Lo primero que distingue a Los Huesos son los brincos deslizantes de Roberto, aunque no todos bailan. Nada más unos cuatro o cinco, los demás se van ahí a parar, se emocionan cuando les mandan saludos desde la cabina. Van a hacerse famosos, dice El Huesos, a que los saluden, a que los conozca la banda 

Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

¿Quiénes son esos que se deslizan entre las pisadas y la noche, los que atraviesan los sonidos, los que recorren el asfalto sucio con sus pies que vuelan, los que hipnotizan y se apoderan de todo el baile y son parte de la música?

En la rueda nace el baile. Una parte bulle y brota de las bocinas que replican la voz de Miguel Martínez, el Increíble Sonido Samurái, y la parte viva, cambiante, que se expande, son Los Huesos. El baile es de Los Huesos. La rueda es el centro de ebullición de los brincos y las vueltas que se desvanecen entre el humo y las luces de colores, los giros, los pies. Roberto es la médula del grupo de baile, él, quien inició todo sin saber que siendo un punk de 13 años terminaría como el alma del sonido, como el incansable bailarín y que 23 años después se convertiría en el líder de la Huesomanía.

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Roberto es el dueño de la noche. Al fin de cuentas es El Huesos original, El Huesos 1. Porque está flaco, o porque así siempre le han dicho desde que era pequeño y trabajaba en el mercado. Sus dos hermanos fueron Huesos 2 y 3, y después se les acercaban los chavos y les decían, “oye, yo quiero ser huesos, cómo le hago”.

Ahora la banda es muy diferente. La banda, su banda, su grupo, su clika o como cada quien quiera llamarlo. Ya no son de peleas, ahora son de bailar. Él lleva como 20 años cotorreando, “desde los 15 por ahí”, ahora tiene 36 y sigue saliendo desde el jueves hasta el domingo, y si el evento lo amerita también el miércoles.

“Yo siempre he tenido ese concepto de llegar y bailar, de mucha amistad”, dice  Roberto Flores, El Huesos. Es delgado, tiene tatuajes, el rostro afilado y la mirada siempre alegre. En el taller de hojalatería donde trabaja se escucha al fondo la cumbia, dice que hoy no hay internet pero si hubiera estarían escuchando al Samurái, como siempre. Es muy sociable: aunque no conozca a los chavos les habla, los saluda, “vénganse a bailar”. Está acostumbrado a que le digan que baila muy bien, que siempre pone el ambiente en todos lados. Pero el camino para ser El Huesos de La Huesomanía, de los “Ké papasitos de la cumbia”, incluye peleas, golpes y temporadas en el autoexilio, sin bailar.

***Vivía junto a San Baltazar Campeche, junta auxiliar de donde es Miguel Martínez, el Increíble Sonido Samurái, en la ciudad de Puebla. Roberto y sus hermanos empezaron a ir siempre a sus bailes, incluso cuando uno de ellos se casó, el Samurái tocó en la boda. La banda de Roberto se llamaba “Intrépidos Forever”, y desde el micrófono del sonidero empezaron a mandarle saludos.

“Ahí empezamos a jalar, empezamos ahí por el baile. Pero así como empezamos a tener fama, empezamos a tener problemas. Eran corretizas, eran madrazos, igual no nos dejábamos”.

Un tiempo dejó de bailar. El más largo, seis meses, porque lo “picaron” en el centro. Lo apuñalaron en el estómago y en la ingle, después de que a su hermano ya lo habían apuñalado antes una vez y estuvo un mes sin caminar, en cama. Con lo de su hermano iba a los bailes pero solo, con uno o dos chavos. Dejó de estar en el sur de la ciudad y se fue hacia el centro, pero aun así tenía problemas.

Su esposa le decía que pensara bien las cosas. Le costó mucho levantarse, y ya en ese momento los problemas eran “de que picabas, y fuga”. Entonces un tiempo El Huesos se dedicó a su trabajo y a sus hijas –ahora tiene tres, una de 18, otra de 15 y la más pequeña de 3–. Dos años pasaron para que fuera a un baile a la Capu y le mandaron saludos. A Los Huesos 1, 2 y 3, los hermanos.

Desde ahí la vida de Roberto dio un giro marcado hacia el baile. Empezó a ir a Cholula y ahí fue cuando le enseñaron una nueva manera de bailar: Alexa, un travesti de la colonia Romero Vargas, famosa porque baila muy bien. En ese momento Roberto se empezó a soltar. “Sí bailaba, pero no como ahora de que brincos, así rápido y con vueltas”.

Siguió yendo a los bailes del lado de Cholula y los pueblos cercanos a la zona del volcán. Después ya se regresó al Centro, a los salones de baile. Se fijaba cómo bailaban los demás, dice que se paraba “como menso” –y se ríe–, a ver a  la gente. “Así anduve como otro año… Sí, otro año, dos años. Ya tiene como diez años, como diez que ya empecé yo a bailar, a soltarme. Ahí ya nomás era puro pinche baile, llegar y hacer las ruedas”. Y pasaron más años para que El Huesos fuera sólo baile y rueda, que no hubiera peleas ni problemas.

Desde hace tres o cuatro años Roberto se convirtió en un bailarín de tiempo completo además de seguir siendo el líder de Los Huesos.

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Los Huesos también son los creadores del famoso “Yep yep yep”, el sonido que le cantan a Miguel Martínez, el Samurái, para animar las fiestas. En la pista de baile, cuando hacen la rueda, todos alzan una mano y gritan yep, yep, yep. Roberto empezó a hacer eso con su carácter festivo, para animar los bailes. Después en un evento en el  barrio del Carmen en el centro histórico de Puebla, donde tocó el Samurái, le pidieron que les dedicara una canción. Les puso la de “El niño de la selva”, y ahí desde el micrófono dentro de la cabina retumbó el Yep, Yep, Yep. El mismo lema que se lee en la parte de atrás de las playeras de todos Los Huesos, que tienen el número de cada integrante de la banda y dice también “Ké papacitos de la cumbia”.

Hace mucho, entre 2000 y 2010, cuenta Roberto sentado sobre una pila de periódicos en el taller de hojalatería donde trabaja, fueron a un salón de baile en la Avenida Juárez con su hermano, y escucharon a los “Ay papacitos de la Salsa”, un grupo salsero de baile. Y pensó que se oía chido. Hace mucho tiempo en las bandas de Puebla todo empezaba con “qué”, recuerda: “chicas qué sabor”, “qué payasos”, “qué pelusos”… “Y le digo a mi carnal, sabes qué pedo, vamos a ponernos los Ké papacitos de la cumbia”.

En otros lugares ya se ha difundido su fama. En Texcoco, en el Salón Ángeles del Distrito Federal, en bailes en Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí. A Roberto eso le gusta. “Hasta ahorita me sigue gustando, disfruto a donde voy, conozco mucha gente, me invitan a varios lados, a bailar, a sus casas, a fiestas, a todo.”

El baile de Roberto, lo que lo caracteriza, empezó cuando Alexa le enseñó a bailar, y después bailaba con otros hombres. Antes, dice, le daba temor bailar con gays. Cuando bailaba con Alexa ella se vestía de mujer entonces no le daba pena, pero después empezaron a ir chicos vestidos de hombres. Le daba un poquito de pena pero con el tiempo se fue soltando; dice que es más fácil bailar con hombres, que agarran más rápido el paso, se acomodan mejor, van más rápido, se equivocan menos. Roberto dice que a muchas chavas se les dificulta, están un poco duras y cuando les da una vuelta se equivocan. Pero con los hombres es diferente, “ellos mismos te dicen, no hazle así, tal. Me acomodo más con ellos. Ahí no te equivocas, y ellos mismos te hacen que luzcas tú al bailar, tus pasos”.

En los bailes sonideros es común que hombres bailen con hombres.

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Todas las noches son de Los Huesos. La banda dejó de ser de peleas, se alejó de las golpizas, del ambiente de ver a otra banda y abalanzarse sin pensarlo, de estarse correteando y también defendiéndose. Después de que dos de los tres primeros Huesos –Roberto y sus dos hermanos– fueran golpeados y apuñalados, algo cambió. A los chavos que se les acercan y les preguntan si ellos son Los Huesos y que quieren ser parte de la banda, les leen las cartas. El Huesos dice que las reglas son que todos sean tranquilos, que no quieren ni tienen problemas con nadie, “nomás queremos ir a cotorrear”. Que siempre estén con ellos, que lleguen juntos a los bailes, que estén en las ruedas, que nadie se abra. Así empezaron a bautizar a otros miembros de La Huesomanía, como a unos ocho de Puebla y a otros de San Martín Texmelucan, Tehuacán y Huejotzingo.

Llegar hasta ahí les ha costado. Madrizas y billete, dice Roberto, porque a cada baile que va uno se hasta que 100, que 200 pesos. El 24 de enero de 2015 hicieron una fiesta de aniversario con sonidos donde regalaron playeras y dieron reconocimientos.

Lo primero que distingue a Los Huesos son los brincos deslizantes de Roberto, aunque no todos bailan. Nada más unos cuatro o cinco, los demás se van ahí a parar, se emocionan cuando les mandan saludos desde la cabina. Van a hacerse famosos, dice El Huesos, a que los saluden, a que los conozca la banda. Pero llegar a un baile y pararse en medio de una rueda, a pesar de tantos años, no es tan fácil para Roberto. “Te pones nervioso, pero luego se me olvida y digo, voy a bailar”. Cuando son los bailes más grandes el miedo es también mayor, pero cuando empieza a mover las piernas eso no existe.

¿Y te imaginas sin ir a bailar? La respuesta es inmediata. Roberto sonríe. “No, no podría”.

Periodista en constante formación, interesada en cobertura de Derechos Humanos y movimientos sociales.

Reportera de día, raver de noche.

Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014.

Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014

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