“Hoy, hoy, hoy…” Conciencia histórica y educación ciudadana

“Hoy, hoy, hoy…” Conciencia histórica y educación ciudadana

Martín López Calva

@M_Lopezcalva
 

“¿Cuál esta diferencia entre los dos o tres días de la mosca y los doscientos años de la tortuga?”
Jaime Sabines. Como pájaros perdidos.

 

Año con año desde que tengo memoria, alrededor del 15 de septiembre surgen y se reproducen –antes por medio del correo electrónico, ahora en Facebook, Twitter y otras redes sociales- mensajes de personas que pretendiendo asumir una postura crítica manifiestan su oposición a la celebración de las fiestas patrias.

Los argumentos que se esgrimen para esta oposición son los problemas y desafíos que hoy tenemos como nación –pobreza, violencia, corrupción, impunidad- y la afirmación de que no somos un país libre, que no tenemos independencia.

Independientemente de la desmoralización social que ponen de manifiesto estas expresiones y que he tocado en otro artículo, me parece muy necesario reflexionar acerca de la necesidad de formar una conciencia histórica en los niños y jóvenes en la familia, la escuela y la universidad para hacerlos capaces de distinguir el sentido y la utilidad simbólica que estas celebraciones cívicas tienen para mantener, reforzar y hacer evolucionar el sentido de identidad nacional en un contexto de globalización que nos enfrenta a una enorme diversidad cultural.

Gran parte de lo que libera al hombre de prejuicios e ideologías mutilantes y posibilita la adquisición de una auténtica identidad social y cultural, es el advenimiento de la razón histórica. La adquisición por parte de la humanidad, de la conciencia de su temporalidad y limitación, hace que se adquiera otra perspectiva de los acontecimientos y se empiece a descartar cualquier dogmatismo fanático.

El planteamiento de esta razón histórica, el desarrollo y aceptación de la historicidad del ser humano son descubrimientos relativamente recientes. Hoy nos parece obvio decir que el ser humano es histórico y que las personas, las sociedades y las culturas van cambiando a través de los tiempos pero esta conciencia surgió hasta la segunda mitad del siglo XIX con las aportaciones del pensador alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911).

Asumir la historicidad humana nos permite comprendernos como parte de un proceso progresivo en el que a partir de lo que heredamos de nuestros antepasados podemos comprender y vivir el presente para aportar elementos de construcción del futuro. Entendernos como seres históricos nos da la posibilidad de conocer mejor lo que somos y de soñar con mayores elementos lo que queremos llegar a ser sabiendo que la vida humana no inicia ni termina con nosotros.

La conciencia histórica nos permite entender el mundo en que vivimos, valorando la herencia de nuestros antepasados –“Si yo he visto más lejos que otros, es porque estoy parado sobre hombros de gigantes“” escribió Newton– y apreciando los elementos de progreso y decadencia que caracterizan la realidad actual, ayudándonos a proyectar el futuro tratando de evitar cometer los mismos errores que otros antes han cometido, de ahí que se diga que la “Historia es la gran maestra de la vida”.

Cuando se afirma que no se deben celebrar las fiestas patrias porque tenemos hoy muchos problemas y tenemos que protestar contra esta situación actual, se está poniendo el presente como criterio de juicio y demeritando un hecho histórico fundacional de lo que somos, ocurrido hace 203 años gracias a seres humanos que tuvieron la visión y el valor para soñar en una sociedad mejor, libre de esclavitud interna y –posteriormente- de sumisión a un imperio extranjero; una sociedad más justa y fraterna, capaz de tomar sus propias decisiones.

Este proceso que nació de la rebeldía de un grupo de criollos que buscaban un mejor futuro para ellos y para la gente con la que convivían culminó en la definición progresiva –aún en marcha- de una nueva nación que es la que hoy, con todos sus problemas y contradicciones pero también con todas sus riquezas y logros, tenemos como patria y nos define frente al mundo.

Este es un hecho digno de celebrarse en comunidad, con actos simbólicos como el grito de independencia que, sin importar partidos o ideologías en el poder, tiene un valor simbólico y de cohesión que no deberíamos desdeñar y mucho menos destruir. Es un hecho que además de –no en lugar de- celebrarse con este ritual cívico y con la fiesta popular que lo rodea, debe rememorarse, volverse a pasar por la memoria individual y colectiva para no olvidar los ideales que lo originaron ni la herencia que nos dejaron y conmemorarse, recordarse en comunidad, en la comunidad amplia y diversa que somos los mexicanos del siglo XXI, como una llamada de atención que nos haga caer en la cuenta de que independientemente de las posturas políticas encontradas y hoy polarizadas, más allá de las diferencias de raza, sexo, religión, subcultura regional, nivel socioeconómico, necesitamos construir un país en el que quepamos todos y en el que todos podamos desarrollar nuestros proyectos de vida y de felicidad a partir de un fundamento común de justicia.

Cuando se dice que no debemos festejar estas fechas porque no somos independientes, se manifiesta una muy común pero incorrecta idea de lo que es la libertad personal y colectiva. El filósofo canadiense Bernard Lonergan (1904-1984) nos aclara que la libertad no es indeterminación sino autodeterminación, es decir, no es ausencia de condicionamientos externos sino capacidad de autodirigir nuestros pasos en medio de estos condicionamientos e influencias. Por su parte, el intelectual francés Edgar Morin (1921-   ) define, en el mismo sentido, la libertad como “autonomía dependiente”.

Además de que la indeterminación o la ausencia de dependencias es imposible en el mundo humano y por lo tanto es necesario cambiar nuestra noción de libertad, es indudable que si caemos en la cuenta del mundo globalizado en que vivimos, la independencia de las naciones –que por otra parte son también una creación reciente y en proceso de desaparición en la forma en que se concibieron hasta el siglo pasado- tiene que ser entendida como interdependencia.

Ningún país, ni siquiera el más poderoso del mundo puede estar exento de dependencias o influencias del exterior. Todos los países, incluyendo el nuestro tienen que luchar día a día por mantener su independencia, es decir, su capacidad de autodeterminación o de autonomía dependiente en el marco de un mundo interdependiente y crecientemente interconectado.

En este marco, resulta también digno de celebrarse y necesario de conmemorarse y rememorarse el hecho –el grito de independencia de 1810- que detonó el proceso por el cual nació México como país independiente –autónomo dependiente, capaz de autodeterminarse-, como país que debe día a día construir, defender y vivir su independencia en un mundo lleno de condicionamientos e influencias externas. Esta celebración es útil para recordarnos que estamos comprometidos por la herencia recibida de los héroes de esta gesta fundacional de nuestro país a continuar buscando día a día una mayor y más pertinente interdependencia con todos los países del planeta.

En este sentido las escuelas y universidades que busquen ser pertinentes para formar ciudadanos capaces de cultivar una identidad propia y al mismo tiempo de convivir y dialogar con la enorme diversidad cultural del mundo global, deberá introducir en su currículo elementos que posibiliten a sus alumnos la adquisición de una verdadera conciencia histórica.  Esto implica no solamente la introducción de materias de Historia en los mapas curriculares sino la generación de procesos formativos que logren propiciar, por un lado, que todos sus planes de estudio y actividades respondan al momento histórico que se vive, y que todas las actividades le permitan ubicar su labor en la perspectiva del enriquecimiento continuo que representa el saberse heredero de un pasado y colaborador en la construcción del futuro. Apreciar la herencia cultural propia hará del estudiante una persona ubicada en su realidad y consciente de sus alcances y límites, sabiendo siempre que todo su saber es fruto de la riqueza de la herencia recibida y que todo lo que haga tendrá que respetar el pasado y contribuir a acrecentar esa herencia.

Además de esta traducción al currículo, la escuela y la universidad como instituciones deben asumir el papel histórico que les corresponde, sabedoras de la gran riqueza cultural que les antecede, capaces de hacerse cargo del presente con sus desafíos y comprometidas en la construcción de un mejor futuro.

 

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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