El lado b de la maternidad

El lado b de la maternidad

Distintas maneras de asumir la maternidad, mujeres que no sueñan con ser mamá, malos regalos del 10 de Mayo, y conmovedores recuerdos de una madre ausente son las historias que conforman este especial de Lado B, porque creemos que ser mamá es, al mismo tiempo, ser muchas cosas. Ojalá que lo disfruten  

Foto: EstoEsFoto (EEF).

Mely Arellano | Ernesto Aroche | Josué Mota | Paco Coca

@melyarel | @earoche | @motajosue | @PacoCoca

Según el Consejo Nacional de Población (Conapo) 27.9 millones de mujeres en México son madres. Sin embargo no todas viven la maternidad del mismo modo y, como sabemos, cada una se enfrenta a sus propios retos. Lado B les presenta un especial del 10 de Mayo.

Foto: EstoEsFoto (EEF).

Mamá de la diversidad

Hace 11 años María Elena supo que su hijo mayor era gay. Su primera reacción fue de rechazo, de negación.

-Atravesé por un duelo. Porque enterarte de que tu hijo es homosexual rompe con los esquemas que uno tiene predeterminados. Siempre piensas que tus hijos se van a casar, que van a tener su esposa, sus hijos.

Yahir tenía sólo 15 años pero ya reconocía su orientación sexual. Para su mamá fue un shock.

-Fue un proceso muy doloroso. Ahora que analizo la situación que viví y que le hice vivir a mi hijo, me hace pensar que nadie tiene derecho a humillar, a rechazar, a criticar, las personas de la diversidad son tan iguales como nosotros.

Cuando sospechó que su otro hijo, Irving, también era gay fue más fácil pues ya había recorrido buena parte del proceso de conocimiento y aceptación. Actualmente el más grande va a cumplir 27 años y el menor tiene 20 años.

-Ahora reconozco que lo importante es tenerlos, valorar su calidad humana, no verlos como homosexuales, eso es sólo una condición como cuando una persona es bajita, morena, blanca, es simplemente una característica, pero son seres humanos.

María Elena reconoce que ha sido un reto porque no todas las madres atraviesan por una situación así. Hace un par de años se organizó con otras mamás y papás cuyos hijos también tienen orientaciones sexuales diferentes a la heterosexual y formaron el Grupo Arcoiris.

-La labor que hacemos es tratar de sensibilizar a la gente. Hacemos un trabajo de apoyo a padres y familiares cuando enfrentan una situación de homosexualidad con sus hijos.

Además ofrecen orientación, pláticas en escuelas y organizan eventos.

-Es importante que otros papás y mamás sepan que el proceso no es fácil pero no están solos, que sepan que tienen la felicidad de sus hijos en sus manos, que luchen por eso. Que no sean parte de esa sociedad que los rechaza, que discrimina y que hasta llega a cometer crímenes.

-¿Qué le dicen sus hijos del grupo, de la actividad que desarrolla?

-Mis hijos están muy orgullosos, siempre me lo dicen. Me considero una mamá muy especial, muy afortunada porque la vida me ha presentado esta oportunidad de tener un criterio más amplio sobre la diversidad.

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Siendo mamá y papá

Don David se quedó viudo hace pocos años y desde entonces ha tenido que ser también mamá de sus dos hijos, David e Itzel, quienes aunque ya son mayores, para él no dejan de ser unos pequeños. El nuevo rol en ocasiones no ha sido fácil.

-Cuando tienen problemas no sabes cómo acercarte, a la mejor las mamás tienen más tacto, ese ha sido el principal reto.

Siempre fue un hombre que sabía hacer las cosas y ayudaba en casa, sin embargo ha tenido que asumir otras responsabilidades. Él dice que con su esposa tuvo su segunda educación, por lo que “no me agarraron tan torcido”.

Lo único que no le gusta hacer es lavar la ropa, tampoco le cae en gracia que sus hijos dejen todo tirado, “hasta parecen niños chiquitos, pero hay que hacerlo” sobre todo porque –reconoce- es un papá muy consentidor.

Mamá en la diversidad

Laura Rodarte tiene casi 26 años y su hijo Alejandro, 8. Ella es bisexual. La transición ocurrió hace 4 años.

-Fue muy difícil porque cuestionaba qué tan sano era aceptarlo, sobre todo porque ponía a mi hijo por delante, creía que era egoísta por pensar sólo en mí. Pero después de muchas vivencias y de terapias para saber cómo enfrentarlo, tomé la decisión de asumirlo.

Con su relación y en la convivencia con su hijo no se prohíben ni se esconden los besos ni los te amo.

-Para Ale ya es natural, sabe que hombre y hombre o mujer y mujer también se pueden amar.

Ha sido mucho más complicado con sus padres, para quienes la homosexualidad es anormal.

-Al principio me cuestionaban “¿qué le estás enseñando a tu hijo?”, o “¿y si tu hijo es gay cuando sea grande?” Y bueno, no es mi idea formar un ejército de homosexuales, si él es heterosexual u homosexual está bien, lo apoyaré. Los estudios demuestran que las personas criadas por parejas homosexuales tienen una cosmovisión diferente, pero eso no determina su sexualidad.

Laura sabe que es una mamá un tanto diferente, pero sabe también que no debe preocuparse por su hijo, pues lo que ella le transmite es amor y respeto, en todos los sentidos.

Foto: EstoEsFoto (EEF).

El reloj biológico y la sociedad

No son muchas, apenas 4 de cada 100 de acuerdo a los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) a nivel nacional, pero en el concierto de la maternidad, e incluso de la feminidad, las mujeres que han decidido no tener hijos, o que retrasan por encima de los 30 años el momento de procrear, no dejan de mirarse con la ceja levantada por el resto de la población.

Una de ellas es Vianeth Rojas. A sus 28 años, la posibilidad de convertirse en madre es un tema que no lo lleva más de 15 minutos meditar: “en los próximos ocho años no está en mi vida ser madre… y me veo a los 35 años, y no se antoja nadita, pero también he aprendido a no decir nunca”.

Y contrario a lo que pasa con muchas mujeres la decisión ya la tenía planeada desde pequeña, “nunca lo sentí como un elemento necesario para la realización personal. Desde niña dije que no quería tener hijos. Supongo que tiene que ver con mi propia experiencia en casa. Mi mamá me tuvo a los 32 años, grande para la época, y nunca fue una madre completamente maternal. Nunca compré el discurso ese de que ser madre te realiza como mujer, en mi proyecto no lo está”.

Una decisión no fácil en una sociedad en la que asumió como línea natural de la vida nacer, crecer, reproducirse y morir: “sí, se siente la presión social. En las fiestas familiares no falta quien te pregunte que para cuándo los hijos, y más si ya tienes pareja estable, y que si ya se tienen tal o cual edad. Mi respuesta es que no queremos hijos. Y sí, se sorprende y se sacan de onda.”

A sus 33 años, Alicia ya no está tan segura de querer embarazarse. Estuvo casada, sí, pero la infertilidad de su pareja impidió la procreación y aunque consideró la posibilidad de una adopción, el hombre con el que compartió 9 años de su vida no estuvo de acuerdo: “a estas alturas lo veo complicado. Tener un hijo por tenerlo y sola, no lo haría. Si se trata de formar un hogar podría considerarlo, pero ya no estoy muy segura”.

Para las dos el llamado del reloj biológico ya pasó o no ha llegado, y tal vez no llegará.

Me parece que el asunto del reloj biológico es una construcción social, apunta Vianeth: “es parte de reglas sociales y de lo que se escucha en la casa o en la calle, te casas a los 24, a los 27 tienes hijos y todo se acaba a los 33, máximo a los 35. Es un imaginario muy fuerte que nos condiciona, pero, claro, habrá que ver que dice la medicina”.

Foto: EstoEsFoto (EEF).

El regalo perfecto o la metida de pata

Pese a que muchos se esfuerzan por dar un regalo que agrade a su mamá el 10 de Mayo, algunos no lo consiguen y terminan dando presentes que, lejos de causar agrado, molestan a la festejada.

Una mamá nos contó, por ejemplo, que un “Día de las Madres” su hijo le regaló un taladro. Frente a la sorpresa y desconcierto de la señora, tiempo después su hijo le reveló que él necesitaba el taladro, razón por la cual le había dado aquel regalo.

Otra señora quedó sorprendida y un poco molesta cuando recibió un ventilador. A ella no le gusta que le regalen algo que no pueda usar, ponérselo, lucirlo; así que el electrodoméstico no le cayó nada bien; sin embargo, este artículo no sería el único que recordaría con el pasar de los años: en otra ocasión una plancha fue el presente que le enfadó recibir.

Otra mamá fue cuestionada frente a sus hijos sobre el peor regalo que había recibido un 10 de Mayo y ella dijo que todos sus regalos estaban bien, pero una de sus hijas le recordó la ocasión en que ella le regaló unos chocolates rancios, situación que generó que la madre riera y aceptara aquel “curioso” regalo.

Otra mamá narró que cuando su hijo estudiaba secundaria le pidió una receta, y las mejores de su salón se publicarían en un recetario. Ella le dio unas cuatro recetas, y su hijo le anunció que una de sus recetas había ganado. Finalmente, el recetario se publicó en el “Día de las Madres” y cuando ella lo revisó se dio cuenta que sus recetas aparecían pero con el nombre de otras mamás. A ella le adjudicaron una receta de café irlandés, lo peor -dice- es que ella no toma café ni whisky.

A una joven madre la sorprendieron las maestras de su hija cuando por regalo de esta festividad le mandaron un tortillero de unicel sin  ningún adorno; es decir, un simple tortillero “en blanco”. Pero otra mamá tuvo una sorpresa más desagradable, pues dice que el peor regaló que le ha dado su hija fue cuando ella le presentó a su novio.

La herencia y “mi vieja”

Por Francisco Galván

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Cuando recuerdo mi infancia y a “mi vieja”, los aromas de cocina llegan a mi mente: leche con canela, té de hojas de naranjo, higo mezclado con el “vaporrub” para mi eterna tos y en el jardín un huele de noche y sobre la tapia del fondo una madreselva.

Eran días en los que mi madre me arrullaba con unas melodías que desconcía, y que más adelante supe se llamaban tangos. Fueron básicamente tres, uno de ellos “Madreselva”, el otro “Caminito” y el último “Silencio”. Donde llego a escucharlos, la memoria me lleva reconocer que era una mujer que había llegado desde muy chica de un pueblo de la entonces tan lejana sierra norte de Puebla. De sufrimientos mi madre conocía muy a fondo éstos, quizá designada por su nombre: Dolores.

A la fecha nadie sabe  dónde agarro el gusto por el gotan, ya que cantaba con más dolor que Amelita Baltar y muy bajito para dormirme: “silencio en la noche, ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición trabaja, meciendo una cuna…” y seguía así con la historia trágica de una madre que había perdido a sus hijos en la guerra y a cambio sólo le habían dado unas medallas que al final de sus días arrullaría en medio del silencio.

Con esas palabras queditas en el medio de la noche me enseño a amar al Tango y cómo no habría de hacerlo si había sufrido de tales formas que tenía derecho de cantarlo sin importar que no supiera el título de aquellas canciones. Sin que fuera un gusto obligado, escucharla me estremecía y más cuando siendo adolescente compré mi primer disco de Gardel y ahí encontré esas canciones que mi vieja me cantaba; supe hasta entonces qué género era y para toda la familia fue muy raro que ella supiera de tangos, sobre todo porque para entonces ella ya agonizaba.

Con el tiempo me di cuenta del gran lazo del tango con la figura materna. En lunfardo, dialecto de los garufas o tangueros, a la mujer se le denomina de un sinfín de maneras: mina si es buena, percanta la malvada, mechera, curandera o medio bruja; hembra a la mulata hermosa de cuerpo petrificante, tonta a la inocente y amada, chicana o gringa a la que tiene ojos verdes o es extranjera, etc. Quizá sea el vocablo con mas acepciones; sin embargo, el mas sagrado para nombrarla: vieja, mi madre.

Hasta la fecha este cordón umbilical permanece sin romperse. La obstinada madre que vela, que es una sola, es representación del único lugar seguro donde siempre se vuelve, quien siempre perdona al hijo aunque uno la traicione como en “Aquel tapado de armiño”, pero sólo hay una razón para traicionar a la madre y es por el amor de una mujer: regularmente una percanta.

Con los años llegó el día que comencé a creer en fantasmas para sentir a mi madre más cerca. Regresábamos a casa, a un barrio que ella seguramente ya no habría reconocido, a un hogar sin su madreselva ni su huele de noche, un espacio vacío de aromas y de ausencia de su voz. Entonces fue que pasó algo mágico al pasar por un terreno vacío, cruzando por una vereda por donde solía levarme al parvulario, y de rereso del funeral de “mi vieja”, encontré que la única manera de calmarme fue cantando la canción que sonaba en la radio, que coincidió como un ritual del adiós: “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar, he venido por última vez, he venido a contarte mi mal”.

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