El baile del sonido

El baile del sonido

Click, un escena marcada por las luces y el beat tropical sonidero queda atrapada en la memoria digital de la lente. Click, dos manos se toman entre sí. Click, una pierna se eleva, otra se mantiene firme en el piso, el beat machacoso se mete el piel. Click. Un cuerpo suda. Click. Otro más allá también. Click. La crónica gráfica de un noche en Los Gallos. 

Foto: Marlene Martínez | Pies de foto: Aranzazú Ayala

 

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Foto: Marlene Martínez

Entre el humo hay destellos de colores. Sólo se escucha el bajo de la cumbia. Un reflejo, un tamborazo y un pie. Todo es difuso, las piernas se mueven hacia adelante, pisando el suelo de cemento. Brincos y brincos.

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Foto: Marlene Martínez
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Foto: Marlene Martínez

Las parejas se toman sólo con una mano. Acá no se puede decir que el varón lleve el ritmo, porque es común que hombres bailen con hombres. De hecho, son los que mejor bailan la cumbia sonidera, sin detener la cadencia que sale de sus piernas furiosa entre cada uno de los golpeteos del compás de la cumbia, entrecortados por los saludos que manda el Sonidero desde su cabina.

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Foto: Marlene Martínez

El baile es una plancha oscura que poco a poco se baña de luces. Plaza los Gallos es un lugar enorme, “majestuoso”, lo describen en la publicidad de muchos eventos. El 14 de febrero, día del amor y la amistad, se hace uno de los bailes más grandes y masivos de Puebla, organizado por Producciones Vázquez. Al del año pasado, en 2014, llegaron 12 mil personas a bailar.

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Foto: Marlene Martínez

Las pisadas son muy fuertes, las zancadas son largas. Recuerdan a los danzantes, los que bailan música prehispánica en un trance con tambores y cascabeles. Cuando los bailadores sonideros se mueven, hacen como si caminaran hacia adelante para hincarse pero se quedan a medias, presionando con todo el muslo hacia el frente y luego brincan. Los pies vuelan, rozando apenas el suelo, y los dos danzantes saltan, un espejo perfecto.

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Foto: Marlene Martínez

Los pies se cruzan por delante del cuerpo y luego por detrás, sin descanso. La cadera apenas se mueve sola, todo es controlado por la cintura, casi estática, dueña del movimiento de las piernas.

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Foto: Marlene Martínez

Mientras más tarde es, los círculos en torno a los bailarines se van reduciendo. La gente se va acomodando involuntariamente alrededor de los que bailan. Los espectadores se vuelven una muralla de ojos, el lugar hasta el frente es codiciado y peleado a empujones y muecas: estar adelante es dejarse embrujar con el trance de ritmo de los bailarines de cumbia.

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Foto: Marlene Martínez

Cada que alguien quiere bailar da un paso al frente, entra a la periferia del círculo y no pierde de vista la mano del bailarín que va guiando a su pareja. En un momento se detienen los saltos y el que lidera se sale, regresando a la muralla. Los dos bailarines que quedan dan, frente a frente, un par de pasos, una vuelta, moviendo las manos que marcan el paso, y en cuanto se coordinan caminando hacia el mismo lado, se toman la mano o la cintura y comienzan otra vez a girar. El paso se marca también un poco con los hombros y los brazos, dos movimientos hacia un lado o dos hacia el otro, o en compases de cuatro, más rápido, sin detenerse, mezclándose entre las voces y las luces.

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Foto: Marlene Martínez

Primero se mueve el pie, subiendo el ritmo hacia la cadera, girándola a la izquierda. El pie dura dos compases, pum, pum, sin regresar al suelo, zigzagueando, y luego se intercambia con el siguiente. Las espaldas se agachan un poco y la vista está fija a los pies del compañero, para moverse al mismo lado. Otros tienen la mirada perdida entre la gente: al estar en medio del círculo es imposible no sentirse observado, además de que el espacio para el baile se va reduciendo conforme las miles de personas que entran a Plaza los Gallos llegan y se apretujan.

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Foto: Marlene Martínez

El humo, la luz, la pisada. Las caras concentradas, las sonrisas de los demás, los otros que gritan “Yep, yep, yep”, los que aplauden. Quienes se quedan con los danzantes se olvidan por unos momentos de los Sonideros, DJs de cumbia con espectáculos de luz y sonido que además mandan saludos, dejan de lado la histeria de escuchar su nombre, de mostrarle una cartulina al que está dentro de la cabina.

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Foto: Marlene Martínez

Los tambores de la cumbia se convierten un trance casi obsesivo, en una necesidad de mover los pies y encuadrarse en los ritmos sonideros. Mientras más oscura es la noche, brillan más las pisadas de tenis y tacones entre el humo y las luces de la pista de baile, que siempre será la calle.

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