Nace La Morada: para las artes en extinción

Nace La Morada: para las artes en extinción

Juan Cruz, Pablo Medel y Gonzalo Escarpa │ Foto: Marlene Martínez.
Los poetas Juan Cruz, Pablo Medel y Gonzalo Escarpa │ Foto: Marlene Martínez.
Adrianísima

@theadrianisima

Heidegger, basado en un verso de Hölderlin (“Sólo poéticamente habita el hombre esta tierra”), decía que el hombre es el único ser que construye, habita y piensa el lugar de su morada. En ese sentido, mora.

Etimológicamente “morar” nos remite al latín morari, que significa retardarse, entretenerse, obrar con lentitud, así como permanecer y residir.

No es sorpresa que una casa que llevaba 19 años sin habitar, en una de las zonas más clásicas de Puebla, El Carmen, lleve el nombre La Morada. Al llegar a ella, sus nuevos moradores encontraron símbolos de ese llamado a permanecer y valorar al otro: una colección de pinturas realizadas por la última habitante, así como gruesas capas de polvo y una caja de zapatos llena de mechones de cabello de diferentes personas.

¿Qué pasa entonces si pones a tres poetas y un gato en esa casa? Gonzalo Escarpa, Juan Antonio Cruz, Pablo Medel y Max decidieron hacer de una simple mudanza y del hoy tan común coworking space, un espacio cultural inusitado.

“Qué aburrido iba a ser simplemente rentar un departamento. Somos gestores culturales, por eso sentimos que debíamos hacer algo más”, dice Juan Antonio Cruz.

La Morada es una declaración política en el sentido de que queremos cambiar el mundo, y si no se puede cambiar el mundo, cambiar por lo menos el vecindario

El concepto de La Morada es el de artistas con-viviendo juntos y aprendiendo uno del otro en una especie de Jardín Epicúreo moderno. Aquellos quienes decidan unirse como socios –moradores fijos– o como moradores temporales, se unirán también a un modo de pensar: el de renunciar al pronombre posesivo, dice Gonzalo Escarpa. “Uno de los objetivos de la casa es que esté permanentemente habitada y que viva del intercambio artístico y de conocimiento. Quienes vivan en ella o la visiten con algún proyecto aprenden de todos los demás, y todos gestionan todo. En ese sentido es una casa DIY, pues hay curaduría, diseño, música, arte que puede generar la misma comunidad”.

¿Es entonces un tipo de comuna hippie? Escarpa lo niega: “Tratar de equiparar nuestro concepto con el de una comuna es limitarlo. Primero, porque aquel concepto fracasó, y segundo, porque nuestra visión intenta trascender conceptos establecidos en la gestión cultural. Tenemos la ventaja de lo insólito, pues este tipo de propuesta no se había hecho en Puebla”.

La Piscifactoría

 La idea viene de lejos, en tiempo y espacio, pues está inspirada parcialmente en un proyecto que Escarpa tenía en España, llamado La Piscifactoría. Ésta funcionaba como un colectivo/laboratorio de creación itinerante, que realizaba talleres y actos artísticos en lugares no convencionales, además de que buscaba siempre ser un statement político, tal como lo busca La Morada.

“La Morada es una declaración política en el sentido de que queremos cambiar el mundo, y si no se puede cambiar el mundo, cambiar por lo menos el vecindario. Significa reapropiarse de espacios: generarlos –dice Escarpa, quien recuerda a Hakim Bey mientras continúa su explicación–. Para nosotros, el espacio es un elemento fundamental en la creación, pues de la calidad de los lugares depende la calidad de las ideas”.

En este sentido, La Morada busca ser zona de libre tránsito cultural para “las artes en extinción”, para quienes no tengan un espacio de ensayo, reunión, exposición, concierto, o simplemente no quieran apegarse a los lugares oficiales. Contempla desde renta tipo Airbnb hasta intercambio y residencias artísticos, pero La Morada, asegura aquel, “no persigue lujo. Como cualquier empresa busca ser autosustentable pero el dinero no es lo que nos importa. Estamos abiertos a propuestas que involucren intercambio de servicios, incluso trueque, cualquier forma alternativa al capitalismo. Sí, tenemos algo de anticapitalistas, pues el dinero o la falta del mismo impiden muchas veces la movilidad de los creadores. La Morada quiere dar hogar a esos proyectos que no tengan casa por evitar las vías habituales”.

“Todos somos del gato”
Foto: Cortesía La Morada.
Max │Foto: Cortesía La Morada.

 En La Morada cada espacio está protegido por un creador al llevar su nombre. Un par de elecciones parecen evidentes, como “Oficina Kafka”, “Jardín Whitman” o “Basurero Baudelaire”, aunque casos como el del “Baño Beckett”, el de la “Cochera Camille Claudel” quizá sean mejor explicados por su propio post de Facebook.

“Así, el llamar cada lugar con el nombre de esos creadores, tiene todo el misticismo de invocar sus espíritus”, dice Juan Antonio Cruz al desprender huellitas de pintura blanca que hizo Max en el suelo, mientras ellos preparaban la casa para la inauguración.

El lugar es, de hecho, pet friendly, y no sólo eso. Vivir ahí implica ser de Max quien, curiosamente comparte con el edificio una historia de abandono y rescate: Gonzalo lo encontró quemado y con la cola amputada. Por eso lo quieren tanto los moradores, y dicen con cierto orgullo: “Todos somos del gato”.

“Subvertir la obligada precariedad”

 “El proyecto significa para mí, no perder la ilusión. Hay veces que me siento sobreestimulado aquí en México, de un modo positivo, –dice Pablo, quien lleva poco más de dos meses en Puebla —. Hace unos meses había terminado una relación y, como era con ella con quien tenía mi proyecto musical, todo lo que me quedaba era la rutina. Impartir mi clase de literatura, volver a casa, escribir y después el mismo ciclo. Poco después, decidí partir, viajar. Entonces me descubrí un día en México, tan a gusto, que descubrí que no estaba de vacaciones: había encontrado un lugar donde la rutina se rompía, y podía quedarme: morar”.

Al final, dice Gonzalo, se trata de “subvertir la obligada precariedad. Nos venden como lo correcto el tener una casa, un auto, un empleo y no hablar con nadie: desconfiar. Por eso, La Morada implica también hacer terrorismo poético: cambiar el entorno y sus imposiciones con arte”.

Por supuesto, para un proyecto en el que hay dos españoles, quienes además son funcionarios públicos, La Morada es un reto. A Gonzalo han llegado a decirle “sé poeta o trabaja en el gobierno; no puedes hacer las dos cosas. ¿Por qué debería elegir una de las dos? Esa es una de las cosas que con la casa queremos cambiar: qué importa de dónde seas y en qué trabajes, mientras quieras compartir lo que haces. Queremos transmitir el mensaje de que compartir es bueno. Finalmente, hay una especie de selección natural: la gente se acerca sola, y se queda la idónea”.

¿Y por qué Puebla? “Puebla es criticada en otros estados; es un público difícil. Donde están los públicos difíciles, es donde estos proyectos deben crearse. Además, España está rota; no hay la unidad que, pese a su individualismo, tiene el mexicano”, explica Pablo. “Ese es el espíritu en el que confiamos”.

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La Morada se inaugura el viernes 27 de noviembre a las 9 PM. Entre los invitados están Los Santísimos Snorkels y Tate Klezmer Band. La entrada gratuita se descarga aquí.

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