PRIMERA GUARDIA

PRIMERA GUARDIA

 

Orlando D. Quintanar Haro

 

Fue domingo el día que inicié mí internado médico. El viaje al hospital había requerido una lucha de hora y media, a través de los camiones y el metro, preservando la limpieza de mi uniforme blanco. Tenía la mejor actitud para iniciar el año más difícil de mi carrera. Me detuve frente al hospital para darle un primer vistazo. Aquel edificio apenas se sostenía

Eran las ocho de la mañana cuando llegué a Medicina Interna, no hubo bienvenida. La entrega de guardia se anunciaba y todo el mundo se aceleraba por terminar sus reportes. Iniciando me percaté de que todo era hecho a través de la sencilla regla de mandar en una sola dirección. Los deberes más sucios eran sólo para los internos.

La visión de todos sólo les permitía observar el expediente de cada paciente, emitir un juicio sin siquiera terminar de leer y continuar al siguiente moribundo. Nadie observaba a los pacientes detrás de la carpeta, nadie les preguntaba cuándo habían empezado su malestar o qué habían sentido. Explorarlos era, no sólo infrecuente, sino además profano. Sin advertencia ni permiso, una sábana podía ser levantada al antojo de todos, mostrando a los demás un hombre desnudo que hacía lo mejor por ignorar su propio pudor. ¿Había algo bueno qué aprender ante aquella falta de raciocinio, empatía y sentido común?, a nadie le importaba que aprendiéramos algo, hacían preguntas que sólo ellos podían contestar, elevando aún más sus egos.

Estaba a mitad del pase de visita, tolerando el dolor ajeno y la desconfianza que me causaban todos, pensando que estaba condenado a pasar por esto los siguientes dos meses, cuando alguien abrió la puerta y me señaló.

-Oye tú, tómale un electro a doña cuarenta y cuatro.

-Claro, en cuanto termine la visita

-No. Tómaselo ya, me urge.

Si urgía, la vida de esa persona pendía de un hilo, si yo podía ayudar a inclinar la balanza, haría cualquier cosa por ayudarle. Salí corriendo de la habitación hacia la “Sala de Médicos” donde se encontraba el electrocardiógrafo. Una mezcla de humedad, antibióticos y sudor perfumaba el lugar. Entre un sillón y el baño, el aparato mostraba un electrodo como si se estuviera ahogando. Impaciente, lo tomé y salí de la sala pero, frente a la puerta del baño, me encontré una cucaracha pero no pude matarla, pensé que ya era bastante malo vivir en ese lugar como para convertirlo en su tumba.

Cuando llegué al destino, estaba a una mujer junto a la puerta, sosteniendo el muro detrás de su espalda. El sonido del carrito la regresó a la realidad.

–Buenos días doctor – me dijo

–Buenos días ¿Cómo está?

–No muy bien, por eso estoy aquí.

Tenía razón, no supe qué contestarle, nadie estaba bien allí. Medicina Interna es apodada como la antesala de la muerte. Continué mis pasos, giré la chapa y abrí lentamente la puerta. La habitación tenía dos camas separadas por una cortina. En la primera, la cuarenta y tres, estaba una mujer mirando hacia la pared, inmutada ante el ruido del carrito. Seguí hasta la cama cuarenta y cuatro.

–Buenos días señora – No contestó.

–Señora, buenos días.

Me acerqué un poco más, tomé su pie sobre la sábana y estaba fría como un hielo, su piel tenía un aspecto marmóreo y tampoco respiraba. Me quedé inmóvil, trastornado. Había llegado tarde, no había podido ayudarle. Corrí a avisarle a alguien y, al darme vuelta, me encontré con una enfermera.

–¿A quién le habla doctor?

–A la paciente, pero que está en paro cardiorrespiratorio. ¡Hay que llamar a alguien!

–Ay doctor, la paciente lleva como media hora muerta

La noticia llegó a los oídos de la paciente de al lado que, al confirmar su sospecha, entró en pánico. El llanto y los gritos comenzaron a ser cada vez más sonoros.

–¡Doctor, siento que sigo yo!

–Trate de calmarse señora


–¡No me deje sola!

Le di un pañuelo de mi bolsa, la enfermera se acercó.

–A ver Doña Sabina, la muerte siempre nos agarra solos y, además ni se contagia. No piense en tonterías y deje que el doctor haga su trabajo…

citaMédico

Regresé al otro lado de la habitación y me acerqué a la difunta. Aún sufría, lo sabía porque yo tenía la misma cara: inmóvil, desconcertada, con la boca abierta involuntariamente y la mirada fija. Cerré sus ojos, acomodé su cabeza y coloqué sus brazos debajo de la sábana. Tomé su tarjeta de la cabecera. Su nombre era Teresa. Un tumor cerebral fuera de cualquier tratamiento médico o quirúrgico había terminado con su vida.

Había visto muertos en la morgue, personas que habían tenido un nombre y una familia, que estaban ahí, despojados de todo, con su cuerpo fragmentado. Teresa estaba tan abandonada como aquellos cuerpos sin nombre. Quizá pensaban que, al no tener cura, era mejor dejarla morir. Pero no hubo siquiera un familiar que la acompañara en sus últimos momentos, solo una enfermera que al enterarse guardó silencio porque anunciar la muerte de alguien significaba una cama vacía, más trabajo.

Se abrió la puerta y entró aquel que me había dado la encomienda.

-¿Ya tomaste el electro? ¿por qué te tardas tanto?

-No. Ya está muerta

Me miró por un segundo y comenzó a reírse como si alguien le hubiera contado un chiste. Había entrado sólo para ver mi reacción. Se divertía tanto que apenas podía hablar.

-Bienvenido al hospital, internito.

Salió de la habitación tratando de contenerse y yo me quedé pétreo sentado en la silla de plástico frente a Teresa.

 

Orlando D. Quintanar Haro (ciudad de México, 1985) es médico. Escribir ha sido parte de su vida desde hace más de cinco años. Para él la escritura es un estilo de vida que revoluciona la forma de ver el entorno al crear una nueva realidad cada vez. Debutó como escritor en el IX Encuentro Internacional de Escritores 2013 en Salvatierra. Dentro de sus géneros preferidos se encuentra el cuento infantil.

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