Sixto Valencia, un hombre famoso y elegante

Sixto Valencia, un hombre famoso y elegante

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Durante el pasado 2º Encuentro de Autores de Cómic realizado en la comicteca de la Biblioteca Central de la BUAP se presentó Sixto Valencia, dibujante de Memín Pinguín. Aquí una breve crónica de la visita de un hombre de otra época

Mely Arellano

@melyarel

Es una sala amplísima con vidrios en lugar de paredes. Afuera está nublado. De un lado hay un montón de anaqueles llenos de comics y del otro, seis hileras de sillas. Alrededor, mesas: puestos que ofrecen diversidad de revistas y artículos, como postales o stickers de personajes con o sin máscara, con o sin súper poderes.

En la sala hay sobre todo jóvenes de apariencia universitaria, pero también muchachos quizás de prepa o secundaria, incluso tres o cuatro niños y al menos una docena de adultos. A las 2 en punto entra un hombre de alguna época más elegante: lleva traje, corbata y sombrero café –con pluma verde. No es alto ni bajo. Es delgado, con abultadas bolsas bajo unos ojos pequeños de mirada nostálgica, el pelo blanco, el bigote entrecano y las cejas oscuras.

El hombre de alguna época más elegante se sabe reconocido. La gente lo mira. Él camina hacia el frente, las sillas se ocupan, hay quienes no alcanzan lugares y permanecen de pie. Alguien lo presenta. Le aplauden. El hombre sonríe y mira el dibujo que lo hizo famoso: es un niño negro, orejón y bembudo que se llama Memín Penguín, y a quien considera su hijo.

El hombre de alguna época más elegante es Sixto Valencia.

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Sixto Valencia dibujó por primera vez al niño negrito cándido y travieso hace 50 años, para una edición semanal de 32 páginas como revista independiente, escrita por Yolanda Vargas Dulché.

Memín Pinguín es quizás la historieta más famosa de México y la más vendida.

La creatividad y la imaginación de Sixto recrearon el mundo de ese niño y las aventuras con sus amigos, que muchas veces le conmovieron por su ingenuidad, la tragedia o la discriminación que padecieron.

De niño, Sixto dibujaba donde podía. Con frecuencia su mamá le reclamaba que antes de que se terminara el mes arrancara la hoja del calendario para dibujar en el reverso. Luego, cuando aprendió carpintería junto a su hermano Modesto, aprovechaba las tablitas de madera de oyamel sobrantes para dibujar sobre ellas, cuando se le acababa el espacio le daba una cepillada y le seguía hasta que –literal- se acababa la tabla.

Tuvo 20 hermanos. Él fue el penúltimo en la descendencia y nació en Tezontepec, Hidalgo. Llegó al Distrito Federal en 1945, donde estudió la primaria en una escuela llamada Benito Juárez –igual que Memín-, en la colonia Roma.

La carrera de Sixto inicia cuando Guillermo Marín, autor de “El ratón Macías”, lo contrata para trabajos menores que incluían lavar su coche o barrer su estudio; sin embargo poco a poco se fue dando a conocer hasta que en 1957 logra ser contratado en Editorial Argumentos.

En 1970 y 1977 se reeditó el Memín Penguín en sepia; y en 1985 Sixto coloreó la serie completa haciendo portadas nuevas para cada número, una práctica común en esa época más elegante.

En 2003 recibe la Medalla al Mérito autoral, en Bellas Artes, un reconocimiento inédito para un dibujante de historieta.

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En la sala amplísima que ocupa la comicteca dentro de la Biblioteca Central de la BUAP, en Ciudad Universitaria, el centenar de personas que escucha a Sixto Valencia está encantado. La mayoría mantiene una sonrisa espontánea, esa que no se controla, y no se conforma con estar ahí, le toma fotos con el teléfono, lo graba.

Después de dibujar a Memín aproximadamente un millón y medio de veces “ya me sale”, dice Sixto y provoca carcajadas.

Durante su presentación mira sobre todo a su hija Mónica, la primogénita, quien se ha convertido en su agente y está sentada en primera fila, flanqueada por su hija y su madre, Victoria.

Si a Sixto se le olvida una palabra, Mónica le sugiere alguna, le hace señas para que se acerque más el micrófono, para que se siente. Lo ve orgullosa, feliz.

El hombre de una época más elegante no se toma en serio la fama -“me conocen en medio mundo… en Marte, en Júpiter”-, pero sabe hasta dónde llegó y cómo lo hizo. Es sencillo y honesto. Ingenioso y encantador.

Al final le piden que dibuje a Memín y lo hace contando el paso a paso. Empieza así: “Primero es necesario que no le caigan a uno mal los negros”.

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