Crónicas Wayuu: “la cuestión de la Sal”

Crónicas Wayuu: “la cuestión de la Sal”

Imagen: Luis Henry Agudelo Cano / http://www.ens.org.co
Imagen: Luis Henry Agudelo Cano / http://www.ens.org.co

LolaMora Producciones*

Un condimento antiguo, un polvillo blanco, procesado y refinado… La sal; en el pasado, moneda de cambio; hoy, fuente de ingresos para muchas familias wayuu de la costa atlántica colombiana.

Siempre hubo sal, los tatarabuelos también se dedicaron a ella. ¿Fue la industrialización del proceso y la exportación a gran escala la que lo empeoró todo o quizás la que hizo prosperar al municipio, Manaure?

Manaure es una pequeña localidad wayuu situada en la costa oeste de La Guajira, la Península ancestral de este pueblo. Hoy es tierra compartida por Colombia y Venezuela, y aunque la mayoría de su población continúa siendo wayuu, la presencia de otras latitudes es histórica: mestizos, añú, afrodescendientes, árabes, descendientes de europeos…

Rodeada por el mar Caribe y acribillada por el sol los 365 días al año, Manaure es un paraíso de sal. Salinas Marítimas de Manaure – SAMA Ltda. es una explotación mitad artesanal, mitad industrial y sus décadas de explotación representan la historia del desarrollismo basado en la exportación sin la atención a las poblaciones locales. Hoy es un ejemplo en América Latina de como los pueblos deciden su destino, sea éste el que sea.

Para algunos wayuu, Salinas de Manaure SAMA es la concreción del derecho de los pueblos indígenas a la explotación de las riquezas naturales que hay en su suelo; para otras personas, SAMA es una vieja gloria que, cuando cayó en manos wayuu, se evaporó.

Pero no es solamente Manaure, también El Pájaro, Bahía Honda, Bahía Portete y Hondita son un mar de sal. El potencial que tiene la costa oeste de La Guajira se cuenta por toneladas de sal esperando a ser explotadas y exportadas… La pregunta es ¿por quién?

“    Ahhhh la sal. ¡Hay unas salinas tan grandes hasta Bahía Honda! Si organizaran eso… Esas salinas son una riqueza. Entonces vendrían aquí y sería una vida feliz. Después que haya trabajo, aquí viene la gente, pero ahora se está quedando solo. Todos estos muchachos que se marcharon pa’ Venezuela, graduados de doctores, ingenieros, oficinistas… Pero hoy está desolado esto”.

Gabriel Uriana, autoridad tradicional de la comunidad wayuu Pusheo, en La Alta Guajira colombiana.

El viejo Gabriel, del clan Uriana, autoridad tradicional de la comunidad wayuu Pusheo, lleva toda su vida Guajira arriba, Guajira abajo, Colombia-Venezuela ida y vuelta.. Cuantas veces el dinero, el alcohol y las mujeres lo llamaran. Su esposa actual ronda los cincuenta y tienen dos hijos en común. Del resto ni quiere recordar, ni hablar. Agradece profundamente a los evangélicos que lo apartaran del trago y por eso hoy les atribuye toda su moralina y su explicación del origen del mundo. Es el pastor de la comunidad y tiene capilla propia.

– ¿Usted cuantos años tiene?

– Cuando yo nací no había capuchinos ni iglesia, esto era puro monte, puro wayuu indígena, aquí no se hablaba castellano. El bautizo era en Riohacha porque aquí el dios de los indios era la luna… Cuando pasaba un eclipse por abajo decía ¡Manayai! Y todos cogían sus rifles y pa pa pa, con palos, calderos… ¡Suéltame Padre! Y así era el dios porque decía que lo tenían preso, pero era un eclipse de luna… Así era el tiempo de nosotros -.

Roberto condujo el vehículo desde Uribia, la capital indígena de Colombia, hasta Pusheo, en la Alta Guajira, al noroeste de la península. Son dos días, atravesando las salinas no explotadas de Bahía Honda, para llegar a la ranchería del viejo Uriana. Roberto conoce este desierto de arena y mar como la palma de su mano, sus orígenes están aquí, volcados hacia el Caribe. Y conoce al viejo Uriana. No son familiares pero se reconocen.

Uriana es un anciano muy respetado y muy odiado porque en el pueblo wayuu para quien se forma como palabrero -intermediario que resuelve conflictos entre clanes- no hay medias tintas. Roberto calcula que el viejo Uriana debe rondar los 85 años, “sino más”.

“Mi padre escribió en un cuaderno las fechas de nacimiento de todos sus hijos, tenía bastantes, todos nacimos en el monte, pero un día se quemó el rancho y ahí se perdió todo”.

Uriana, su clan, es uno de los más importantes en La Guajira, la venezolana y la colombiana, porque para los wayuu no hay frontera que valga. El clan es la familia, el apellido, el prestigio. El apellido se hereda de la madre, esta cultura es matrilineal. Ya lo dice La Pocha, otra vieja sabia wayuu de 82 años que vive en el corazón de la Baja Guajira, Guarero, en el lado venezolano: “Si yo salgo preñada, mi familia ve mi cuerpo y me ven parir. En cambio ¿el hombre cómo da fe de que su señora no le ha sido infiel y que el hijo no es suyo?”.

Antes de la despedida, Gabriel Uriana dice: “la sal… ese podría ser un buen proyecto”, y se queda parado en el umbral de su ranchería aislada, abrazando a Roberto porque está muy contento de haber recibido su visita.

El viento se ha levantado en el camino de regreso de Pusheo hacia el sur, por la costa, hasta El Cabo de la Vela, Jepira para el pueblo wayuu, el lugar sagrado donde descansan las almas, la última muerte. La arena se convierte en neblina, Roberto, maneja a 20 km/hora.

Roberto Fajardo milita en el partido socialista. Wayuu del lado colombiano; rebelde, vocinglero, entusiasta, peleón y conductor ducho. Reduce la velocidad y avanza tan despacio como si marchara por la cordillera atravesando una espesura. Cuenta que hace 22 años, el estado colombiano reconoció derechos de explotación y procesamiento de la sal a la comunidad wayuu del Municipio de Manaure por su vinculación centenaria con esta actividad. Y así, en 2004, se constituyó la Sociedad de Salinas Marítimas de Manaure (SAMA LTDA)-. Las propietarias de la operación son varias asociaciones locales wayuu y la alcaldía. Roberto fue uno de los fundadores de la nueva empresa wayuu.

*Continúe leyendo el texto completo de LolaMora Producciones, publicado en Periodismo Humano, en el siguiente link.

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