Hace dos años comenzó a reportear la crónica “Un Halcón frente a la cámara” con el propósito de incursionar en este género. Para su realización fueron consultadas una veintena de fuentes, la mayor parte se realizaron dentro del Centro de Internamiento Especializado Para Adolescentes (CIEPA), donde sólo obtuvo acceso de manera encubierta, por lo cual se omiten nombres y cargos de las personas que ayudaron con la recopilación de entrevistas, a razón de proteger sus fuentes. Con este texto, Magaly fue seleccionada como una de las finalistas en la cuarta edición del concurso Nuevas Plumas, premio organizado por la Escuela de Periodismo Portátil y la Universidad de Guadalajara.

 

Magaly Herrera López

@MagalyHerrera

I

El viento, en el mes de octubre, sopla con fuerza en las rectas calles del centro de la ciudad de Puebla, pero dentro de las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) el aire está muerto: nada agita los numerosos y pesados legajos que atestan los escritorios, los expedientes que apenas distraen a los funcionarios de la rutina y el tedio. Robos a transeúntes, desvalijamiento de automóviles, crímenes mezquinos que se facturan a cuenta de los criminales de cualquier otro estado, y se acumulan, se olvidan  se empolvan.

Es octubre de 2011 y el aire ruge afuera de la Procuraduría. Una noticia, un rumor terrible llega al despacho del director de la PGJ, José Luis Galán bajo la figura de un policía uniformado que arriba como arrastrado por el viento: un homicidio que puede ser “visto mientras sucede”, el asesinato de unas mujeres grabado en video.

José Luis Galán vacila al escuchar la historia. Las preguntas se tropiezan en su mente pero el policía no puede decirle más. El rumor se esparce en la Procuraduría. Una llamada anónima afirma poseer el video y estar dispuesta a entregarlo. Por morbo más que por el cumplimiento del deber, los judiciales acuden a la cita programada por el anónimo colaborador y en el sitio indicado encuentran un chip de teléfono marca Nokia.

Tuvieron que pasar más de diez días para que pudieran ver el contenido del dispositivo pues la PGJ no contaba con el equipo necesario para decodificar aquel chip de manufactura descontinuada. Incluso solicitaron apoyo a la Policía Cibernética del Distrito Federal. Mientras los peritos trataban de volver útil aquella reliquia tecnológica, el chip languideció en un sobre color mostaza.

El video recuperado era breve y contundente. Aún así, hizo que los agentes dudaran de su veracidad. Podía tratarse de un fragmento de una película de terror, una escenificación dramática producto del ocio de algún bromista, o, llanamente, de la peor posibilidad: el registro de un asesinato. A primera vista, Galán, escéptico, rechazó la hipótesis del homicidio. Al ver el video por segunda ocasión, después de un silencio prolongado, ya no estuvo tan seguro.

Galán es robusto, de estatura media. Cuando habla sobre lo que vio en el video traga saliva y junta sus labios en una mueca que le dificulta el habla. Distrae la mirada hacia un rincón del sitio en el que charlamos, como si en ese rincón estuviera reproduciéndose hasta el cansancio la imagen del homicidio de una mujer y sus dos pequeñas hijas.

–Son escenas que no olvidas, que las llevas ahí para toda la vida. No sabíamos si lo que contenía ese video era real, cuál era su antigüedad y quiénes eran las personas que ahí aparecían.

De pronto no puede seguir hablando; se frota los antebrazos para apaciguar sus escalofríos.

–Apenas lo recuerdo y me pongo mal.

¿Cuántas veces tuvo que ver Galán el video? ¿Cuántas veces lo miraron una veintena de agentes de su dependencia, para hallar pistas que esclarecieran el crimen? No supo decirlo; no alcanzó a contarlas. Lo cierto es que cada uno de ellos tuvo que recibir terapia psicológica para lidiar con el trauma.

Mientras intento convencer a Galán de que me permita tener acceso al video, pienso si también yo necesitaré acudir a tratamiento psicológico después de verlo.

 

II

Cuatro meses antes, el 12 de junio de 2011, Alan viaja a bordo de un taxi rumbo a San Antonio de Suárez, un pueblo ubicado a 20 kilómetros de la ciudad de Puebla; un lugar en donde la arena se asemeja a la harina y donde el calor tuesta los cristales de la tierra como en la superficie de un comal. Es casi mediodía: Alan sabe que en una hora, cuando al fin lleguen al sitio planeado, él ya no será el mismo. Que en una hora se transformará en “El Halcón”, ese ser supremo que emergió de su imaginación a los quince años y que cada día se manifiesta con mayor frecuencia.

Falta poco más de un mes para que Alan cumpla la mayoría de edad, pero apenas se le nota: siempre ha lucido mayor de lo que es. A bordo del taxi viaja también Irma, su mujer, y las dos hijas de ella, Abril de cuatro años y Brisa de seis, a quienes Alan les ha prometido un día de campo. También los acompañan Socorro Prado, sinaloense de 47 años, apodada “la Güera”, y “El Chino”, un muchacho que apena cumplió los diecisiete: ambos son compañeros de trabajo de Alan, guardias de seguridad privada en la populosa unidad habitacional Agua Santa, al sur de la ciudad de Puebla.

Alan le ordena al taxista detenerse a la orilla de un río que atraviesa la carretera y le regatea los 200 pesos que pretende cobrarles por el viaje. Tras discutir le pide a Irma que le preste el dinero para pagar, con la promesa de devolvérselo tan pronto lleguen a la cabaña del amigo en donde se llevará a cabo el día del campo. El taxi se marcha y el grupo avanza bajo los rayos del sol, sobre un camino empedrado, lleno de arbustos secos con espinas, hasta internarse en un sendero de argamasa que parece no tener fin. Después de una hora de caminata, Alan distingue un riachuelo que le anuncia que están ya cerca del sitio en donde “El Halcón” ejecutará el plan que desde hace mucho tiempo ha venido maquinando.

–¿Ya viste, comandante? –dice La Güera, interrumpiendo el crujir hipnótico que desde hace rato Alan escucha bajo sus pies–. Hasta la tierra tiembla.

Alan se sacude el trance. Por un momento mira hacia su pecho, hacia la mochila negra que lleva desde que inició la marcha, sin recordar lo que contiene.

–Hasta la naturaleza tiene miedo y se está muriendo ahorita mismo –continúa La Güera.

–¿Por qué?

–Porque ya llegó el Diablo –dice ella.

Alan la observa con desconcierto.

–¡Mira al suelo!

La mirada de Alan se resbala hasta las hojas secas que cubren la tierra; encuentra coleópteros agonizantes, hormigas que se escabullen entre las piedras a ritmo marcial. Siente cómo se hincha por dentro, cómo el corazón le palpita. Una mecha se enciende en su cabeza: “El Halcón” que, invencible, busca imponerse para dominar todo lo que esté a su alcance.

Alan siente que ya no es él. La náusea le acomete. Se inclina para abrir la mochila y sacar el par de guantes de vinil negro que “El halcón” compró, con la llegada de este día en la mente. Los observa mientras su otro yo desliza las manos dentro de ellos.

–Llegó el momento –gruñe.

El Chino saca su celular y comienza a grabarle con la cámara.

Alan se viste de Halcón: se saca las ropas encima y se pone el pantalón, la sudadera, la gabardina  y las botas que lleva dentro de la mochila: todas prendas negras. Por entre los huecos de la máscara de calavera con que se ha cubierto la cara puede ver cómo La Güera se abalanza sobre Irma. Abril y Brisa lloran ante el espectáculo de esa mujer regordeta zarandeando el menudo cuerpo de su madre sobre las rocas filosas.

Por un segundo Alan vuelve en sí; por un segundo tiene el valor y la voluntad de sacudirse al ave rapaz y exigirle a gritos a La Güera que deje de golpear a Irma. Pero ese segundo pasa rápido y su mente emprende el vuelo hasta otro sitio. “El Halcón” saca unas tijeras de la mochila y se dirige hacia su presa. Arrastra a Irma hacia la cavidad del barranco, tira hacia atrás de su coleta y le levanta la cabeza. Le ordena que mire hacia la cámara.

–¿Tienes miedo? –le pregunta.

La sonrisa de su máscara parece una media luna.

 

III

Aquí también en las oficinas de la Procuraduría es casi mediodía. Estoy sola frente a una computadora obsoleta, entristecida por el uso. Supongo que en la Fiscalía de Puebla la tecnología y la procuración de justicia tienen en común el letargo.

Esperé cerca de doce horas para ver el video. El mismo que le fue negado a decenas de reporteros, incluyéndome. Este es mi séptimo intento ante autoridades y vías extraoficiales.

–Aquí está lo que buscas –susurra casi en mi oído un oficinista, mientras introduce un VCD en la computadora.

Me coloco los audífonos y bebo de golpe lo que resta de la lata de Coca-Cola que me regalaron durante la espera. Clavo la vista en la pantalla. Mi primera impresión es que se han equivocado de video pues lo primero que escucho es el sonido de las producciones de la 20th Century Fox. Pero la posterior aparición de un hombre enmascarado, vestido de negro, me confirma que no: el que veo es el mismo archivo que traumatizó a los agentes encargado de investigarlo.

El_Halcon_Noficcion

–¿Tienes miedo? –dice el enmascarado.

La sonrisa de la máscara parece una media luna.

Está montado sobre una mujer que yace sobre un riachuelo.

–¿A qué juegas, Alan? –responde ella, pálida, la voz frágil.

–No, no juego, me gusta sentir tu miedo.

El enmascarado mira a la cámara mientras manipula la cabeza de Irma. Le pide que cierre los ojos. Al fondo se escuchan los berridos de Brisa y Abril, más o menos cerca de su madre; su intensidad refleja su angustia. El hombre lleva las tijeras contra los párpados de la mujer y los corta en dos movimientos precisos, uno por cada ojo.

Del rostro de ella corren lágrimas de un rojo espeso, tal y como su verdugo confesará después haberlo visto en una película. Lleno de excitación, el hombre arroja las tijeras, extrae una hoz del bolso de su gabardina y encaja el filo de la herramienta en la garganta de Irma. Con un movimiento firme que va de izquierda a derecha le abre el cuello en canal y luego la deja desangrarse en el agua. Durante cuarenta segundos la cámara la observa convulsionarse. El riachuelo se pinta de carmesí.

–¡Pásame a la niña! –grita el encapuchado. Convertido en Halcón, Alan lucirá más alto que el metro con sesenta centímetros que en realidad poseé. El disfraz cae liso y pesado como un lienzo hasta sus pantorrillas. El atuendo completo le vuelve imponente: la gabardina tiene estoperoles, la sudadera negra lleva una capucha con la que cubre su cabeza. Permanece de pie, las piernas abiertas a cada lado del riachuelo para esquivar el agua roja que corre hacia él. Como nadie le obedece, avanza hasta el lugar en donde Abril, la niña más pequeña, se ovilló para llorar el degollamiento de su madre. La pone delante suyo y la exhibe ante la cámara del celular que ahora sostiene La Güera. El Halcón se inclina hacia delante para acercar su sonrisa enorme, estática, a la carita desaborida de Abril. Con esa misma sonrisa macabra le corta el cuello de un solo tajo. Los ojos de la pequeña se abren y posan su última mirada en la lente; lanza un estertor. La mano del asesino, forrada en el guante que aprieta la hoz, deja a la vista un brazalete: aquella, lo sé bien, es la única pista con la que contará la policía de Puebla para dar con el enmascarado.

Permanezco en silencio antes de reproducir una vez más el videoclip. Después apunto en mi libreta algunos datos mientras trago saliva sabor cobre. Permanezco un buen rato con los ojos cerrados.

 

IV

Cuando José Luis Galán informó a sus superiores del video del hombre disfrazado de calavera que degollaba a una niña se integró un equipo de investigación especialmente dedicado al que, meses después, sería conocido como “El caso del Halcón”.

–Lo vimos muchas veces, por segmentos. También sacamos las proporciones entre el victimario y su víctima, e hicimos una búsqueda sin mostrar el video. Sacamos un perfil del victimario, por su edad y su estatura porque no teníamos más información –explicó.

Del video se extrajo una impresión del rostro de Abril: no sabían nada de ella, sólo suponían, por su playerita gastada, mal estampada con animalitos de caricatura, que provenía de una familia humilde. Con la imagen rastrearon la base de datos de niños desaparecidos; la compararon con las listas de estados vecinos, pero no había noticia alguna de una menos desaparecida con sus características.

Guiados por la intuición, los policías distribuyeron copias del retrato de Abril en colonias populares de la ciudad de Puebla como La Resurección, San Baltazar, San Bartolo, Agua Santa. Sabían que hallar la identidad de una niña de escasos recursos resultaba complicado en una ciudad como Puebla, capital del tercer estado más pobre de México, pero no cejaron. Los agentes recorrieron a pie durante varios días las colonias de la periferia, hasta que una mujer reconoció a Abril como la compañera de colegio de su hija; una niña que llevaba cuatro meses sin asistir a clases porque, decían las murmuraciones vecinales, su madre y su padrastro se la habían llevado quién sabe a dónde ni por qué razón. La Policía engarzó pistas hasta dar con el abuelo de la niña desaparecida, un hombre que, desde hacía cuatro meses, aguardaba el regreso de su hija y nietas con una veladora prendida en una mesita del comedor de su casa.

El padre de Irma conocía el rumor de que su hija se había ido vivir con su novio Alan Emmanuel Aparicio Pérez, un guardia de seguridad privada al que apodaban “Halcón”, y que se había llevado a las niñas con ella. Pero también presentía que algo malo les había pasado. Quizás por ello improvisó algo parecido a un altar en el comedor: como si de alguna forma intuyera que el deseo de volver a ver a su familia sólo se le concedería por intervención divina. Sobre la pared pegó tres fotografías donde Brisa, con un vestido rosa que resalta su tez oscura, luce serena, mientras que Abril, en la imagen inferior, esboza un gesto parecido al de una sonrisa, vestida con un peto rojo que estrenó especialmente para la imagen de recuerdo. En una fotografía contigua posa la madre de las niñas, Irma: una mujer de rostro terso y limpio, poseedora a sus 26 años de una belleza sutil. La línea menuda que dibuja con lápiz café claro sus cejas resalta la profundidad de unos ojos almendrados. En esta imagen, Irma ve de frente y sonríe. En esta imagen, Irma se ve feliz.

 

V

A las dos de la tarde todo ha terminado. Alan contempla a sus víctimas un largo rato. Antes de marcharse, las despoja de sus ropas y las arrastra fuera del riachuelo a lo largo de unos veinte metros. Sobre la tierra desnuda, coloca los cuerpos en hilera. Su plan es que los animales las devoren: las fauces de algún coyote desaparecerán la evidencia de lo que ha hecho; las aves carroñeras se pelearán por arrancarles trozos a esos cuerpos tendidos que ahora son una imagen para su memoria y su ego.

Alan, “La Güera” y “El Chino” vuelven por el sendero de escarabajos; atraviesan el terraplén desértico para llegar a la orilla de la carretera y abordan, extenuados, el autobús de transporte público que los regresa a la ciudad de Puebla. A las 19 horas cada quien toma su propio camino. Alan carga su disfraz de calavera, oculto dentro de la mochila. Aguarda el amanecer con ansiedad, la hora en la que tendrá que aprestarse a acudir a trabajar como guardia de seguridad en la unidad habitacional Agua Santa.

Siente una urgencia por encontrarse con “El Lobo” y contarle lo que hizo para ganar el aprecio y la admiración de quien considera “su ídolo y todo su mundo”, su maestro, su guía: el hombre que ha tomado por modelo y al que le ha copiado no sólo el peinado de corte militar sino los tatuajes que adornan sus brazos –la calavera, el ojo, el escorpión–, y al que no sólo quiere impresionar sino vencer en su propio juego. Quizás si Alan le cuenta que mató otra vez y que lo grabó, el Lobo –quien en realidad se llama José de Jesús Lima Pérez, también empleado como guardia de seguridad en Agua Santa– sabrá que las horas que dedicó a entrenarlo en artes marciales y defensa personal, todas esas sesiones salvajes durante las cuáles se golpearon y lanzaron sillones los unos a otros hasta quebrarse los huesos para demostrar quién aguantaba más el dolor, sirvieron de algo. Quiere que El Lobo reconozca su jerarquía dentro de la banda que han formado junto con La Güera, El Chino, José Francisco Castrejón “El Monky”, y Eric Coyotzi,“La Pantera”. Que El Lobo le diga que es un hombre poderoso. Que “El Halcón” es ahora el más fuerte de toda la banda.

 

VI

Una fotografía que Irma dejó en un cajón de su casa muestra a Alan con el mismo brazalete que el hombre de la máscara de calavera luce en el video. Antes de ordenar su captura, las entrevistas que realiza la policía revelan el nombre de Socorro Pardo, La Güera, a la que llevan a declarar. Sobándose los puños con nerviosismo, La Güera les dirá que el asesino de Irma, Brisa y Abril “pudo ser su compañero El Halcón”.

A Alan lo detienen cerca de Agua Santa mientras caminaba, ágil a pesar de los solventes inhalados, vestido de jeans y sudadera y con el disfraz de calavera en la mochila. Los policías lo someten sin esfuerzo. Confesó que dentro de su cuerpo vivía un ser llamado “El Halcón” y que este ente le había secuestrado y usado para realizar los asesinatos.

“La manera de matarlas la saqué de una película” les explicó Alan. –Me gustan las películas un poco sádicas. Había visto varias para ver cómo quería que fuera. Necesitaba ver sangre y sangre vi.

Los policías que lo aprehendieron no pudieron contener su repudio y odio –cuántas veces no debieron ver aquel video– y dentro de los separos lo tundieron a macanazos y golpes. Meses más tarde, esa golpiza propinada por policías sirvió para que Alan pueda negociar una disminución de su pena a cambio de no denunciarla.

Y mientras Alan era castigado por su crueldad, oficiales armados llegaban a su guarida: un departamento ubicado en el quinto piso del edificio F de Agua Santa. El Chino, que vivía con él,  les abrió la puerta y los dejó ingresar: los agentes, en una solo fila y a paso recio, se encajaron como lanza dentro del reducido apartamento pero el olor a animal muerto los hizo recular asqueados para cubrirse la nariz y la boca antes de proseguir la inspección.

El lugar era un caos. Las camas estaban revueltas en trapos viejos y la mesa cubierta de basura, sobras de comida que parecían estar ahí desde hacía semanas. Detrás de los sillones rotos encontraron dos ratas muertas, y sepultado entre andrajos, el teléfono celular marca Nokia con el que se grabó el homicidio. Los agentes además hallaron cinco archivos en una computadora donde aparecían fragmentos del video en el que Alan  degollaba a Irma y a sus hijas; uno de ellos era una edición amateur de diez minutos, musicalizada con death metal, en el que aparecían fragmentos del triple homicidio, y de otro crimen más que Alan realizó dos años atrás, a la edad de quince años, en complicidad con “El Lobo”: la mutilación del cadáver de quien fuera identificado como Juan Conrado yace tendido en el suelo, con un puñal clavado en el pecho. Alan graba el video mientras intenta cortarle la lengua al cuerpo, mientras murmura, entre risas: “a ver, marica, ‘ora sí: habla”. Alguien en segundo plano le celebra los chistes: es Jesús Lima, “El Lobo”, concluyen los investigadores.

 

VII

Alan tenía 5 años cuando su madre lo abandonó. “Algún día esa pinche vieja se va a acordar de mí”, le dijo a los psicólogos de la PGJ, cuando fue arrestado. A los siete años, intentó ahogar a su primo en un tambo con agua, por burlarse del oficio de su padre: pugilista de lucha libre. A partir de entonces, sus abuelos vieron por él; cada mañana hasta que cumplió nueve años lo reprendían severamente porque su vejiga lo traicionaba y su cama amanecía mojada y él sólo pensaba en quemar cosas para aprender a estar consigo mismo. En la pubertad, sus abuelos trataron de “enderezar su camino” inscribiéndolo a un curso intensivo sobre eucaristía donde lo invistieron con los ropajes solemnes de acólito, pero se cansó de predicar a otros adolescentes el respeto que él nunca tuvo. A los 15 años ya abusaba de las drogas y el alcohol y se fue de la casa para vivir en concubinato con una mujer que poco después lo abandonó. Ese mismo año mató a Juan Conrado; estaba harto de que el anciano lo toqueteara para cobrarle el favor de recomendarlo como vigilante. En ese empleo, conoció al Lobo y a su banda. Tenía 17 cuando degolló a Irma, Brisa y Abril, y 18 cuando ingresó al penal de San Miguel de la ciudad de Puebla. Ahí permaneció un año y medio hasta que se demostró que era menor de edad cuando cometió sus crímenes y fue trasladado en agosto de 2013 a una cárcel de menores infractores que ilustra sus muros exteriores con animales de caricatura. El 20 de julio de 2014, Alan cumplió 21 años.

Mientras que a La Güera le impusieron 50 años de presidio por haber sido cómplice de Alan, la Ley de Justicia para Adolescentes del Estado de Puebla dicta que un menor no puede recibir una sentencia superior a 7 años de prisión. Cobijado por este alegato, y ayudado involuntariamente por los policías que lo golpearon durante su detención, Alan purga una condena de 6 años y 10 meses que no contempla el homicidio de Juan Conrado. El Chino corrió la misma suerte.

“El Halcón” aún permanece en su cabeza: sólo que ahora ya no es un asesino sino un justiciero. El padre de las niñas y ex pareja de Irma, confesó a su psicólogo, le pagó para que se deshiciera de ellas, para que “salvara al mundo de una mujer infiel y de sus hijas”. Esta versión fue desechada por la PGJ como una mentira, una de las tantas que suele contar Alan, como la de que es amigo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, de los Beltrán Leyva y de cualquier otro narco cuyo nombre se mencione en la televisión.

–Es peor que todo esos juntos –dice el celador que lo cuida de día y noche.

Entre la población del reclusorio, niños casi todos, sus delitos son leyenda: “Alan es una calavera que ríe cuando se refleja en el agua, como en aquel riachuelo en donde asesinó a las niñas”, o “Alan lo graba todo, puede elegir a cualquiera, posar a su cámara y grabarlos mientras hunde una hoz en sus cuellos”. Le tienen más miedo a él que a otros adolescentes reclutados por los Zetas y encarcelados en el mismo centro por secuestrar y matar a decenas de personas.

Existe la sospecha de que Alan padece de doble personalidad, pero no hay un diagnóstico médico que lo certifique. La defensoría pública aún espera los estudios médicos y neurológicos para conocer si hay alguna alteración mental detrás de su conducta. En los últimos doce años, sólo se sabe de un registro clínico de un caso de múltiple personalidad en el este centro de internamiento para adolescentes.

Los primeros estudios de personalidad y comportamiento que le hicieron a Alan indican que el móvil del crimen fue un impulso de odio hacia Irma como réplica del deseo de aniquilar a su madre: “cuando asesinó a Irma, en su subconsciente mató a su madre; en las niñas vio reflejada su infancia y se aniquiló a sí mismo. Fue una especie de suicidio para aniquilar su pasado”, dice el informe. El último diagnóstico señala que ha mostrado mejoría desde que ingresó al reclusorio. Al principio, se creyó condenado a cadena perpetua y rechazó el tratamiento psicológico, pero ahora que sabe que sólo le quedan cuatro años ha mejorado su conducta: obedece órdenes y ha pedido estar aislado en una celda vigilada las 24 horas. “Comienza a expresar un poco de arrepentimiento de lo que hizo porque se encuentra preso, pero jamás menciona a las víctimas”, explica su psicólogo en el informe más reciente, pero los directivos del reclusorio tienen otra opinión: que Alan no ha cambiado y sólo engaña a su psicólogo. “Ya le agarró el modo al doctor y le dice lo que quiere escuchar. Lo cree tonto y por eso ha pedido no verlo más, quiere otro psicólogo a su altura”.

Al saberlo internado en prisión, su madre volvió. Hoy es la única visita familiar que recibe de vez en cuando. Los médicos esperan que a través de ella pueda darse la rehabilitación del chico, pues es la única persona por la que Alan expresa un poco de preocupación.

–A ella no quiero que la molesten –dice, cuando le mencionan que alguien debe asumir el pago de la indemnización a las víctimas que ordenó al juez.

El reporte, sin embargo, indica que su posible reincidencia al delito es alta. Alan lo sabe y por eso “todo lo hace bien”, para salir pronto y contraatacar. Le han colocado en su celda una banca escolar desde donde lo contemplo: pulcro en sus ropas nuevas, con la barba acicalada y la cara plagada de cicatrices de acné. Lo miro inclinado sobre la banca, leyendo y estudiando, o quizás imaginando que es libre en un lugar donde nada –ni el paracetamol al que es alérgico ni el recuerdo del abandono de su madre– puede hacerle daño. Un lugar donde “El Halcón” pueda volar libre.

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