CUENTO DE AMOR

CUENTO DE AMOR

 

Dana Cuevas

 

Verónica nunca se enterará de la verdad; no conoce ni conocerá este plan, por mi cuenta corre.

Hace seis años, cuando la conocí, éramos demasiado jóvenes. Yo me había propuesto ser el mejor médico de mi generación, el único obstáculo visible para lograrlo era esta muchacha de largo cabello oscuro, perpetuo ceño fruncido y vivaces ojos castaños. Una ñoña que siempre sacaba mejor calificación que yo. De inicio, la detesté, ahora sé que nunca dejé de hacerlo.

Di por terminada nuestra relación hace no mucho, traté de explicarle que desde tiempo no la quiero. No funcionó, es obstinada con todo. Busqué escapatorias, hasta inventé que ya salía con alguien más, una chica muy opuesta a ella. Era mentira, pero no perdía nada con intentarlo. Verónica no entendía, continuaba llamándome y asfixiaba cada paso de mi vida. Su estocada final, el golpe que me derribó como un knock out fulminante, fue el tumor que le descubrieron hará apenas unos tres meses.

«Los doctores me han dicho que lo mejor será tener un hijo ahora y que después me extirpen la matriz. Hay que casarnos».

Mi mente no logró establecer la relación: tumor-bebé-matrimonio; pero confieso que me acobardé, tal vez hasta sentí lástima por ella. Tuve terror, sobre todo, por su equilibrio mental. Terminé aceptando sus condiciones. Encantada, casi resplandeciente, comenzó a planear la boda.

La odiaba en los tiempos de la escuela. Sus excelentes notas la hacían insoportable, arrogante. Un día, sin motivo alguno, me pidió tomar un café juntos. Era la primera vez que me dirigía la palabra, y en lugar de una petición resultaba más bien una orden. No me dio opción, me obligó a ir. Con una actitud pedante, me confesó su convicción acerca de que el resto de los compañeros eran unos estúpidos. «En cuanto a inteligencia y capacidad, sólo tú y yo somos dignos de competencia». Continuó con su alegato mamón durante largo rato, yo no cabía de asombro. Terminó con la propuesta de «aliarnos». Tal era su soberbia. Nunca emprendí una batalla directa contra ella, acepté su tregua. Después y no me explico cómo, se fue metiendo en lo más profundo de mi vida.

Todo era como una carrera acelerada. En menos de dos meses ella ya tenía todo listo para la boda: cita en el registro civil, iglesia y salones apartados, vestido, hasta los boletos de la luna de miel. Creí que al ver mi poca participación en los preparativos, se desanimaría, pero resultó a la inversa, creyó que mi confianza en ella era tal que le daba la libertad de escoger por «nosotros», no paraba de repetir esa repugnante palabra. La veía cada día más fea, más fastidiosa, controladora, sólo pensaba en escapar. Traté de ser honesto, de no echar a perder aún más las cosas. Quiero hablar contigo, le supliqué una noche antes. No me quiero casar. Se quedó perpleja. Por un momento avizoré un rayo de esperanza. ¿Cómo que no te quieres casar? Así, no me quiero casar, no está en mis deseos ni en mis pretensiones. ¡Por favor! No me digas eso, faltan menos de catorce horas para la boda, todo está listo, no te portes como un bebé, no seas estúpido, esto es lo que hemos querido siempre, nos amamos y es lo que vamos a hacer. No, yo no te amo, te odio, te aborrezco, me causas repugnancia —lamentablemente, este último diálogo sólo sucedió en mi mente, no tuve el valor para decirlo, soy un idiota cobarde.

Me casé con ella. Como robot hipnotizado que obedece órdenes simples, me puse el frac y caminé de la mano de mi madre hacia el altar. Nadie notó nada, todos cayeron en la farsa de la felicidad. Justo en el momento en que dije el sí, acepto, tuve la brillante idea del plan que estoy por llevar a cabo y que repaso mentalmente, minuto tras minuto. Bailamos un vals como cualquier pareja, ella aventó su ramo y los mariachis avivaron la fiesta en la madrugada. La clásica boda de una pareja realizada.

Huatulco fue el paradisíaco destino que ella eligió para nuestra luna de miel. Reservó en el hotel más costoso, por supuesto, la suite matrimonial. Los primeros dos días transcurrieron alegres, no podía dar pauta a que ella tuviera la más mínima sospecha. Sin embargo, cada vez me era más difícil disimular, ocultar el asco que me producía besarla, hacerle el amor, su sola presencia. Justo anoche, mientras nos refrescábamos en la alberca se me acercó, me abrazó y me dio las gracias. Gracias por qué. Por haberme elegido como la mujer de tu vida, por darme la dicha de ser tu esposa y, más que nada, por haber sido tú el primero en hacerme mujer, me haces sentir especial, por eso te amo con toda mi alma. Seguro ese diálogo lo había sacado de cualquier película cursi, yo no supe ni qué responder, preferí quedarme callado, qué hubiera dicho George Clooney en mi lugar.

Al entrar en nuestra habitación, se me avalanzó, un deseo voraz ardía en sus ojos. No había manera de detener sus besos y caricias. Tómame, suplicaba. Me mantuve sereno, me controlé como monje y nunca tuve una erección. Qué pasa, mi amor. Estoy cansado, debe ser todo. No importa, mañana podremos compensarlo.

Náuseas en el estómago.

Es el último día de la luna de miel. Es ahora o nunca. Propongo una excursión para ir a bucear a una isla. Verónica acepta de buena gana, es una nueva experiencia para llevar a cabo «juntos». En el bote hacia la isla nos encontramos a una doctora que nos atendió alguna vez a ambos por problemas de asma. Temo que su presencia obstruya mi plan, tendré que pensar en diferentes opciones por si algo no resultara conforme a mis intereses. Después de nadar, me excedo en mis demostraciones de felicidad. No paro de besar a Verónica, de recalcar lo contento que estoy. El momento se va acercando, como una caída hacia el vacío.

Comemos en una palapa del lugar, y pido varios platillos con mariscos: el coctel de camarón, el pulpo, almejas para botanear. Verónica, ingenua, no comenta nada, simplemente se abstiene de mi banquete marino. Al terminar, propone que hagamos una caminata por la playa, pero yo me desvío y le digo que quiero ir a jugar futbol con unos niños de la isla. La escucho comentar con la doctora aquella que es muy extraño que yo haga deporte, que me preste para jugar con los chamacos, seguro se debe a que estoy sobresaltado por el gozo de nuestra luna de miel.

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A los diez minutos de estar corriendo tras el balón siento venir el ataque asmático y sonrío, todos creen que es de felicidad. Sí, al parecer lo voy a conseguir y me produce gran satisfacción. No puedo dejar de fingir, nadie jamás ha de saber la verdad. Cuando siento que el aire no pasa más por mi garganta, me volteó, casi morado y le hago señas a Verónica. Me tiro en la playa, la gente me rodea. Ella llega corriendo muy preocupada y con gestos le hago saber que me está dando un acceso, que por favor consiga un inhalador. Como bien supuse, nadie en la remota isla del Pacífico tiene uno. Se acerca la doctora y entre las dos discuten brevemente: me estoy muriendo, ya entré en paro respiratorio, hay que hacer algo pronto. La doctora me da masaje cardiaco y Verónica, respiración de boca a boca. Finalmente, éste será el último beso que podrás darme, perra desgraciada. Empiezo a perder un poco el conocimiento, todo lo escucho lejano, como esa sensación de cuando comienzas a entrar en el sueño profundo y el mundo deja de ser perceptible. El marido de la doctora González se acerca también y lo oigo gritar que si no me hacen una traqueostomía, no podré sobrevivir. Me preocupo un poco, una traqueostomía se puede llevar a cabo con cualquier cuchillo, podrían salvarme. Oigo a Verónica clamar desesperada por un instrumento punzocortante y me esfuerzo en morir, por un momento desvío totalmente mi atención hacia mi interior y le pido al ataque que se apresure, que termine pronto.

Esto no, está muy oxidado, si le abro la garganta con él se va a asfixiar o puede contagiarle alguna infección. Trae otra cosa, le dice Verónica a uno de los infantes con los que yo estaba jugando. Si lo subimos a la lancha, tal vez logremos llegar al hospital,sugiere González. Oigo a los niños presurosos avisar al lanchero para que el bote zarpe cuanto antes. Siento cómo entre varios me cargan, comienzo a perder la conciencia, ya no puedo respirar, todo se va apartando.

Sé que morí en sus brazos, sé que ella entró en shock después de eso y que quedará inconsolable por el resto de sus días. Sé que no imaginó siquiera nada, y me da mucho gusto saber que le arruiné la vida del mismo modo que ella lo hizo conmigo.

 

Dana Cuevas nació en la ciudad de México el mismo año en que fue casi destruida por un famoso temblor. Como buena defeña, un día ama la capital y al siguiente, la detesta. A la hora que tuvo que decidir por una carrera prefirió las Letras a los números, aunque era mejor para los segundos. Se considera lectora antes que escritora, fanática de Borges, Cortázar, Fonseca, Arreola, Poe, la novela policiaca, entre otros. En 2011 el Instituto de Cultura Mexiquense publicó su libro de cuentos Un lugar normal, cuyo título está inspirado en una canción de Soda Stereo.

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