguaje, no sé, en apariencia embellece el mal. Y es por eso que en ciertos fragmentos avanzamos, quizá, sonriendo serenos ante la pretendida historia de amor. La construcción que utiliza Monge, usando elementos del periodismo como el testimonio, del coro griego, del Virgilio de Dante y de sus infiernos, omitiendo el Paraíso, claro está, dan cuenta de una de las novelas más ambiciosas de los últimos quince años en México. Repito: Emiliano Monge, sin conformarse con el perfil que hizo de un cacique, sin conformarse con atraer a su literatura una Era mexicana, revolvió la actualidad mexicana para darnos la menos tremendista de las obras sobre la migración, la más dura de las historias que nos cuentan los periódicos pero, también, la más expansiva prueba de que la literatura pone un lente entre el suceso y la sociedad a través de sus escritores y es ahí donde realmente podemos encontrarnos para trabajar las ideas que nos lleven a una posible respuesta. Las preguntas que va dejando Monge a lo largo de su novela, los enigmas inconclusos, son como un hacha que cae desde atrás y que te permite seguir hablando porque no sabes que estás muerto. Emiliano Monge ha inventado un México y, quizá, si la literatura cuaja, en cincuenta años no sabremos decir cuál es más verdadero.

 

Estática

Abril Posas

Editorial Paraíso Perdido

PosasA Abril Posas lo que parece aterrarle es la locura y el tedio de lo constante. “El infierno, se dijo, es todo lo que permanece estático, sin cambio, y se llena del polvo de los años mientras todo se desintegra. Excepto uno mismo.” De ella he leído dos o tres cuentos desperdigados en antologías, una novela inédita y este libro. En todos sus asuntos, la narradora no parece asombrada por la pesadilla del mundo pero sí por sus sutilezas. Posas, que escribe con una delicadeza de novela noir, no exhibe sus miedos de manera rotunda pero sí los insinúa o los hace pasar por los miedos de alguien más. Una escritora obsesiva que se interesa en la locura en tanto desdoblamiento y posibilidad de ser Otro sin despegarse de uno mismo y que enfrenta el tedio como al más temible dragón. Me gusta que sea tan elegante al escribir y que ponga dos imágenes donde alguien más pudo hacer seis. La pulcritud de su prosa se admirará más adelante en una novela y, creo, que sus obsesiones serán fantasmas enormes cuando, además de revisar ventana a ventana del edificio, se aleje un poco y empiece a contar al edificio todo. Lo que, además, me atrapa de Abril Posas es su capacidad de tratar lo mundano bajo la cualidad de bello y exquisito. En ella, los elementos que en otros podrían alcanzar débiles registros a lo Bukowski, alcanzan un aire a lo Carver que abrillanta el polvo. Posas es una autora madura que vive en un cuerpo de cinco cuentos que hablan de la paciencia y serenidad de su escritura: agasajo de los buenos escritores.

 

Anoche me soñé muerta

Edson Lechuga

Axial

LechugaEsta novela (no lo sabía) es la primera que intentó Edson Lechuga. La abandonó y prosiguió con los libros que ya le conocemos donde lo poético y lo mundano se unen en un afán de contar lo urbano: el terremoto del 85, los amores contrariados, el exilio, el arraigo a una azotea, la mugre del metro y la música que oímos a diario en las calles de las ciudades grandes. De ahí su propuesta para crear palabras uniendo dos o más a través de puntos: gotas.de.mercurio, etcétera. Lo que “ya no es” era uno de sus principales temas, la reiteración poética de lo perdido, del abandono, del no lugar. Con Anoche me soñé muerta, Edson Lechuga recupera su identidad inicial (repito: fue la primera novela que intentó pero la última en publicar) y vuelve a construirse, casi, desde cero. Yo estaba preparado para esta novela porque este año viajamos juntos a New York. En el transcurso, me contó sobre la muerte y funeral de su padre: ese arrebato de la naturaleza cuya eficacia estriba en destrozar tu mundo y refundarlo. Los ritos, la gente, la comida, el Otro, y la naturaleza estaban en ese relato. Eran cómplices de un discurso familiar y tan personal que contrastaba con el Edson Lechuga de sus siguientes trabajos, de su estancia en Barcelona, y de su exilio (ya luego veremos si voluntario o no) de su origen: Pahuatlán, pueblo hundido y bello del estado de Puebla. De una forma a la que ya no estamos acostumbrados, en esta novela Edson Lechuga se reconcilió con ese tema, en apariencia, ya superado en la literatura latinoamericana: la lucha (perdida) entre el hombre y la naturaleza. En Anoche me soñé muerta encontramos esa desesperanza que nos produce el “Se los tragó la selva” de José Eustasio Rivera que tenemos bastante olvidada desde la comodidad de las ciudades, de las ciudades que, también, había creado Edson Lechuga. En este autor hay una necesidad de querer creer en “algo más”, en lo cósmico, en lo mágico, que es, quizá, el único antídoto para el México que somos a raíz de Juan Rulfo. Esta novela es el Pahuatlán de Edson, y el Pahuatlán de Lechuga son sus muertos, sus desgracias, sus alegrías, su infancia y su vuelta. Esta novela hace una pausa en los efectos mexicanos y revisa las causas: lo que está allá en el pasado y que debido al vértigo moderno olvidamos como raíz de lo que ahora vivimos.

 

Pandora

Liliana V. Blum

Tusquets Editores

BlumLa de Pandora es una novela que funciona como una caja de galletas Ritz con relleno de queso americano: entre más comes más quieres seguir comiendo aunque ya no puedas más. Valga esta imagen como una exaltación de la cultura popular que también me gusta descubrir en Blum. La obsesión y el encuentro (¿amoroso?) entre dos opuestos despliega todos los afanes imaginativos de una autora a la que, merecidamente, este año le llegó toda la atención que venía cosechando con sus anteriores libros.

A Liliana Blum le gusta jugar con lo que está allá afuera, con lo que vemos, escuchamos, con un conocimiento de la cultura popular en la que estamos insertos y, así, extrañamente, aunque su tema es claramente algo exorbitante lo sentimos, ¿morbosamente?, conocido o deseable: queremos saber más todo el tiempo. El realismo apabullante de Blum contrasta con la ensoñación de sus personajes: la ficción no es lo que vemos, atisbamos una película muy bien montada, si no la reproducción de la realidad en las mentes, palabras y percepciones de sus personajes. Es por eso que Blum ejecuta una doble ficción: la aparente, que leemos, y la profunda, la que poco a poco van reventando sus personajes. La novela de Blum no trata de un tema que me guste ni que quiera que me guste. Hasta antes de leerla no me interesaban las relaciones entre un feeder y una feeding, más que, a lo mejor, en media hora de un programa de Discovery Channel. Pero la ternura salvaje de Pandora y la elegancia domesticada, y enferma, de Gerardo, me fueron convenciendo de la necesidad de seguirlos. Es una novela que gana por puntos pero que alcanza un gancho al hígado al término de cada round. Lo de Blum es oficio y obsesión: es decir: es una narradora que cumple lo que promete y, lo más importante, que no tiene miedo de contar lo que debe contar.

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