Una familia donde sólo la más pequeña es ciudadana estadounidense. Sus padres y hermanos mayores están en peligro inminente de deportación. Pero la chica no quiere volver al desconocido México. Así era la vida de esta familia en 2013, cuando se escribió el texto, y así se mantiene hasta ahora para miles de familias mixtas en Estados Unidos. Un drama que se resume en la frase cotidiana de la jovencita, cuando enfrenta la certeza de seguir a padres y hermanos al país de origen: “¿Y yo por qué?”.

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Fotos: Eileen Truax.
Eileen Truax | En el camino

@periodistasapie

En el hogar de la familia Romero, a los hijos se les educó enseñándoles que los todos eran iguales. A los tres se les inculcó el cariño y el respeto por sus mayores, el orgullo por el país de origen de la familia, México, y el amor por Estados Unidos, la patria que los ha recibido y en donde han vivido durante los últimos 18 años. Pero en el fondo, todos saben que hay algo que los hace diferentes: mientras Cynthia, la menor, es ciudadana estadounidense, Steve y Noemí, los mayores, se encuentran en este país sin documentos.

De los tres hermanos, Noemí, de 21 años, fue la primera en darse cuenta de lo que representaba esta diferencia, tal vez por ser la mayor. Cuando tenía quince años sus amigas de la escuela empezaron a hacer su examen para obtener una licencia de manejo, y Noemí preguntó a sus padres por qué ella no podía obtener una. María, su madre, le explicó cuál era su situación y las razones por las cuales en los años posteriores le estaría negado el acceso a algunas cosas más.

La advertencia se materializó cuando Noemí dijo que quería seguir estudiando: las escuelas le abrían las puertas, pero cuando decía que no contaba con un número de Seguro Social, se le cerraban automáticamente. Entonces entendió que de los tres hermanos, la educación era un privilegio del que gozaría solo Cynthia, quien hoy cuenta con 13 años.

–Es mucha la tensión que se vive –explica María Gómez, madre de los Romero, quien al igual que su marido se encuentra en Estados Unidos sin documentos. Originarios del estado de Tabasco, los padres y sus dos hijos mayores, Noemí entonces de tres años de edad, y Steve de uno, llegaron a vivir a la ciudad de Glendale, Arizona, en 1995. Cinco años más tarde nació Cynthia.

–Cuando fueron creciendo, sabían –dice María sobre la situación indocumentada de sus hijos mayores.– Se les dijo que había razones por las cuales no podíamos ir a México; bueno, podíamos ir, pero cómo regresábamos. No lo entendieron muy bien al principio, pero lo aceptaron.

Los niños Romero fueron a la escuela y como cualquier otro niño de este país crecieron con la identidad estadounidense. Pero cuando arribaron a la vida adulta, la diferencia entre tener documentos y no tenerlos empezó a cobrar una cuota en la estabilidad familiar.

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Niños ciudadanos estadounidenses marchan el 1 de mayo de 2008 en Los Angeles en apoyo a una reforma migratoria que beneficie a las familias con padres indocumentados.
Familias de dos mundos

En los últimos años, el número de niños nacidos en Estados Unidos cuyos padres son inmigrantes indocumentados se ha elevado, haciendo que a su vez crezca el número de familias que enfrenta algún tipo de tensión en casa por el estatus migratorio mixto de sus integrantes. Mientras los hijos mayores, como en el caso de Noemí y Steve, carecen de documentos a pesar de haber llegado al país a muy corta edad, los hijos menores suelen ser ciudadanos estadounidenses.

Un estudio de Pew Research Center indica que a finales de la década pasada, de 5.5 millones de niños cuyos padres son inmigrantes indocumentados, al menos cuatro millones, es decir, el 73%, nacieron en Estados Unidos. Entre aquellos menores de seis años, el porcentaje sube hasta el 91%.

Se estima que en todo el país existen 8.8 millones de personas que viven en una familia cuyos integrantes tienen un estatus migratorio mixto. 3.8 millones son padres que carecen de documentos, y medio millón son niños que, aunque han crecido aquí, también carecen de ellos.

Se estima que en todo el país existen 8.8 millones de personas que viven en una familia cuyos integrantes tienen un estatus migratorio mixto. 3.8 millones son padres que carecen de documentos, y medio millón son niños que, aunque han crecido aquí, también carecen de ellos. Los restantes cuatro millones y medio son niños que viven todos los días bajo los beneficios que les otorga el haber nacido en Estados Unidos –o en algunos casos, ser inmigrantes pero contar con documentos para estar legalmente en el país–, pero con la constante presencia de la frustración en casa por las oportunidades negadas a otros miembros de la familia. A esto se suma el temor de que en cualquier momento alguno de ellos, incluidos los padres, puede ser detenido y deportado, alterando así la estabilidad con la que tendrían que vivir estos menores en su propio país.

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En busca de la reunificación familiar. Parque de la Amistad, Playas de Tijuana.

Esa es la situación de Cynthia. Desde que era pequeña, a la menor de los Romero le ha tocado ser un puente entre los miembros indocumentados de su familia y el resto de la sociedad. Como suele ocurrir estas familias, Cynthia tiene como principal idioma el inglés pero entiende perfectamente el español porque es la lengua en la que se comunican sus padres. Esto le ha dado un rol en el proceso de comunicación familiar. Aunque durante una conversación con ella las preguntas se formulan en inglés, ella responde a todo en español en un acto de cortesía con su madre, quien se encuentra presente.

–Yo le ayudo a mi mamá, por ejemplo cuando va a depositar dinero, o cuando vamos con el abogado que no habla español Yo también quiero ser abogada, para ayudar a nuestros… –duda un momento, encuentra la palabra adecuada en español– …para ayudar a la comunidad.

Aunque aún faltan muchos años para que la joven Cynthia defina a qué se dedicará el resto de su vida, su visión actual está influenciada por la realidad que le tocó vivir en los años recientes. En 2010 María, su mamá, fue detenida llevada primero a la prisión Estrella, bajo la jurisdicción del sheriff del condado de Maricopa, Joe Arpaio, y después al Centro de Detención de Florence. En total estuvo presa cuatro semanas.

A María le fue iniciado un proceso de deportación que ha estado en curso en una corte de inmigración. Debido a esto, María no podrá beneficiarse del programa de Acción Diferida conocido como DAPA, anunciado por el presidente Barack Obama en noviembre de 2014, que da protección temporal a los padres de niños que son ciudadanos estadounidense; la medida excluye a quienes tienen antecedentes penales o una orden de deportación. El abogado de María se lo dijo desde el inicio en un gesto de completa claridad: el proceso de deportación toma años en concretarse y esto sirve para ganar tiempo, pero si la última fecha programada en la corte no se posterga, este 2015 María será deportada.

–Desde entonces, y hasta hoy, Cynthia piensa qué va a pasar cuando llegue ese momento, porque ella no se quiere ir a México –explica María.– Las semanas que yo no estuve fueron muy duras para ella. Yo le digo que piense positivo, que algo bueno va a salir de aquí a ese momento, para que no se mortifique, porque es muy nerviosa. Pero luego vino lo de Noemí, y eso empeoró todo.

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Dreamers deportados o repatriados en México y reunidos en Tijuana se preparan para entregarse en la garita que conecta con San Diego, California, para pedir asilo político en Estados Unidos, donde crecieron y están sus familias. 2014
Sin alternativa

Noemí tenía 20 años, 17 de ellos viviendo en Estados Unidos, cuando el 15 de junio de 2012 Obama anunció la implementación del programa de Acción Diferida DACA, el antecedente de DAPA. DACA es una iniciativa creada para proteger temporalmente a los jóvenes que, como Noemí, carecen de documentos. Bajo DACA, estos chicos reciben un número de Seguro Social y un permiso de trabajo temporal; aunque esto no resuelve su situación migratoria, sí les da acceso a una vida regular y los protege de la deportación por un periodo inicial de dos años, que en 2014 fue renovado por otros dos.

Esto fueron excelentes noticias para Noemí, quien descubrió que cumplía con todos los requisitos. El problema llegó al momento de iniciar el trámite: la joven necesitaba 465 dólares para presentar la solicitud, pero no contaba con ellos y no tenía un permiso de trabajo.

Decidida a buscar una solución para reunir el dinero, consiguió un empleo como cajera en una tienda de autoservicio utilizando un nombre falso y ganando $7.65 por hora. Noemí tenía apenas unas semanas trabajando en el lugar, cuando una redada la puso tras las rejas del Centro de Detención de Eloy, bajo la amenaza de deportación.

–Fue terrible. Pensaba cómo le estarían haciendo en mi casa, si el único que trabaja es mi papá, para mantener a la familia, pagar la renta, las cuentas, y además los abogados para sacarme –recuerda Noemí.– Pensé en mi hermano, que algún día también le iba a tocar que lo agarran. O a mi papá, que también es indocumentado. Y pensaba en Cynthia, ¿qué va a pasar con ella si nos regresan a todos a México?

–Lo que pasó con Noemí fue muy desesperante –recuerda María sobre los cerca de cuatro meses que su hija estuvo en detención.– No sabíamos si la íbamos a poder sacar; íbamos con abogados, Cynthia me ayudaba con el inglés, y estaba la incertidumbre para todos, porque si la deportaban yo no iba a dejar que ella estuviera sola en México.

Gracias a la intervención de la organización Puente Arizona, con sede en Phoenix, Noemí pudo salir; sin embargo ahora su situación ha empeorado. Irónicamente, como se declaró culpable del uso de un nombre falso para trabajar y reunir dinero para solicitar el DACA, ahora cuenta con un antecedente penal que justamente la excluye de los beneficios de este programa, así como de una posible reforma migratoria o de la ley Dream Act para quienes ingresaron al país siendo menores de quince años.

–Yo ya no tengo alternativa –dice Noemí con una mirada de profunda tristeza.

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Laredo Texas. Activistas y simpatizantes realizan un evento en apoyo de los Dreamers deportados que buscan regresar a Estados Unidos a reunirse con sus familias mediante la solicitud de asilo político.
“¿Y yo por qué?”

Ante la contundencia de su caso, una de las preocupaciones de Noemí es que una eventual mudanza de la familia cerraría las puertas a Cynthia para recibir la educación a la que ni ella ni su hermano, han podido acceder por la falta de documentos.

-No se me hace justo que ella que es nacida aquí, con todos los derechos que tiene un ciudadano, se tenga que ir con nosotros solo porque no podemos estar aquí legales. A veces yo sí siento algo al saber que yo no tengo esos privilegios, y que hay gente que está aquí y que teniéndolos, no los sabe aprovechar. Yo sólo quiero que mi hermana… –aquí hace una pausa, por primera vez en la conversación le gana el llanto– …sepa valorar lo que ella sí tiene, lo que mi hermano y yo no podemos hacer. Que ella lo haga por nosotros.

Cuando Cynthia no está presente, María expresa con mayor soltura su preocupación por la situación que enfrenta su familia.

–En casa hablamos claramente del asunto, porque mi proceso vence en 2015; luego tuvimos lo de Noemí, y a mi esposo en cualquier momento también lo podrían detener, como a cualquiera de nosotros ¿Y qué hacemos? Yo no puedo separarme de ninguno de los tres, o nos vamos todos o nos quedamos todos. Cynthia se pone rebelde y me dice: “¿Y yo por qué, mamá?”. Ella dice que no se va y no se va. Pero entonces, ¿qué hacemos? Es una batalla que tenemos ahora en casa.

María considera que en la medida en que Cynthia vaya madurando, la situación puede complicarse aún más.

–Yo he pensado que vamos a necesitar apoyo psicológico para Cynthia. Yo le digo que no piense tanto, porque hay días en que se la pasa diciéndome: “Oye, pero yo no me voy a ir, yo que voy a ir a hacer allá” refiriéndose a México. Yo sé que es injusto no solo para ella sino para los tres, porque mis otros dos hijos prácticamente también son de aquí. A veces el sentimiento de culpa nos da a su papá y a mí, especialmente cuando Noemí estaba en la cárcel… un remordimiento al saber que mi hija estaba encerrada por habérmela traído, por no medir las consecuencias de venir a un lugar en el que no nos quieren.

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La familia Romero.

Después de lo ocurrido con su hermana, Cynthia decidió que quiere ser abogada, como todos esos con los que ella tuvo que hablar para sacar de prisión a su hermana. Y entre todas las frases que escuchó, hay una que elige cuando se le pregunta qué siente al ser la única en casa con documentos.

–Tener papeles es un privilegio.

Este artículo fue realizado en 2013 con el apoyo del Institute for Justice and Journalism (IJJ)

Este texto  forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations.


 

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