El miedo a distinguir, la renuncia a pensar

El miedo a distinguir, la renuncia a pensar

Martín López Calva

@M_lopezcalva

En esta semana de receso de Lado B y la que le precedió, tuve oportunidad de vivir dos experiencias en ámbitos totalmente distintos que me dejaron pensando mucho porque en ambas descubrí un rasgo que veo cada vez más presente en nuestra época de dictadura de la corrección política, se trata del miedo a distinguir y clasificar por la falsa creencia de que distinguir es excluir o que clasificar implica necesariamente discriminar.

Dado que distinguir y clasificar son habilidades propias de la inteligencia humana relacionadas con el pensamiento crítico, me parece claro que hay un enorme riesgo de que el miedo a distinguir se convierta en una renuncia a pensar. Trataré de explicarme.

1.-“Formar parte de la sociedad es un fastidio, pero estar excluido de ella es una tragedia”. Oscar Wilde.

La primera experiencia que quiero relatar es la de un panel interesantísimo sobre inclusión educativa en el que participaron dos investigadoras expertas y un doctorando destacado, que desde tres ópticas distintas pero convergentes abordaron aspectos de la visión de educación inclusiva que hoy es tan necesario promover en el mundo del siglo XXI que de manera esperanzadora empieza a darse cuenta de que todos los seres humanos merecemos un trato igual y condiciones para desarrollarnos al máximo posible en la medida de nuestras capacidades, talentos, limitaciones y esfuerzo.

El panel, repito, fue muy rico y las tres participaciones tuvieron un excelente nivel. Sin embargo en todas y en el breve espacio de diálogo posterior con el público se hizo evidente este miedo a distinguir como sinónimo de excluir que puede verse en el siguiente video sobre las etiquetas que asigna la Psiquiatría y que fue presentado en el panel

En este video se habla en contra de las etiquetas que los psiquiatras asignan a personas por tener determinados padecimientos y las personas que son etiquetadas se rebelan frente a esta clasificación, pero se auto asignan a su vez, otras etiquetas. La pregunta aquí sería: ¿El hecho de diagnosticar –que implica distinguir el conjunto de síntomas de un paciente y clasificarlo en determinado campo de padecimientos- para dar un tratamiento a alguien implica etiquetarlo o más bien lo que habría que evitar sería etiquetar a la persona a partir de este diagnóstico pensando que es una persona que queda totalmente definida y determinada por su padecimiento? ¿Es posible atender a una persona con cierto padecimiento psiquiátrico sin distinguir y clasificar su padecimiento? ¿Es deseable decir que una persona es sólo una persona y no tiene autismo, depresión, ansiedad, etc.? ¿Esto le ayuda a vivir mejor?

Por otra parte, ante la etiqueta de artista, activista, deportista, etc. que se autoasignan los protagonistas del video podemos preguntarnos si estas etiquetas, aunque sean asignadas por la misma persona no son también negativas. ¿Una persona que se dedica al arte se puede definir completa y exclusivamente por ser artista? ¿No está limitándolo esta definición? Y más allá de esto: ¿Es posible en la vida humana no auto etiquetarnos y etiquetar a otros, en el sentido de asignarles cierta identidad distinta a la de los demás? ¿Es necesariamente negativo esto o lo negativo es ver a la persona solamente por las etiquetas y cerrarse a su comprensión como ser humano complejo y completo?

Como bien dijo una de las asistentes al panel al final, el problema no está en la distinción o el diagnóstico ni es deseable negar una realidad ante cualquier tipo de padecimiento o discapacidad; el problema está en determinar a la persona por este padecimiento o discapacidad y discriminarla y excluirla de la dinámica social por ella. El problema está también en que a veces, las definiciones que acompañan a estas distinciones son en sí mismas discriminatorias y excluyentes como la que muestra el video que encontramos aquí y que también fue presentado en el panel al que hago alusión.


Para entender los fenómenos y para comprender la diversidad humana es necesario distinguir, pero resulta imprescindible educar en la cultura de que distinguir no es discriminar o excluir.

2.-“Dos excesos: excluir la razón, no admitir más que la razón”. Blaise Pascal.

La segunda experiencia tiene que ver con dos casos contrastantes que se difundieron en los medios y tuvieron un impacto muy distinto en las redes sociales. Se trata por un lado del caso de maltrato animal que se dio en una sucursal de la tienda +Kota en la ciudad de Pachuca y por otra parte del incendio del asilo Hermoso atardecer en Mexicali, en el que perdieron la vida diecisiete ancianos; incendio que por los resultados preliminares de las investigaciones se afirma que pudo haber sido intencional.

El caso de maltrato animal por empleados de esta tienda contó con imágenes explícitas de la crueldad con la que estas personas trataban a los animales y se hizo viral en muy poco tiempo, causando escándalo e indignación entre los cibernautas, feisbukeros y tuiteros, mientras que el del asilo que fue solamente difundido con notas escritas –aunque apareció un video tomado desde fuera del asilo posteriormente- no tuvo por mucho el mismo eco en las redes sociales.

Hubo personas que manifestaron su extrañeza y criticaron el hecho de que un caso en el que se maltrataba a algunos animales causara tal rechazo social y otro en el que murieron seres humanos indefensos no causara la misma reacción. Estas manifestaciones fueron respondidas por varios usuarios de las redes de los llamados “animalistas” que se indignaron por el simple hecho de que existieran estos señalamientos y se preguntaron: ¿Por qué debe valer más una vida humana que la vida de un animal?

Esta reacción, desde mi punto de vista, manifiesta también este miedo a la distinción que domina nuestro espacio de opinión pública tan sometida a lo políticamente correcto. ¿Por qué debe valer más una vida humana que la de un león, un elefante, un perro? Era la pregunta de varios animalistas. Desde una visión humanista compleja la respuesta es relativamente sencilla: porque el ser humano es capaz de hacerse esta pregunta y un animal no.

En efecto, la vida de un ser humano vale más que la de un animal porque el ser humano es un ser que estructuralmente vive una doble condición: la condición de arraigo a la naturaleza y al cosmos que lo hace estar íntima e irrenunciablemente ligado a la naturaleza y compartir su destino; y la condición de desarraigo por la consciencia, característica exclusivamente humana, que lo hace tomar distancia de la naturaleza y del cosmos y le da el carácter de ser libre.

Esta doble condición implica un  compromiso complejo que Morin formula como un “doble pilotaje”: por la condición de arraigo a la naturaleza, el ser humano está obligado a obedecer la vida, es decir, a conocer y respetar las leyes de la naturaleza –que implican por cierto, la jerarquía dentro de la biodiversidad y el respeto a la cadena trófica-, esto nos obliga a no maltratar a los animales ni a ningún otro ser vivo, a no contaminar, a cuidad los recursos y la energía planetarias, etc. buscando siempre los equilibrios. Por otra parte, por la condición de desarraigo de la naturaleza que nos hace conscientes y libres, los seres humanos tenemos que guiar la vida, el segundo pilotaje que implica la responsabilidad consciente de conocer la naturaleza e innovar para optimizar los recursos y dirigir los procesos naturales y vitales en beneficio de la naturaleza y del proyecto de humanización de la humanidad. No es posible renunciar al pilotaje de obediencia a la vida porque la naturaleza tiene sus propios dinamismos y procesos que no podemos violentar si queremos sobrevivir, pero tampoco podemos renunciar al pilotaje que nos pide guiar la vida, porque como seres conscientes tenemos una mayor responsabilidad, una responsabilidad consciente de conducir a la vida hacia su plena realización.

De manera que renunciar a la falsa visión del “humanismo antropocéntrico que destinaba al hombre como único sujeto en un mundo de objetos, a la conquista de este mundo…” aún a costa de la naturaleza, no implica caer en la falta de distinción y en una falsa igualdad de la especie humana con respecto a las demás especies renunciando a nuestra capacidad de pensar conscientemente y renunciando con ello a nuestra plena responsabilidad con el planeta.

El problema no es entonces la falta de distinción sino la interpretación equivocada de esta distinción que ha llevado a la humanidad a cometer un verdadero ecocidio.

Estos son dos ejemplos del miedo a distinguir que nos está llevando a la renuncia a pensar, al menos a pensar críticamente. La salida a la discriminación, exclusión y maltrato a los demás seres humanos y a los animales no está en la renuncia a distinguir, sino en el refuerzo de esta capacidad de pensamiento crítico que a partir de buenas distinciones nos lleve a deliberaciones responsables sobre las consecuencias de los distintos cursos de acción para comprometernos con acciones cotidianas de tolerancia y respeto a los demás y a lo demás.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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