Sobre las elecciones y los problemas de fondo en México

Sobre las elecciones y los problemas de fondo en México

Alejandro Badillo*

@alebadilloc

En pocos días se llevarán a cabo las elecciones presidenciales en México. Mucho se ha debatido en diarios, programas de televisión y en las redes sociales. También, como ya es costumbre, los ataques y las descalificaciones han aparecido una y otra vez en los mítines y anuncios. Conforme se acerca el día de las votaciones aumentan los artículos sin argumentos, los juicios de valor, las caricaturas y el insulto. Por esta razón, llegados a este punto, conviene hacer un recuento de las gestiones priistas y panistas de los últimos treinta años para debatir los problemas de fondo que aquejan al país, evitar caer en la agenda coyuntural, superar la manipulación de los medios y, como ciudadanía, presionar al ganador de las elecciones para que, en realidad, haya una mayor calidad de vida para los mexicanos.

México tuvo un crecimiento económico importante conocido como “el desarrollo estabilizador” cuyo auge fue entre los años 1954 y 1970. Este fenómeno tuvo varias causas: la dominación de un solo partido, el PRI, en el gobierno que hábilmente transfería el poder de un grupo a otro sin necesidad de llegar a los balazos; el crecimiento económico global después de la Segunda Guerra Mundial y la consolidación de Estados Unidos como potencia; el aumento de la clase media mexicana que se integró a las actividades industriales y formó una amplia base consumidora que detonó el mercado interno. Las principales ciudades comenzaron a hervir de gente y la clase urbana dominó todos los ámbitos de la vida nacional.

El milagro terminó en los años 70 teniendo como antecedente las protestas estudiantiles ante un gobierno monolítico y represor cuya paranoia generó la matanza de Tlatelolco en 1968. A esto siguieron malas políticas económicas que abusaron de la deuda extranjera y la dependencia del petróleo entre otros errores. El número de mexicanos siguió creciendo mientras las expectativas económicas eran cada vez peores. Las ciudades fueron rodeadas por cinturones de miseria que incubaron delincuencia, descomposición social y migración. La inflación en la década de 1980 superó en algunos años el 100 por ciento. El fraude electoral de 1988 y las políticas de choque implementadas por Carlos Salinas de Gortari como congelar precios pero también salarios para combatir la inflación aumentaron la desigualdad social.

Otro punto que agravó la situación del país fue la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). Vendido en su momento como el paso que nos llevaría al primer mundo, significó la quiebra para miles de comerciantes y productores. ¿La razón? La economía mexicana no estaba preparada para competir abiertamente con productos extranjeros. Los funcionarios mexicanos abrieron las aduanas y disminuyeron los aranceles sin fortalecer primero a una industria que vio cómo sus ganancias se esfumaban. Este tipo de políticas no eran un mero capricho del gobernante en turno, eran parte de un sistema que, desde entonces, se le empezó a llamar neoliberalismo.

Una de las características más importantes de la doctrina neoliberal es que el capital, por sí mismo, genera riqueza y que el Estado debe intervenir lo menos posible en el flujo de capitales para que las empresas prosperen y, por ende, el país. El desmantelamiento del Estado también incluyó una serie de privatizaciones de empresas paraestatales para que, en las manos de la iniciativa privada, fueran más competitivas. Sin embargo esto nunca ocurrió, decenas de empresarios quebraron las empresas compradas y, por la importancia del sector, fueron rescatadas con dinero del erario público, es decir, con dinero de la gente. En el caso del TLCAN las autoridades abandonaron a su suerte a los productores mientras que Estados Unidos seguía subsidiando a los suyos para que inundaran el mercado mexicano. El caso del maíz es el más representativo y doloroso.

Este escenario fue heredado, años después, por el primer gobierno panista encabezado por Vicente Fox. Enarbolando la bandera de la alternancia Fox dilapidó en muy poco tiempo el capital político otorgado por una ciudadanía harta de la corrupción e ineficiencia de los priistas. El Partido Acción Nacional, fundado por empresarios, ligado históricamente a los grupos conservadores del país, continuó aplicando las mismas políticas con los mismos resultados. La polarización económica aumentó y el país sólo pudo evitar la explosión social gracias a dos fenómenos: la creciente migración a Estados Unidos gracias a la bonanza heredada por la administración Clinton y resucitada artificialmente por la “guerra al terrorismo” de George W. Bush, y el comercio informal que generó ingresos a amplios sectores de la población que, simplemente, no encontraban trabajo o el que encontraban era muy mal pagado. Una de los programas estrella del sexenio foxista fue el otorgamiento de microcréditos para impulsar pequeñas empresas y negocios familiares. Pero, ¿cómo detonar la economía de manera unilateral sin subir los salarios o aumentar el empleo para generar el consumo? Éste fue uno de los muchos traspiés de Vicente Fox que terminó su periodo entre burlas, enojo y decepciones.

El sexenio de Felipe Calderón ha sido similar al de su antecesor panista con el agravante del poco consenso con el que ganó la presidencia. Para muchos analistas las dudas que generó su victoria electoral hicieron que, empezando su administración, tuviera como prioridad la guerra contra el narcotráfico, guerra que, hasta el momento, ha cobrado más de 60 mil vidas, muchas de ellas de civiles inocentes y que ha sido seriamente cuestionada por amplios sectores de la población. Uno de los grandes errores fue combatir de manera superficial un problema complejo como el tráfico de drogas.

En esta estrategia se ignoró el caldo de cultivo que aprovecharon los capos de la droga para fortalecer su base: la pobreza y la descomposición social en muchos estados. Es verdad que alguien tenía que combatir a la delincuencia organizada y que el PRI había hecho pactos con los narcotraficantes que controlan grandes zonas del país, pero mandar al ejército a las calles, sin ninguna otra política, provocó una guerra sin fin en la que matan o capturan a un líder del narco para que inmediatamente sea sustituido por otro más sanguinario. Una posible solución que proponen muchos especialistas en el tema y que gana cada vez más fuerza es la legalización de las drogas, sin embargo, si no hay un aumento en la calidad de vida de los sectores sin oportunidades esta propuesta será un callejón sin salida.

Cifras de organismos respetados como la Cepal, el OCDE y el Coneval, entre muchos otros, dan cuenta del pésimo estado en el que se encuentra el país. Basta escribir las palabras “pobreza” y “México” en cualquier buscador de internet para encontrar cientos de referencias y estudios que indican que las políticas de los últimos años no han dado resultado. Cada día nuevos mexicanos se integran a las múltiples subdivisiones con las que ahora se mide a la pobreza.

Ante este escenario tenemos a dos candidatos cuyos partidos han gobernado el país y son responsables de esta situación (considerando que también han sido mayoría en las cámaras) que intentan convencer a la población en base a la mercadotecnia y promesas que se antojan insuficientes ante el tamaño de los retos. Los optimistas buscarán datos y me dirán que somos el primer exportador de televisores y uno de los primeros en automóviles, entre otras cifras similares, pero habría que aclarar que son empresas extranjeras las que generan esos empleos, que si queremos empleos de calidad debemos ser nosotros los que desarrollemos la tecnología para poner las reglas y beneficiarnos de verdad. Ser un “país maquiladora” lleva a casos extremos como el de China que basa sus altas tasas de crecimiento en mano de obra baratísima, millones de trabajadores que tienen pocos años para ahorrar el dinero ganado antes de que sean desechados por problemas de salud ocasionados por las pésimas condiciones laborales.

El libre comercio ha funcionado para los que han invertido en educación, en el desarrollo de nuevas tecnologías que incidirán en problemas futuros como el agotamiento de los combustibles fósiles, entre otros retos; pero nosotros nos hemos quedado como simples proveedores de mano de obra, esperando no incomodar a los inversionistas extranjeros para que no huyan con sus capitales.

En un contexto internacional en crisis gracias a un capitalismo en decadencia y que se agravará en un futuro al no poder extender el consumo que nutra los capitales de los más poderosos, México se contenta con administrar su pobreza, a dar diagnósticos, excusas y no soluciones.

La candidata Josefina Vázquez Mota del PAN llama a defender lo que hemos conseguido pero no ofrece datos duros de esas conquistas tan valiosas como para continuar con el proyecto de su partido. ¿Cómo convencer al electorado de que, ahora sí, vamos por el camino correcto cuando van más de diez años sin resultados y sin una propuesta seria, “diferente”, que ataque de fondo los problemas anteriormente expuestos? Enrique Peña Nieto ofrece aumentar la ayuda asistencial que, lógicamente, tampoco detona una dinámica positiva para mejorar la calidad de vida de los mexicanos y es sólo un paliativo.

Habla de que las empresas que contaminen paguen y reparen el daño cuando emporios como Monsanto, líder en el desarrollo de pesticidas nocivos para la salud, pueden gracias a sus ganancias pagar multas e indemnizaciones sin cambiar un ápice sus modelos de producción. Nos enfrentamos a una avalancha de medidas que, en el mejor de los casos, son de buena fe pero superficiales, insuficientes para las necesidades del país. Entonces, como último recurso, Vázquez Mota y Peña Nieto recurren al slogan de campaña, al comercial que explota los prejuicios de la gente, a las frases vacías, la caricaturización del oponente y la demagogia.

Lamentablemente estas estrategias mediáticas surten efecto en una población que es, mayoritariamente, desinformada, indiferente y con grandes rezagos educativos. Sin embargo, la pobreza y la manipulación de los medios masivos de comunicación como Televisa han despertado a sectores de la ciudadanía lejanos a este debate como los estudiantes de la Universidad Iberoamericana que crearon el movimiento #Yosoy132. Habrá que ver si esta efervescencia, acompañada de nuevos factores como la información en internet y las redes sociales, marcarán un cambio en estas elecciones, si la ciudadanía puede de verdad criticar a los candidatos e ir más allá de la publicidad. Faltan pocos días para saberlo.

 *escritor y economista

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